TERCER TOMO
LA
PEQUEÑA LI Y
LAS ATOLONIAS.
LILA LAYERS
Ediciones Layers
Segunda edición y corrección
Concepción Chile
REGISTRO COLECCIÓN LA PEQUEÑA LI
ISBN 978-956-353-245-6
Registro ISBN
la pequeña Li y las atolonias nr.
Inscripción derechos intelectual de autor Nr.
81335
LILA LAYERS
Nacida
en la década del cuarenta en un
villorrio ubicado a sesenta kilómetros
de la ciudad de Concepción. Sus primeros estudios los realizó en la
Escuela Pública de la misma localidad.
Cursó las humanidades en el Colegio
Particular Internado de señoritas, “Santa Filomena” continuando en el Liceo
Gabriela Mistral de Temuco Región de la Araucanía. Inició la carrera de
Sociología en la Universidad de Concepción, carrera que no terminó por cierre
de la facultad el año 1973.
Fue funcionaria de la Administración pública desde el año 1960 en Telecomunicaciones, desempeñándose como
profesora en geografía y además otras
actividades de la Administración, en 1976, debió acogerse a retiro.
Participo en talleres literarios con excelentes profesores.
Casada con el Ex parlamentario Manuel Valdés Solar. Diputado por la provincia de Concepción Tres hijos.
NOTA
PRELIMINAR
En este libro se entrega un tercer tomo de la colección de
la Pequeña Li. Ahora la pequeña Li y las
Atolonias, una fantasía, una ficción, donde predomina la admiración a la raza humana, la belleza, la perfección y
la inteligencia, dones insuperables, por
otros seres vivientes, creando paralelamente otros seres extra-terrestres
que, pese a su gran inteligencia y su
extraordinaria belleza, no son capaces de igualar al género humano, único en su especie y en su grandeza, símbolo
de perfección y admiración. La pequeña Li
en este tomo se destaca por su gran amistar don Musga, quién tiene la facultad de mutarse y posee una gran
inteligencia, sin poder llegar a igualar jamás al hombre o sea al ser humano.
En este tomo encontramos un mundo de una gran fantasía, un sueño de lo bello, lo bueno y lo justo. Un
relato que nos hace pensar y valorizarnos a nosotros mismos, descubriendo
nuestros grandes valores ocultos a veces casi sin percibirlos, como en un sueño
eterno, más las Atolonias nos conducen a
ese despertar, un despertar hermoso, que nos permite contemplarnos por dentro y por
fuera. ¡Qué hermosos somos! Que
dicha más extraordinaria pertenecer al género humano!
¡Gracias señor, por esta dicha que me has dado!
La
Autora.
EN
LA CUEVA DEL
MAGO
Esa tarde caminé sin rumbo, por esos caminos
cruzados, contemplando las caídas de aguas, admirando cada árbol vestido de
verde, en encaje de hojas de formas caprichosas captadas en diferentes tonos,
ofreciendo el aroma de sus flores, perfumando el ambiente, perfumando el aire,
perfumando el bosque. Así llegué a la
cueva del mago, ahora traía una
linterna, Empecé a entrar captando la diferencia entre el ambiente húmedo y mal oliente de la
cueva con el radiante sol y fresco perfume a yerbas y flores del
bosque.
A
medida que avanzaba pude observar al
fondo, muy al fondo de la cueva, me sorprendió
ver un bulto en el suelo. Alumbré
y era un niño que dormía profundamente. Lo miré de manera minuciosa, sus ropas eran
diferentes, finas y muy limpias. Caminé hacia él, vi su rostro hermoso. Me quedé un instante
pensando y de pronto el niño se empezó a mover.
-¡Hola! Le dije. Yo soy Li.
-Yo
soy Li. Me respondió, mirándome muy extrañado.
-Yo
me reí, y le reproché. -No yo soy Li.
Nuevamente
repitió la frase.
-¿Quién
eres tu? Le pregunté.
-¿Quién
eres tú? Respondió.
-No
tenía cara de tonto, pero su actitud era de un niño muy raro. Luego me miró y dijo:
.Li. - Sí. Le respondí. Yo soy Li. ¿Y tú?
-¿Y
tú?, respondió. Tú. . . Yo... - Dijo,
luego empezó a caminar hacia la salida de la cueva. Mirándome muy extrañado.
Salió en silencio y corrió hasta un
pequeño artefacto, yo abrí los ojos. ¡No podía creerlo!. . . ¡Era un niño
extraterreno...!
-Subió a la nave, sonaron los motores, salió fuego por la parte de atrás y se perdió en el
espacio a una velocidad asombrosa. Yo me
quedé allí, más maravillada que nunca
-Pero, ¿Por qué se fue? Me pregunté.
Sentí una gran inquietud por saber más de ese niño. Entonces fui a casa y traje a la
cueva revistas, un diccionario, y varios
libros, los dejé en la caverna y regresé a mi hogar.
A
los días después volví a la cueva del Mago con la esperanza de encontrar al pequeño niño, miré a mi alrededor y no vi nada, pero, en un
costado de la caverna, en la cual había una pequeña salida por donde entraba un rayo de luz, estaba el pequeño extraterrestre mirando los
libros y revisando las revistas que yo
le había dejado. Me miró sonriente y me
dijo.
-¡Hola
Li! -¡Hola!. Le contesté feliz, estaba
entendiendo mi idioma. No supe qué más decirle, pero de pronto, se me ocurrió.
Hacerle una pregunta.
-¿De
donde vienes? Y él indicó con un dedo
hacia arriba, luego manifestó.
-Estoy
conociendo tu voz. Es muy bonita y fácil de entender.
Entonces comprendí que se refería a mi idioma.
-¡Sí
le respondí y nos miramos un rato sin
saber cómo empezar a conocernos más. Yo
deseaba saber tantas cosas de él. Pero por dónde empezar, tenía un sin fin
de preguntas en mi mente. ¿Cuéntame de tu nave le dije.
Mi
nave la dejé atrás de esta cueva, me respondió.
Entonces
fuimos al lugar donde la había dejado, casi oculta en unos matorrales.
Tenía una forma como de lancha con la
cabina muy cerrada construida por un
material transparente, su capacidad era para dos personas, adentro, toda
forrada de color terracota, y por fuera
el material era plateado, no muy grande. La parte de adelante terminaba en punta y la parte de atrás recta, por la que
sobresalían cuatro tubos, entonces le
pregunté por esos cuatro tubos.
-Aquí
atrás van las cargas atómicas, son
cuatro, para dar la partida funcionan todas al mismo tiempo, pero una vez en el
espacio, sólo se activa una. ¿Ves? Me
dijo y me mostró en la parte delantera
cuatro botones negros y uno rojo en la parte superior.
-Al partir,
presiono este rojo y surge el lanzamiento, con las cuatro potencias,
luego lograda la altura, presiono
cualquiera de estos cuatro y después
desactivo el rojo. ¿Estás entendiendo?
-Sí,
entiendo, ¿y la dirección?
-Acá.
Esta palanca es para la dirección.
La
parte delantera era maciza y parecía muy
pesada.
-Esta
es la pantalla, para ubicar algún lugar determinado.
Y
me mostró un cuadrado transparente. Luego siguió mostrando las partes de la
nave.
-Estos son contactos radiales. Indicando otros
artefactos.
Consideré muy complicado el sistema de esa lancha
voladora. Estaba observando
detenidamente la maquinaria y
levanté la cabeza para preguntarle por
un botón azul, cuando lo miré. Me vi a mí misma. Entonces me tapé los ojos con mis manos y grité. El niño se
empezó a reír. Yo no quería volver a mirar, pero me saqué las manos de la vista
y ¡allí estaba él! Riéndose profusamente, saltaba, levantaba las manos. Tanto fue así que yo
también empecé a reír, dándome cuenta
que me había hecho una broma de muy mal
gusto. Nos apoyamos en la lancha y nos
mirábamos riéndonos, luego, apenas pudo hablar, me dijo:
-¿Te
enojaste?
-No,
pero me dio mucho susto, y ¿Cómo lo hiciste?
-Yo
tengo la facultad de transformarme o mutarme.
-¡Ah!
Sí, entonces eres igual que Musga.
-¿Quién
es Musga? -Yo le conté la historia de Musga, él me respondió.
-Sí,
creo que las conozco, pero ellas vienen del planeta avocina, en cambio yo no,
mi planeta queda aún más lejos, y los
que reinamos somos los humanos, teniendo a nuestra disposición un Reino Animal, un reino Vegetal y un reino Mineral.
Somos muy completos tenemos de todo, yo disfruto de todo el Universo.
-Entonces
ustedes son iguales a nosotros? Le pregunté.
-
Lamento decirte Pequeña Li, en algunos aspectos soy muy superior, es preferible
hablar sólo de mí, como te digo puedo disfrutar de todo lo que existe en el
Universo.
-Y
tú. ¿Me llevarías al espacio en esta nave?
-Sí,
te llevaría a cualquier parte.
-¿En
serio? Llena de júbilo, ¡Quiero ir! ¿Adónde?
Me preguntó.
-
A la luna, Yo quiero ir a la luna, seguí diciendo.
Entonces,
él levantó la tapa de la cabina. ¡Sube!
Me ordenó.
Acomodándome colocó en mi cabeza una especie de protección
de un material transparente y luego cruzó unas correas por mi cuerpo, atadas a
la nave. Después bajó la techumbre, también transparente, la aseguró y
preguntó. ¿Listo? -Sí, estoy lista, respondí.
Revisó el tablero y presionó el botón rojo como me
había dicho antes. Yo sentí un tirón fuertísimo y vi que la tierra se iba
cayendo, la sensación que experimenté fue tan extraña que no recuerdo nada más,
hasta un leve aterrizaje cerca de unos matorrales. Abrí los ojos y pregunté.
¿Esta
es la luna?
-No,
me dijo. Ya estamos de vuelta, lamentablemente te desmayaste, entonces muy
preocupado sólo di una vuelta alrededor de la tierra y preferí traerte de regreso. Me diste un buen susto.
Yo
lamenté mucho más que él, porque perdí
la oportunidad de ver la luna de cerca y haber aterrizado en ella. Luego le
pregunté
¿Cómo
te llamas? El me iba a contestar algo cuando
le interrumpí, y le dije, No, no me digas tu nombre. Y tomé una piedra un
pedazo de la roca en donde estábamos. Aquí está tu nombre, obtendremos tu
nombre con esta piedra, le manifesté. El me miró atónito. ¿Cómo? Preguntó.
Rocadio,
te llamarás, repetí Rocadio.
Rocadio
manifestó el riéndose, pero si yo me llamo Tulú.
-¿Tulú?
-Sí respondió, pero me gusta mucho ese
nombre que tú me has dado, Rocadio.
-Sí,
a Musga, mi amiga ave, que también se
transforma en otras aves, le elegí yo su nombre, aún no sé cual sería su
nombre. Pero para mí es Musga.
Entonces
tu amiga es igual que yo, con la diferencia, que solo puedo transformare en
otras personas, no en animales, ahora debo irme, manifestó.
-Y,
¿Volverás? Le pregunté.
-sí,
volveré otro día.
-¿Quieres
que te tenga un regalo?
-
Y, ¿Qué quieres regalarme?
-Un
libro de cuentos. -¿Cómo se llama ese libro de cuentos?
-“Las
siete hijas del Rey”
-Bueno
volveré por ese libro, los cuentos
siempre son bonitos y siempre dejan una buena enseñanza.
-Te
lo tendré aquí en la caverna, para cuando vuelvas.
Subió
a la nave y zarpó, lo vi perderse en el firmamento en escasos segundos.
LAS SIETE
HIJAS DEL REY (Cuento)
Había una vez una Rey que tenía siete hijas
mujeres. El estaba muy triste porque no había
podido tener un hijo varón para dejarle el Reino, pero aún así amaba
mucho a sus siete princesas.
Un
día llegó hasta el palacio un joven apuesto,
pidió hablar con el Rey y éste lo
recibió en su trono, y le preguntó.
-¿Qué
deseas, hermoso joven?
-Majestad,
yo he venido a pedir la mano de tu hija mayor. Respondió el joven.
Entonces
el Rey hizo llamar a la princesa, que se
llamaba Eulalia, esta radiante de belleza entró al aposento y respetuosamente
preguntó.
-¿Me
llamabas padre?-
-Hija
mía, este apuesto joven ha venido a pedir tu mano.
La
princesa miró al joven y se sintió prendada de él. El hermoso varón era un
príncipe que había venido de muy lejos.
Entonces,
el Rey ordenó hacer los preparativos para la gran boda, a la cual asistirían
invitados de todas partes. El Rey y la reina
pidieron como condición para esta boda que el primer hijo debía nacer en
el palacio.
Después de la fiesta,
efectuada con mucha pompa, los felices desposados vivieron en el palacio
donde, al cabo de un año, nació el
primer hijo. Entonces el Rey preguntó. -¿Qué fue? La comadrona respondió ¡Mujer!
El
Rey estuvo muy triste pero como aún le quedaban seis hijas, pronto se conformó.
Pasado un tiempo, llegó al palacio un mendigo. El Rey lo hizo pasar, ordenando le proporcionaran ropa y le dieran los mejores manjares.
Cuando el joven mendigo estuvo
presentable, compartió la cena con los
Monarcas y las seis princesas quienes quedaron deslumbradas ante la belleza del
joven.
En
la cena, éste pidió la mano de arcadia,
la segunda hija del Rey, diciendo que él
venía de un Reino muy lejano y que se
había disfrazado de mendigo para conocer
mejor la bondad del que sería su
suegro.
Nuevamente
efectuaron una gran fiesta y se propuso
la misma condición que al matrimonio anterior, pero también se corrió la misma
suerte, nació el segundo nieto del Rey que también fue mujer, el rey nuevamente estuvo muy triste.
Lo
mismo sucedió con las bodas de las siguientes princesas,
hasta que le quedaban sólo tres hijas solteras. Las cuatro ya
casadas se habían ido con sus esposos y una hija mujer cada una de ellas.
Un
día llega al palacio un Rey con su
guardia de honor y muchos presentes a
solicitar la mano de una de las hijas del Rey, para su joven hijo que no
había podido venir. Entonces el Rey
Balú, padre de las princesas, accede a la petición. La princesa elegida emprendió el viaje para ser
desposada. Pero al día siguiente, vuelve toda la caravana y devuelven a la
princesa.
El
Rey que trajo de vuelta a la princesa solicita al rey Balú la mano de la siguiente hija, sin dar
razón alguna del porque la anterior princesa había regresado y ésta, a la vez se negó a hablar.
Viaja
la segunda princesa con todos los honores, pero de la misma forma, al día
siguiente también es devuelta, solicitando el Rey visitante la mano de la última hija del Rey
Balú.
Este,
muy triste por no saber lo que
pasaba, accedió al pedido del Monarca y la hija menor, a quién el Rey, su padre
amaba más que a todas por ser la más
humilde y justa, emprendió el viaje con el Rey visitante que sería su suegro.
En
el nuevo palacio fue recibida con todos los honores y a continuación la
prepararon para conocer al príncipe, las doncellas la vistieron con un traje
extraordinariamente hermoso, entonces,
el Rey y la reina la llevan a los aposentos del novio todo el palacio estaba lleno de objetos
suntuosos. Se abrió una puerta y
entraron a una habitación fastuosamente arreglada. Ella no vio al novio, pero en un rincón de la
pieza, echado sobre una lujosa alfombra, había
¡un carnero! El Rey miró a la princesa y le dijo. Este es mi hijo
amado, que espero aceptes por esposo.
El
carnero se levantó, baló y se acercó a la princesa. Entonces ella, muy
sumisa, exclamó.
¡Este
será mi esposo! ¡Y qué hermoso es! ¡Oh! Sus cuernos son de oro, y su pelaje,
tan blanco, si parecen hilos de seda.
El
animal se movía a su alrededor muy
contento, y ella acarició sus cuernos y su pelaje. Los reyes salieron felices,
porque, para ellos había terminado su
tragedia, ya que las dos princesas anteriores habían rechazado al joven
príncipe convertido en carnero, que había sido victima de un hechizo por una
bruja que no pudo casarse con el Rey. Y
en venganza, convirtió a su único hijo en un carnero.
Esa
misma tarde la princesa salió con
él al bosque, el desdichado animal, pese
a su encanto, era muy feliz, Y corrió
por la pradera entre los árboles y flores, cuando de pronto tropezó con
una piedra, entonces la princesa, en ademán de protección tomó la piedra
lanzándola contra una roca, ésta dio con
tal fuerza contra la roca que produjo
una ruptura por la cual emanó un
chorro de agua fresca y cristalina. Los
príncipes corrieron y se mojaron bajo el torrente manantial. Mientras el
agua caía y caía, la princesa gritaba de alegría sintiendo a su lado al joven
príncipe encantado, pero de pronto ya no
era el carnero, sino un apuesto joven que salía
del cruel embrujo. Se miraron y
se abrazaron con mucho amor y corrieron donde los padres de él a contarles lo
ocurrido.
Los
reyes estuvieron muy felices por haber recuperado a su hijo.
Mientras
tanto, el Rey Balú estaba cada día más triste,
porque había pasado mucho tiempo
que su querida hija se había marchado
sin obtener ninguna noticia de ella. Y
más triste aún porque su esposa,
la reina había fallecido y él se había quedado con las dos princesas solteras.
Pero, un buen día, los guardias de palacio le
anunciaron la venida de una carroza con una Guardia de honor, el Rey corrió hasta el balcón y justo alcanzó a ver que de la carroza descendía su hija
menor, Nitza, con su esposo y un hermoso niño en sus brazos. El atormentado Rey vio su sueño hecho realidad, corrió a
encontrar a su hija y al futuro soberano de su Reino.
Para
celebrar tal acontecimiento hizo venir a
sus otras hijas casadas, coronando como Rey al pequeño Balú II .
Las
princesas que rechazaron al príncipe encantado se quedaron solteras para
siempre.
El
Rey vivió muchos años viendo crecer al pequeño Balú, que con el tiempo fue un
gran Rey.
REGRESO DE
TULÚ
La
nave dio varias vueltas y luego aterrizó,
corrí al encuentro de Tulú o Rocadio, este descendió del artefacto y yo le entregué el libro de
cuentos, que le había ofrecido.
-¡Ah!,
el regalo que me ofreciste. Manifestó.
-
Sí, le respondí. Nos sentamos a la
entrada de la caverna y Tulú empezó a leer. Poco a poco, en medio del silencio
sentí un ruido que venía desde la cueva,
Una vez que Tulú terminó
de leer me dijo que le gustaban mucho los cuentos de reyes y que para el
próximo viaje le tuviera otro libro de cuentos. Luego ambos nos quedamos
escuchado el ruido avanzamos al interior de la gruta.
Necesitamos
lumbre dijo Tulú y corrió hasta la
nave, regresando con un objeto redondo
con una correa en cada extremo, abrochó una del dedo pulgar y otra del meñique
sobre el dorso de la mano, presionó un botón
con la otra y ésta proyectó una
luz extraordinaria, súper potente.
.¿Ves?
Esto es para dejar las manos libres en
cualquier emergencia, y así te alumbra igual, según el movimiento que le des a
la mano.
Avanzamos y a
cada momento el ruido era mayor, nos adentramos a un túnel que continuaba desde
la cueva, pero este se iba reduciendo
cada vez más. Una gran cantidad de telarañas nos impedían el
paso, con un palo fuimos despejando hasta llegar al extremo opuesto.
El
ruido no era otra cosa que una pequeña caída de agua. El túnel terminaba en un
agujero, como quien dice una ventana con una cortina de agua. Primero se asomó Tulú. Sin darse cuenta, éste saltó,
no supe si por su voluntad o si la fuerza de la caída del agua lo
cogió para lanzarlo al vacío. Me
quedé allí con miedo y deseos de saber qué le había pasado a Tulú, me asomé al
agujero cuando, de pronto
sentí como si me tomaran de la
cabeza y me lanzaran al espacio. Sentí como si me diera vueltas en el aire
hasta que caí en un pozo, nadé
envuelta en las aguas hasta salir a
flote. Y allí estaba Tulú riéndose, me
tiró agua y yo también hice lo mismo.
Salí
corriendo, me introduje al bosque y
Tulú corrió tras de mí, de pronto
tropecé y rodé cerro abajo. Tulú se rió
mucho de mí porque, como mi ropa estaba mojada, con la tierra quedé como mona de sucia.
Cuando
llegué a casa, Mamá Bella me azotó por haberme ensuciado tanto, mi aspecto no podía ser peor, estaba
inmunda. No pude dejar de llorar por los
chicotazos que recibí.
SUMIDA
EN SUEÑOS
Sentada
en un tronco, miré la tarde sintiéndola vacía
y monótona, no tenía deseos de jugar ni de correr. Miré el firmamento y pensé que Tulú podía atravesar los cielos de un lado a otro,
columpiarse de estrella en estrella, al
igual que yo cuando iba de un cerro a
otro quebrando caminos, cortando flores, trepando o bajando quebradas dormidas
en una eterna espera del tiempo en el tiempo. Un grillo empezó a cantar muy
cerca de mí, su canto era hermoso, pero yo quería estar sola en esa monotonía.
El grillo siguió cantando, ahora casi en mis oídos. Cuando de pronto, supuse
que era Musga y corrí y corrí a cogerlo, pero éste saltó y saltó hasta que
lo perdí. No, no podía ser Musga, ella jamás habría arrancado de mí, el grillo
siguió cantando desde su escondite y yo
seguí sumida en mis pensamientos.
LA CIUDAD
DE LOS SIETE
LAGOS
Tan
absorta estaba en mis pensamientos que cuando sentí una corriente de aire
fresco, miré sorprendida. ¡Musga!
Volaba con todo su esplendor a mí
alrededor, sus enormes alas y su plumaje
dando visos con los rayos del sol. Salté
de alegría, gritando. -¡Musga! Al fin has venido, has vuelto. Le
manifesté.
-Tenía que volver, tal como te había prometido.
Ahora quiero invitarte. Me dijo.
-¿A
dónde, quieres invitarme? Le pregunté.
-A
un lugar donde vi siete espejos de agua,
siete lagos pequeños que quiero que
tú conozcas. Es una ciudad muy hermosa
que queda cerca de aquí.
Entonces
yo subí en su espalda acomodándome lo mejor que pude.
-Sujétate
bien, manifestó, luego emprendió el
vuelo por sobre las montañas.
A
medida que nos acercábamos a uno de los
lagos, el que solían llamar “Laguna
Chica de San Pedro, pude divisar lanchas
a motor fuera de borda, pequeños veleros, ski acuático. Musga se fue hacia el extremo opuesto, de los
balnearios junto a un cerro. Allí había
una gran soledad, mientras
descendía vi en un rincón prácticamente escondido, un sapo en una silla de playa bajo un quitasol, muy
de pierna encima, echado hacia atrás con gafas oscuras.
Musga
aterrizó justo casi encima de él. Yo sonreí y corrí a saludarlo.
-¡Buenos
días, Señor Sapo! Le dije.
Este
se enderezó sorprendido y con arrogancia, me respondió.
-¿Acaso
me conoces?
-No, le manifesté sorprendida.
-Entonces,
me dijo. El sapo, si no me conoces no sabes nada de mí.
-No.
Le contesté nuevamente.
-Y
si no sabes nada de mí, es porque no me conoces.
Yo
lo miraba estupefacta. Inconscientemente me
distraje observando un letrero que estaba tirado de bajo de un sauce,
corrí a verlo, hecho en madera ya muy vieja y desgastada decía Los
Culbenes Sucesión Solar Matamala, lo miré
lo leí y lo deje ahí mismo.
Luego
el sapo continúo.
-Pero,
para que me conozcas tienes que razonar. Si no posees esa facultad, no habrá
diálogo. Yo soy Socratón. Terminó diciendo el Sapo.
-No
eres más que un sapo, le respondí.
-Sí,
un sapo, pero un sapo filósofo.
Y
con la misma arrogancia se levantó de la
silla, caminó hacia el agua nadando con mucha elegancia, luego desde allí me gritó.
-Nos
veremos en las Cataratas del Niágara o en las Cataratas del Iguazú.
-Miré
a Musga. Te está desafiando, Li me dijo ella.
-¿Y
por qué? -Por que es un sapo farsante.
-¿Y
dónde quedan esas cataratas?
-Las
primeras están en Estados unidos de Norteamérica y las segundas en Paraguay, en
la frontera con Brasil y Argaaentina
-Y
tú me llevarías, a esas cataratas Musga?
-Si
tú me lo pides, yo te llevaré, Pequeña Li, pero ahora debemos regresar.
-¿Tan
pronto? -Sí, Mañana podemos venir a los otros lagos, muy temprano yo no me puedo exponer, no
faltará algún cazador de especies raras
y yo seré su víctima.
Subí
nuevamente a su espalda y emprendimos el regreso.
Como
Musga se había propuesto mostrarme la ciudad de los siete lagos, salimos
nuevamente muy temprano. La mañana
estaba fresca, era grato volar por los aires en busca de los siete
lagos. Llegamos a la laguna grande de San Pedro, con una gran vegetación a su alrededor,
visitada por turistas que sabían disfrutar de sus dulces aguas, también habían unos hermosos cisnes de cuello
negro, me impresionaron los encontré hermosos,
después de contemplar el bello paisaje atravesamos el río Bío bío,
sobrevolamos la desembocadura y llegamos a la laguna redonda un ojo de
mar, me dijo Musga, rodeando de
poblaciones marginales habiendo sido en un tiempo el gran atractivo del fundo
Laguna Redonda.
Como
puedes ver me dijo Musga. Ya conocemos tres espejos de agua, tres miradas al cielo, tres
porciones de agua. Nuevamente emprendimos el vuelo, elevándonos muy alto. Es
una bella ciudad manifestó. Yo no me cansaba de admirar sus construcciones, sus
calles, destacándose la estación de Ferrocarriles. Sí manifestó Musga. Es
bonita por fuera, pero por dentro es aún
mejor, trataremos de contemplar sus pinturas murales, son realmente,
extraordinarias, hermosas, Como era tan
de mañana descendimos, y nos adentramos a la sala de primera de la estación
contemplamos la hermosa pintura mural mostrando la vida indígena antes de la
llegada de los españoles, muestra la historia de la ciudad, al fondo nuestro
majestuoso río, en una esquina pudimos
leer, Gregorio de la Fuente (pintor) Me he quedado impresionada con tal pintura,
salimos junto a unas palmera y nuevamente emprendimos el vuelo. ¡Mira! allí
también hay agua.
-Sí,
hay agua, pero no es un lago, es sólo la pileta de la Plaza de Armas, o sea de
la plaza de la Independencia tiene arriba, a la Diosa Ceres, Diosa de la
Agricultura, viene de la Mitología Romana. Ella está con gavillas de trigo en
sus brazos, vista desde aquí es hermosa,
toda la pileta es bella. Al frente está
la Catedral y en el otro extremo la casa de Gobierno, y en esa esquina hay una
piedra con la fecha en que se firmó la Independencia de Chile. Primero de enero
1818, Terminó explicándome musga.
Dimos varias vueltas alrededor de la plaza,
todo era calma y silencio no había nadie, los árboles parecían dormir aún en la
madrugada, los bancos vacíos añorando a algún transeúnte, ni siquiera un
pajarillo despertando la mañana, todos dormían, todo era silencio. ¿Y esa
torre? Le pregunté.
¡Ese
es el campanil! Queda en el centro de la ciudad Universitaria.
Después
de observar desde la altura la ciudad
descendimos en pleno sector urbano.
Esa es la laguna “Las tres Pascualas” Manifestó
Musga.
Pero
yo no vi laguna, sólo maleza. Cuando de
repente de entre unos matorrales
saltó un sapo. Inconscientemente
me estremecí, me asustó por que apareció de improviso. ¿Con que admirando las lagunas? Nos dijo. Era Socratón, nuevamente
nos encontrábamos con él. Musga y yo lo miramos como diciéndole. ¿Y quién te invitó? Entonces el sapo empezó a
relatar, Hasta el año 1940 este era el paseo más hermoso de la ciudad y su
nombre se refiere la leyenda de las tres Pascualas.
¿Qué
leyenda? Le pregunté. Expresándome muy interesada. El sapo caminó un poco,
luego dio una vuelta, me miró de
arriba abajo y balbuceó. ¿Veo que te gustan las leyendas?
Sí,
sí, le dije, Musga contemplaba el paisaje, pensativa, nostálgica. Entonces el sapo, contento de sí mismo, empezó a relatar la leyenda de las tres
Pascualas.
Yo
lo escuché muy atenta, pero el desenlace me dejó muy triste. Socratón,
como decía llamarse el sapo, se dio cuenta
y me dijo.
No te aflijas, Pequeña Li, es sólo una
leyenda, mejor hablemos de las lagunas.
Musga
seguía cabizbaja y pensativa escuchando
retraídamente a Socratón, o contemplando nuestro alrededor como ausente. El sapo eufórico, dinámico, se movía de un
lado a otro expresando sus conocimientos referente a las lagunas, ésta dijo
dando una ojeada a lo que en un tiempo había sido una laguna y ahora no es
más que un montón de maleza. Está conectada con tres lagunas más, y son. Con
énfasis repitió “Lo Custodio, Lo Galindo
y Lo Méndez. Estas
manifestó desaguan en un canal que
escurre por calle Las Heras para desembocar en el Río Andalién.
El
sapo estaba muy interesado en compartir con nosotras. De nuevo iniciamos el vuelo y allí se quedó Socratón, entre la maleza de
la que un día fue la laguna de Las Tres
Pascualas. Pero estaba segura que pronto la restaurarían y volvería a ser una
hermosa laguna sin malezas, y digna de
ser admirada.
Empezamos
a descender al pie de un cerro, una larga porción de agua con jardines a un costado, rodeada de poblaciones. Esta es la laguna Lo
Galindo. Manifestó musga, mientras sobrevolaba el sector, por uno de
sus extremos continuó pasa la carretera
al primer Puerto Militar Nacional.
Al
pisar tierra, ya estaba ahí Socratón
seguramente se vino por una de esas conexiones subterráneas que poseían
estos pequeños lagos.
¡Este
es el barrio norte de la Ciudad! Nos
explicó Socratón. Sonriendo y caminando de un lado a otro, el paisaje
extremadamente hermoso. Allí al pie de
un cerro, tranquila y casi ignorada, una de las siete gotas de agua como una
flor en un desierto. ¡Me gustaría ser poeta! Para poder expresar esta belleza,
más no lo soy, dijo Socratón quedándose
nostálgico, luego saltó y nadó plácidamente rompiendo las dulces aguas que tanta
calma reflejaban.
¡Vamos!
Manifestó Musga.
Nos
apresuramos a emprender el vuelo, ¿a dónde te diriges? Le pregunté.
A los últimos lagos que nos faltan,
respondió. El sapo quedó allí nadando y
nosotras nuevamente emprendimos el viaje.
-¡Por
qué no desciendes? Le pregunté a musga.
-No
vale la pena, respondió, ¿Ves ese basural? Me preguntó.
¡Un
basural! -Respondí. ¿Dónde? -¡Ahí!
Uf,
uf Pero no puede ser! Sí ésa es la laguna Lo Custodio, donde prácticamente
no queda casi nada de agua, sólo un gran basural, cuando sentí que alguien nos hablaba, sí, era Socratón ,
Aquí estoy feliz, decía vengan, vengan
acá ,aquí tengo muchos amigos. Repetía. Musga dio una vuelta, volvió
su cabeza y dijo. Sólo hay moscas y basura. De paso sobrevolamos
la laguna Lo Méndez, hermosa entre poblaciones, abandonada, con un ir y venir de los
transeúntes que pasan por allí día y noche ignorando su bella existencia.
Ya
nos alejábamos, cuando escuché la voz de socratón. ¡Nos veremos, Pequeña Li
en las cataratas del Niágara o en las cataratas del Iguazú. Sentí una fuerte vuelta de Musga y la lejana voz de
Socratón. Que seguía gritando o mejor dicho croando ¡Nos veremos en las
cataratas del mundo!
Luego,
subimos hacia el firmamento con rumbo en
otra dirección, dejando atrás la bella ciudad de los siete lagos, mi bella y
amada Concepción.
L A
MADRINA (cuento autor anónimo)
Había
una vez una señora muy, pero muy rica y tenía una vecina que era muy, pero muy
pobre. Este matrimonio pobre recién
había tenido un hermoso niño y pensaban
dárselo como ahijado a la señora millonaria. Ésta aceptó el ahijado y le hizo
una pequeña fiesta.
Al
poco tiempo el niño enfermó gravemente y falleció, su madre avisó a la madrina y a la vez, le informó que no
tenía con qué hacerle la mortaja.
Entonces la señora envió una sábana blanca viejísima y buscó por ahí
una cinta celeste, también vieja, para que se la amarraran a la cintura. En la tarde volvió la pobre
mujer a pedirle algo para servir a la gente que la estaba acompañando en el
velatorio. La mujer rica fue a su huerto
y sacó doce hojas de coles, todas de la
parte de afuera de las plantas, que no estaban en muy buenas condiciones, y se las entregó a la pobre mujer.
Al
tiempo después muere la señora rica y en su muerte cae a una fosa llena de
fuego. Sin poder salir de allí, empezó a
gritar desesperada. Su ahijado acudió presto a ella para socorrerla.
-Yo
la sacaré de ahí Madrina. Le gritó, y trajo las doce hojas de coles. Desde la
orilla de la fosa, le pasó una hoja para que su madrina la alcanzara y así
poderla subir hasta la superficie, pero
como esta era vieja, apenas la Sra. La tomó
se cortó.
De
esta, Madrina, le gritó el niño desesperado, pasándole otra. Y así fue pasándole una en una hasta
completar las doce hojas, y todas se
cortaron, se quedó muy apenado a orillas de la fosa ardiendo. Entonces pensó.
¡Mi mortaja! ¡Madrina! Le gritó, se sacó
la mortaja y se la tiró a la desesperada mujer.
Venía
subiendo muy bien, él le iba a pasar la manito para ayudarle y ¡Rammm!
Sonó el género viejo al rasgarse, no era
más que una sábana vieja y la madrina se fue abajo, con su peso se hundió mucho
más.
-¡Me
queda la cinta, Madrina! Le gritó. ¡me
queda la cinta!
Y
le pasó igualmente la cinta, que era mucho más larga, ella se tomó con todas sus ansias para salir
del fuego que la quemaba. Ya la iba a alcanzar el niño con sus manos, cuando
nuevamente ¡Rammmm! Se cortó la cinta
que era también muy vieja y allí
quedó su madrina consumiéndose en el
infierno. El niño se fue muy triste por
no haber podido salvar a su madrina.
LA
ISLA DE LAS
ATOLONIAS
Regresábamos
del último lago, cuando musga voló muy pero muy fuerte, que casi pasó
rozando una enorme torre. Entonces grité.
¡La
torre de Eiffel! Ella se sonrió y me dijo.
-No,
niña, esa no puede ser la Torre de Eiffel. La Torre de Eiffel está en Francia.
En París, para ser más exacta. Pero si
deseas ver algo de Eiffel, continuó. Yo
te voy a mostrar algo.
Y
dio vuelta en la altura y empezó a descender, bajó hasta el río Bío bío y me dijo.
-Observa ese puente de fierro por donde va pasando un
tren.
Efectivamente,
en ese momento, un tren de carga se deslizaba
por sobre el puente.
Mira
su estructura, está hecha de fierros con pernos. Lo construyó el Ingeniero francés
Gustavo Eiffel, el mismo de la torre de Francia.
Enseguida
dio varias vueltas y nuevamente se elevó hacia las alturas, la sensación
que yo sentía sobre su lomo era
muy grata, ¡sentir el aire fresco e ir
atravesando los cielos! Cuando estuvimos muy alto, me dijo algo inquieta.
-¿Ves
esa Isla?
-¿Cuál
isla? Le pregunté, mirando hacia el mar, debe ser la Isla Mocha.
-No,
me respondió.
.Será la Santa María. No me dijo nuevamente.
-Ah.
Entonces debe ser la Isla Quiriquina.
-No.
Balbuceo, ofuscada, allá, allá en mar abierto.
-Pero,
Musga, yo no tengo tu vista, le manifesté.
-Ah.
Sí, Había olvidado que Ustedes los humanos no tienen nuestra vista, dijo.
Y empezó a volar velozmente hacia el
mar. Voló a tanta velocidad que bien
podría decir a cien km. por hora.
-¡Musga!.
. . Le dije, yo debo regresar.
-¿olvidas
que hoy es sábado? -Me respondió.
-¡Pero
Mamá Bella!
-¿Olvídate
de todo, me gritó, muy nerviosa. Algo estaba pasando pero no podía adivinar que
era. De pronto, vi una isla que yo consideré grande, con una abundante
vegetación. Musga voló todo su alrededor y luego descendió. Al llegar a tierra,
muchas aves iguales a ella corrieron a recibirla, exclamando.
-¡Atolonia!.
. . ¡Atolonia!
Entonces
ella les preguntó. -¿Qué significa
esto?-
Las
aves, que por los colores de su plumaje daban la impresión que eran más
jóvenes, la rodearon y una habló.
-¡Pero,
Atolonia, que alegría volver a verte.
Nosotras pensábamos que habrías
perecido.
Sí.
Respondió ella. La verdad es que estuve
a punto de perecer, pero esta Pequeña niña
que ustedes ven aquí me salvó la vida.
Acto
seguido me miró con ternura y posó una de sus alas en mi hombro como
abrazándome, en ademán de protección y agradecimiento.
Las
aves que la rodeaban se veían asustadas, pero en ese momento se reflejaba en
ellas una gran alegría de haberse
reencontrado con Musga, Oh Atolonia, como ellas la llamaban.
-Pero,
cuéntanos. Les dijo Musga. ¿Como se explica esto que ustedes estén aquí?
-Sí.
Respondió una de ellas. Ya te contaremos, pero también queremos que tú,
Atolonia, nos cuentes todos los detalles de cómo llegaste acá.
-Bueno.
Contestó Atolonia. Como yo tenía mi nave espacial y me gustaba tanto viajar en
ella, en uno de mis vuelos empezó a fallar quedando a la deriva, por la
velocidad vino a dar cerca de este planeta cuando ya empezó a descender sin
ningún control decidí abandonarla aterrizando por mi propio vuelo, en una terrible tormenta tuve que
volar mucho para llegar a este lugar
pues mi nave cayó en el mar adentro, y fue ahí cuando una tormenta me arrastró,
para no ser localizada por seres desconocidos, me transformé en una ave pequeña
y me refugié en una caverna, que fue justamente donde me encontró, casi muerta
mi amiga, gran amiga que tengo aquí a mi lado.
Nuevamente me miró y lo mismo hicieron las otras aves.
Caminamos
hacia unos jardines y allí, entre unas
flores hermosísimas, las aves
empezaron a relatar.
-Estábamos en nuestro planeta empezó diciendo una de ellas,
Cuando
se empezó a acercar un cuerpo del espacio. Aún más grande que nuestro planeta.
Este pasó a cierta distancia, pero con tal fuerza, que su atracción planetaria o fuerza de
gravedad hizo que el nuestro cambiara su movimiento de rotación en sentido
contrario. . . Ya entraba la tarde,
cuando este viraje estremeció todo lo que nos rodeaba y en ves de llegar la
noche, retrocedimos a otro día, y las cosas saltaban, todo se movía y no
conforme con esto, sentimos un gran, pero gran estremecimiento, con ruidos
ensordecedores, como si nuestro planeta se hubiera partido en dos.
Y
lo que pasó fue que ese enorme cuerpo
con su gran fuerza de gravedad arrancó una parte de nuestro planeta, lanzándonos al espacio a una velocidad
enorme. Todos nos aferramos al suelo hasta que luego de un largo período de
tiempo, sentimos un fuerte impacto, y
ahí fue cuando caímos aquí, en medio del mar. Eso fue sólo ayer y tenemos mucho
temor.
Musga
escuchó pacientemente todo el relato y luego dijo.
-Veamos
la isla.
Y
caminamos por unas calles llenas de flores a sus orillas, construcciones
realmente hermosas, estilo
palacios, también vi muchos hombres,
pero no eran hombres, parecían monos, todos peludos, pero tenían mi misma forma
aunque muy, pero muy feos, se veían fuertes y vigorosos, sus caras no reflejaban la más mínima
inteligencia, se veían más bien como idiotas.
-¿Qué
son esos? Le pregunté a Musga, mientras
caminaba al lado de ellas, otras aves.
-Después
te explico, me respondió, y siguió
caminando diligente con el resto de las aves.
Otra
de ellas, que escuchó mi pregunta, me
dijo.
-Esos
son los Hicores. Les decimos así porque no hablan, sólo emiten sonidos,
generalmente dicen ¡hic! De ahí que les llamamos hicores a los machos e
Hicoras a las hembras.
Por
donde caminábamos la vegetación era extraordinariamente hermosa, una floración
multicolor y de unas formas que no se pueden explicar, ¡tanta belleza!
Después
de recorrer una mínima parte de la isla, Musga se detuvo y nos dijo, pensativa.
-Tenemos
mucho, pero mucho que hacer.
-¡Atolonia.
. .! Exclamaron a coro las aves. Tú tendrás que dirigirnos.
Musga
como yo le decía, se sonrió y les explicó.
-Mi
amiga, la Pequeña Li, me dice Musga, ya no recordaba mi propio nombre.
¡Atolonia! Repitió con nostalgia, mirando al firmamento, parece que todo quedó
atrás, cuando llegaron cien naves espaciales a nuestro planeta con científicos
de diferentes pueblos de un mundo que ya no existe. Pero ese no es el caso ahora se dijo.
Tenemos que planificar cómo subsistir aquí, creo
manifestó. Que esta isla debe tener unos diez kilómetros de largo por cuatro de ancho. ¿Cómo nos vamos
a proteger de los habitantes de acá? Si
nos localizan, seguramente nos matarán.
Al
decir esto las aves abrieron sus hermosos ojos en un gesto de espanto. Musga
continuó.
-Llegando
la noche, trabajaremos intensamente para
no ser vistas.
Regresamos
a casa, vale decir hasta la cueva del Mago,
y desde allí caminamos hasta mi
hogar. Musga venía en forma de paloma,
tomamos desayuno juntas, Mamá Bella nos
tenía un pedazo de queque, Yo le di a
Musga, un pedazo. Entonces mamá Bella
preguntó.- ¿No se había ido esa paloma?
-Sí.
Le respondí. -Pero las palomas se van y
a veces vuelven.
Raquel
entró en ese instante con varios leños
en los brazos, la tetera hervía en la
cocina a leña y el gato de papá
dormía en un rincón. Jonás, el
perro, entraba y salía como si deseara
llamar la atención, musga se veía muy preocupada y yo aún estaba confusa con lo
poco que pude ver y oír referente a todo
lo que contaron fuera del accidente de Musga, ya tendría tiempo para hacerle más preguntas a
mi amiga.
REGRESO
A LA ISLA
Al
día siguiente, que era domingo, salí muy
temprano a la cueva del Mago, allí estaba esperándome Musga. Subí sobre sus alas y emprendimos el vuelo hacia la
isla.
Cuando
descendíamos, nos esperaban dos aves
y con mucha diplomacia nos llevaron
hacia la parte de atrás de la isla, donde
había aproximadamente un
kilómetro de extensión libre de terreno a orillas del mar. Los hicores o monos o simios trabajaban arduamente. Allí
tenían instalado una especie de trono para Musga, la llevaron hasta su aposento
y yo estuve siempre a su lado. Luego aparecieron muchos simios con instrumentos
de percusión y se empezó a escuchar una
música excepcionalmente hermosa, entonces, desde uno de los extremos salieron
grupos de aves danzando al compás de la
música.
Era
un espectáculo extraordinariamente bello y singular, las aves hembras tenían colores pálidos,
suaves y los machos los mismos colores,
pero más fuertes. Y las mayores, como musga o Atolonia, eran de colores mucho más oscuros, de manera que en la danza que
estaban interpretando, iban alternando los colores y los movimientos que le daban
con sus enormes alas. Que parecían abanicos gigantes, en diferentes ángulos o círculos,
ya sea de arriba hacia bajo o de un lado a otro, o vueltas y revuelos.
Difícil de poder expresar tanta belleza artística. También desfilaron muchos hicores.
Así
le rindieron homenaje a Musga o Atolonia, pero en realidad, para mí las aves eran todas Atolonias, por lo tanto
para mí Musga seguía siendo Musga.
Una vez terminado el festejo, recorrimos la isla,
que realmente no era tan chica, en un extremo había un montículo de un material
color nácar casi transparente.
-¿Y
eso? Le pregunté a Musga.
-Esto
es lo que trabajamos anoche. Me respondió.
-¿Cómo?
-Este
es un metal que se encuentra en plena cordillera de la costa. Entonces con los
hicores trajimos todo esto, y mañana lunes seguiremos el trabajo intensivo.
-¿Y
qué van a hacer con esto?
-Esto
es para protegernos de tus semejantes, Pequeña Li. Construiremos alrededor de toda la isla una
pared que será como un espejo algo así como invisible, eso no les
permitirá vernos y los barcos irán por
otra ruta.
-
¿Si chocan? -No. Colocaremos en el agua
unas hélices enormes, las que producirán remolinos y corrientes marinas,
entonces ningún barco podrá acercarse.
Yo la quedé mirando y de súbito le dije.
-¿Y
los aviones? Entonces me miró como si
estuviera esperando la pregunta.
-Colocaremos
hélices antiaéreas que producirán vientos también arremolinados y desviarán
todo artefacto del aire hacia una ruta
diferente.
Yo estaba extasiada con todo lo que estaba
viendo y el empuje que tenían para luchar en terreno extranjero por su sobre
vivencia.
Las
cuadrillas ya estaban trabajando a toda prisa, cada una contaba con unos diez
hicores, dirigidos por una Atolonia que les iba diciendo cada cosa que
tenían que hacer, dando las voces de mando.
Yo
creo que ellas se cansaban mucho más al
dirigir una cuadrilla que en verdad era
sacrificado. Con el metal que tenían amontonado iban formando una especie de
pasta y con ella planchas enormes, las
que iban uniendo una a una a orillas de
la isla, construyendo una pared impenetrable,
al verla no se distinguía nada, sólo parecía espacio.
Los hicores corrían de un lado a
otro con estos planchones, pero ya tenían una buena parte protegida, otra
cuadrilla estaba trabajando otro metal
para las hélices acuáticas, que formarían las corrientes marinas,
otras cuadrillas trabajaban en los
remolinos de viento. Cada Atolonia
dirigía a diez hicores, es decir, por cada cuadrilla de cincuenta, había
cinco Atolonias, todo estaba
convulsionado en la isla, unos iban y otros venían diligentes cumpliendo con
los diferentes trabajos de construcción.
Al
llegar la tarde, todos tomaron sus baños con jabones especiales, los hicores
tenían sus propios baños y las Atolonias tenían
unas salas con un material semejante al mármol. Allí las Hicoras les dieron agua temperada y les
cepillaron el plumaje, luego les pasaron unas enormes tohallas, después
pasaron a unas piezas por donde salía
aire caliente hasta que su plumaje estuvo totalmente seco y de allí
salieron relajadas a caminar por los jardines y conversar entre ellas.
Con los baños quedaron hermosas y muy
olorosas.
Mas
tarde fuimos a un comedor inmenso, la mesa estaba puesta por los hicores,
En una parte se instalaron todos los
hicores, que eran como doscientos, y en una mesa lateral, todas la Atolonias, en los platillos había
toda clase de alimentos vegetales que yo no conocía, frutas extrañas pero
realmente exquisitas.
Las
aves fueron consumiendo los alimentos, con gran elegancia, Los extraían
directamente del platillo. Por cierto no
había servicios. Yo debí
comer con la mano, igual que los
hicores. Las que servían
estaban pendientes de que no faltara nada a la mesa. También se preocupaban de pasarles la servilleta por la cara, yo no me di
cuenta cuando vino un hicore y me pasó la servilleta por la boca, como un autómata.
Cuando
Musga me trajo a casa y se convirtió de
nuevo en paloma para estar más tiempo juntas,
me empezó a contar, basada en la
insistencia de mi parte por saber más de su planeta. Mientras mordía una galleta me dijo.
-Nuestro
mundo yo creo que es o era único teníamos una vegetación realmente
extraordinaria, flores diversas y
cualquier cantidad de frutos. Vivíamos en cavernas hechas por la misma
naturaleza, que parecían palacios,
manantiales de agua que se
cruzaban entre sí, y un clima templado, sin
grandes cambios, nos comunicábamos por medio de cánticos, no existía
ningún humano, todos los animales y aves
éramos amigos, al amanecer, cuando
nuestro sol nos empezaba a dar su calor, todos despertábamos con cánticos, era algo tan bello, tan
hermoso, tanta paz y ternura.
-¿Por
qué hablas en tiempo pasado? Le pregunté.
-Porque un buen o mal día todo aquello cambió.
-¿Y, cómo cambió? Ya te relataré desde un principio manifestó Musga.
CIENTÍFICOS
DE OTRO PLANETA
-Yo
tenía algo así como unos diez años.
Cuando descendieron diez naves espaciales,
recuerdo perfectamente bien, pues
me escondí tras unos matorrales,
aterrada de miedo, pánico, susto. Todos arrancaron lo más lejos que
pudieron, yo no pude arrancar porque del
susto no me pude mover. Así fueron
descendiendo una a una diez naves, más o
menos, con un centenar de humanos, todos diferentes, bajaron y empezaron a instalarse. Primero
formaron unos campamentos, luego empezaron a excursionar y a disfrutar de
nuestros alimentos, se sentían muy bien,
pero muy felices. Usaban un vestuario
muy especial, tenían miedo que el aire que
respiraban les dañara, hasta que poco a poco fueron dejando todo el equipo
especial que traían, así fue como sin
darme cuenta un día me sorprendieron.
Fui
atrapada por una pareja de estos humanos
yo pensé que me matarían, pero no fue
así, me admiraron mucho y me llevaron
con ellos, poco a poco fui perdiéndoles el miedo y empecé a comprender el idioma. Un buen día descubrí
que yo podía emitir los mismos sonidos
de ellos.
-Musga
guardó silencio y yo la escuchaba extasiada,
siguió saboreando su galleta y entonces le hice llegar un trozo de
queso.
-Fue ahí
entonces cuando ya empecé a comunicarme abiertamente con ellos. Continuó
diciendo. Cuando pude efectuar el diálogo supe que todos los visitante eran
científicos que venían de otro planeta
muy lejano.
-¿U
por qué llegaron a tu planeta? Le
pregunté.
Musga
terminó de comer un pedazo de queso y
dijo.
-Ellos me contaron que siendo científicos estaban
trabajando a favor de todas las ciencias y además planificando la paz mundial,
pero no fueron escuchados por la mayoría y su mundo estalló en guerras, por todas partes. Ellos que sólo
deseaban tener paz y descubrir cosas positivas, para la humanidad,
decidieron emigrar en sus naves en busca de un mundo mejor. Y así fue como
llegaron a nuestro planeta.
En
mi contacto con los humanos pude
descubrir que mi nivel de inteligencia era equivalente al de ellos, pero no
podía desconocer que ellos eran realmente perfectos. Primero: su inteligencia y
su forma anatómica que les permitía llevar acabo todo lo que se propusieran,
esas manos tan maravillosas que les hacían posible realizar infinidades de
cosas, construyeron ellos mismos
verdaderos palacios donde vivieron, y se realizaron en sus investigaciones.
Yo
me fui acercando a mis hermanos del planeta con quienes vivíamos en familia,
para contarles lo que estaba pasando con nuestros visitantes.
Ellos
tenían un promedio de vida más o menos de cien años, en cambio nosotras los doblábamos a veces vivíamos hasta pasados los doscientos
años. Entre los humanos había personas
de todas las edades, pero creo que los
mayores que llegaron no tenían más de cincuenta años, por eso recién cuando ya habían vivido medio siglo entre nosotras, falleció el primero, el científico más
anciano. Pero en todo ese tiempo habíamos aprendido mucho. En un principio nosotras
colaborábamos trasladándolos sobre
nuestras espaldas o tirando algunos carritos para llevar cosas de un lado a
otro.
Un
día decidimos volver al planeta que
habían dejado tantos años atrás. Como las naves espaciales funcionaban presionando botones, para mí fue muy fácil
dirigirlas, formamos un equipo de cuatro, dos hombres, una mujer y yo. El mundo que ellos habían dejado hacía ya más de medio siglo, se veía muy árido, en
él sólo había ruinas, allí encontramos a los hicores, tomamos una veintena
de ellos y los llevamos con nosotros.
En el laboratorio que teníamos,
empezamos a ver sus reacciones, uno de los científicos dijo. “Estos fueron los
grandes que provocaron la guerra y con ello la destrucción de nuestro planeta”.
Después de estudiarlos detenidamente, no
llegaron a ninguna conclusión. Una de las damas dijo: “Yo creo que no es el hombre el que desciende del
mono, sino que el mono es el que desciende del hombre.”
Yo
me quedé pensando en esa frase tan sabia
y me pregunté, ¿cómo seres tan perfectos
habían podido llegar a una completa nulidad intelectual?. Después de decir esto Musga suspiró profundo.
Entonces le pregunté.
-¿Por
qué suspiras, Musga?
Ella
se sonrió y me respondió.
-Míranos
a nosotras, Li, somos inteligentes y
hermosas, muy hermosas, pero no podemos
hacer nada porque nuestra estructura anatómica
no nos permite, no tenemos esas manos maravillosas que tienes tú,
pequeña Li, vuestros cuerpos son
perfectos y muy hermosos.
-Miré
mis manos y me di cuenta que Musga tenía
razón, realmente somos hermosos los seres humanos con un cuerpo perfecto.
Entonces ella dijo,
-Debo
irme, porque no olvides que nosotras
estamos trabajando de noche en la cordillera, extrayendo el metal para
construir las hélices.
En ese momento yo sentí pasos y alguien tocó mi
puerta, Musga se quedó en el respaldo de la silla. Era mamá Bella que venía a darme las buenas noches. Cuando
se fue, yo le dije a Musga. ¡Por favor termina de contarme todo, que es algo tan hermoso.
-Recuerda
que primero debe estar mi pueblo, pero mañana seguiremos conversando y una de estas
noches te voy a llevar a la cordillera para que veas de donde extrajimos los
metales.
Musga
se fue y yo me dormí profundamente
pensando en ese mundo tan maravilloso del que venía mi gran amiga.
En la noche siguiente, tenía mi ventana cerrada cuando sentí un ruido, me acerqué y vi que era Musga en
forma de paloma, abrí y ella entró a mi
pieza. Yo había estado todo el día muy ocupada,
Musga se veía también muy cansada.
-Ahora me seguirás
contando, lo que no terminaste anoche le dije.
-Sí.
Pero ya no recuerdo exactamente donde quedé anoche.
-En
la falta de intelecto de los hicores. Le respondí.
-¡Ah!
Sí, pero yo seguí trabajando sola en el laboratorio con cuatro hicores que los
mantuve a mi lado día y noche, y tras múltiples
experimentos que hice en el laboratorio con maquinarias computarizadas,
llegué a comprobar que, sin tener la facultad de razonar, podían actuar
por actos reflejos y por un mandato
constante- Generalmente actuaban como autómatas tomando un ritmo acompasado.
Además entendían el idioma, lo descubrí,
porque los hice hacer un hoyo y les fui dando la orden, luego siguieron haciendo
lo mismo, yo me ausenté un instante y cuando volví, aún estaban ahí
efectuando el mismo trabajo con una profundidad de casi dos metros, entonces debí ordenarles todo lo contrario y
empezaron a tapar el hoyo sin protestar,
más bien parecían contentos como
si estuvieran realizando un juego. Cuando el surco quedó de unos treinta centímetros los hice sacar
una planta de otro lado, para colocarla en la fosa que habían hecho, cuando terminaron, movieron la cabeza
de un lado a otro mirándome con una simpática sonrisa, para mí , ése fue un día
especial.
-Continuó
diciendo Musga.
-Fue
un día especial porque había descubierto un excelente complemento para nuestra
inteligencia. Con los hicores íbamos a
poder hacer todo lo que hacían los humanos e íbamos a elevar nuestro nivel de vida, en una
palabra, nos civilizaríamos. Hablé con el presidente de los científicos, un
señor de nombre Abel Smith, y le relaté mi gran descubrimiento. Entonces
volvimos al planeta abandonado y tomamos
un centenar de hicores, eran tan dóciles
y sumisos que no se nos hizo difícil atraparlos. Los empezamos a
adiestrar y pasaron a formar parte de nosotros mismos, Una Atolonia debía tener como mínimo dos hicores fuera de las cuadrillas que eran
dirigidas por una sola ave. Pronto se
empezaron a multiplicar y nuestro mundo se pobló de hicores.
Musga
hizo una pausa y me miró, yo le serví unas galletas en un plato, le gustaban
mucho.
-Luego
siguió contándome.
-Los
científicos nos ayudaron mucho, pero
mucho. Construimos trenes excelentes, vehículos
manejables con solo botones, para conducirlos nosotras mismas, aunque también teníamos
chóferes, un centro de computación en el cual formamos un nuevo equipo
de aves científicas. Nosotras lo hacíamos todo con los hicores, nos eran
totalmente necesarios y esto nos despertó un gran afecto hacia ellos, brindándoles una vida tan civilizada como la
nuestra.
Yo
estaba extasiada con lo que ella me contaba, entonces nuevamente siguió
relatándome la historia de su pueblo.
Los
científicos no pudieron multiplicarse,
nacieron algunos niños, pero pronto
perecieron, también experimentaron en probetas, pero no fue posible poder
conservar la especie, a los ochenta años
después que habían llegado,
falleció el último científico,
para nosotros fue un hecho lamentable, ya que ellos nos proporcionaron nuestra
civilización actual y trataron de enseñarnos lo que más pudieron, construimos un gran monumento en
homenaje a la perfección humana. Éste consistía o mejor dicho era representado
por un hombre gigante y una mujer. Se erguía en el centro de nuestra ciudad,
como una grandeza divina, y eso es lo que son.
Terminó
de hablar musga con un dejo de tristeza, luego me miró y sentí como si hubiera
querido hurguetearme el pelo en ademán
de cariño, pero no podía hacerlo, no sé si fue idea mía que le vi sus
ojos brillantes de humedad,
emprendió el vuelo y se marchó.
No me dijo nada al irse.
VIAJANDO
A LA CORDILLERA
Habían
pasado varios días y Musga no había venido, lamentablemente yo no tenía forma de ubicarla, ¿cómo podría ir a su isla? Eso era totalmente imposible para mí. Miré
tras el vidrio de la ventana, la luna
resaltaba en el firmamento proyectando una claridad que parecía día. Bajé a la
cocina y en ese momento venía llegando
papá muy cansado. Raquel sirvió la cena y papá
dijo.
-Hemos
trabajado tanto y aún no llevamos ni la cuarta parte.
-¿La
cuarta parte de qué? Le interpelé.
-Del
cerro, me respondió.
-¿Qué
cerro? Me miró ofuscado. Luego
respondió.
-Los
cerros que compré con el dinero de las vacas, los estoy plantando de pinos.
Yo
estaba tan metida en los asuntos de
Musga que no me daba cuenta de lo que
pasaba en mi propia casa, incluso hasta
me había alejado un poco de papá. Terminamos de cenar. Mamá Bella, papá y yo
nos dimos las buenas noches, y me fui a dormir sin dejar de mirar por
última vez tras la ventana la clara noche y la imponente luna.
No
podía dejar de pensar en Musga. ¿Le
habría pasado algo? Me senté al borde de la cama en ademán de espera, la
noche estaba tan clara como la anterior. ¡Un golpe en los vidrios me sacó de
mis cavilaciones! Corrí a abrir. Era
Musga. ¡Que alegría verte!. Le dije, pero no venía sola. Entonces manifestó.
-Queremos invitarte a la cordillera, como habíamos
quedado de acuerdo. Te lo había prometido.
Mi
alegría fue inmensa.
Saldremos de aquí
mismo me dijo, y me ayudó a salir por la ventana.
-Ya todos
dormían en casa, me acomodé en sus alas y
emprendimos el vuelo. Llegamos a
la isla y no miento, había un escuadrón formado por unas cincuenta aves y cada
una llevaba hasta tres hicores a cuesta.
Nuevamente
emprendimos el vuelo sobre el mar
formando una bandada extraordinariamente hermosa, la brisa de la noche jugaba
con mi pelo acariciando mi cara, la luna parecía irnos guiando. Al llegar a la cordillera empezaron a descender, produciendo un armonioso ruido al recoger sus
alas. Los hicores bajaron casi corriendo,
se introdujeron a unas cuevas con sus herramientas en mano y empezaron a
extraer los metales, los depositaron en
lonas y luego los cargaron sobre las aves que se dedicaron al acarreo del
precioso metal.
Al
venir el día cesaron las faenas, pese a
lo duro y sacrificado que se veía el
trabajo, considerando la armonía con que lo hacían parecía grato, tanto es así
que a mí me parecía como una danza al compás de una bella música.
Una
vez en la isla, todos tomaron un baño en
esa enorme pieza de donde salía agua
tibia y vapor. Los hicores se bañaban
solos, pero a las aves las
esperaban las hicoras con jabones
olorosos y espumosos, pasándoles finas escobillas por su plumaje, después de un enjuague se envolvían en un enorme manto o tohalla y todas pasaban
a una pieza con aire acondicionado, frío o caliente, para
secarse, de ahí a los comedores, tomaron desayuno con los que recién se venían
levantando. Los que trabajaron toda la noche no trabajaron, ese día, fueron a
dormir para volver a salir en la noche siguiente. Era común
ver a un ave abrazando con sus alas en ademán de afecto, a los hicores.
Luego Musga me dijo.
-Ya,
Li, vamos. -Se levantó con esa esbeltez
y elegancia tan propia de ella y vinimos a mi casa, yo me recosté en la cama y no supe del mundo ni
de nada, hasta cuando sentí a mamá Bella
que me movía.
-¿Qué
pasa, Li? Ya es hora de almuerzo y tú
aún no te levantas.
Abrí los ojos con dificultad y me di vuelta al
otro lado, entre sueños escuché a Mamá Bella
protestar, pero pronto cambiaría. Cuando bajé al comedor un rato
después ella me dijo.
-Porque es sábado
te dejé dormir hasta tan tarde.
Yo no contesté nada, realmente mi mente la tenía ocupada con todo lo de las Atolonias.
Cualquiera diría, que tú estás preocupada,
Pequeña Li. ¿O mejor dicho cambiada? Manifestó Mamá Bella.
Moví
la cabeza en forma negativa, me serví el postre y subí a mi pieza,
efectivamente, yo estaba cambiando, ya no era la cabra chica que corría y corría de potrero en potrero, ahora ya ni
siquiera salía con Jonás, mi perro. ¿Es qué todo va cambiando? Me pregunté a mi
misma. Ahora pasaba la mayor parte del tiempo pensando, sólo pensando.
Dormí
toda la tarde, al día siguiente sería domingo e iría nuevamente a la cueva del
Mago. Pero, esa misma tarde llegó Musga a buscarme.
-¡Esta
noche colocaremos las hélices! Me informó.
-¡Ya!
Yo quiero ver cómo lo hacen. Grité de alegría. Salimos de prisa hasta la Cueva del Mago y allí se transformó en Atolonia, cargándome en su
lomo partimos hacia la isla.
EL ACCIDENTE
Eran unas enormes, pero enormes paletas de metal.
Trabajaron intensamente con cuerdas,
maquinarias, cadenas y la fuerza de los hicores, sumado a la inteligencia de las aves, con la
fuerza del agua éstas funcionaban solas y la fuerza de una impulsaba a la otra
formando unos tremendos remolinos. Esto lo hicieron por todo el contorno de la
isla, aunque del exterior no se
veía nada por la muralla de protección
que le habían construido. Estaban trabajando en la veintiuna hélice, ya
cansadas muy cansadas, cuando un ave no
se retiró a tiempo recibiendo un fuerte
golpe en la cabeza, siendo lanzada lejos. El golpe sonó tan fuerte que quedamos aterradas.
Todos
corrieron a socorrerla, tanto los hicores como sus compañeras aves, pero allí
quedó inerte entre el agua y la playa, dos hicores vinieron con una
camilla, levantándola con cuidado. Otras aves trataron de abrazarla con sus
alas, expresando su dolor, pero nada se
podía hacer, había que ser fuerte y
seguir adelante.
La
llevaron a un laboratorio médico, donde
un equipo de seis hicores limpiaron su plumaje manchado de sangre con
jabones especiales, luego suturaron sus heridas, y lo que hicieron
posteriormente no me dejaron verlo.
Musga
que estaba muy consternada me dijo.
-Esta
vez te mandaré a dejar, Pequeña Li.
-Y
desde esa vez fue cada día más difícil
ver a Musga, aunque seguí
manteniendo el mismo contacto con ella, Mi compañera era un ave muy
joven y no era hembra, sino un macho. Aún me faltaba saber tantas cosas de Musga.
Ella estaba cada día más ocupada. Como era la Reina, o Gobernadora porque
era la más anciana, tenía grandes
conocimientos por haber compartido más con el grupo de científicos que tantos
años atrás habían llegado a su planeta. Por lógica la nombraron a ella. Como su
guía.
Un
buen día le pregunté al ave cómo quería que lo llamara. Su voz era diferente,
pero en un timbre de voz muy grato.
-Yo
me hago llamar Igor, me contestó. -¿Igor?
-Sí,
me confirmó, luego manifestó. Lo tomé del registro de los científicos, todos
tomamos nombres diferentes, terminó diciendo.
-Al
día siguiente, cuando regresé a la isla con la ayuda de Igor habían construido
una tumba para el ave fallecida, era
como una caja de cristal enorme y ella estaba al centro de pie, la habían embalsamado y se veía hermosísima,
a su alrededor tenía bajo el suelo, dos cavidades protegidas por una
plancha de mármol, pregunté para qué era eso. -
-Estas
son las tumbas de sus dos hicores que ella tenía.
Sus
dos hicores estaban tan acongojados que lloraban como niños. Las aves caminaron todas en una romería para verla allí por última vez, cerraron su
puerta con llave y todas regresaron en medio de cánticos. El ave accidentada
había sido un macho, se notaba por su
corona de plumas.
PLATICANDO CON MUSGA
Al
centro de la isla había un lago de agua
dulce con una dimensión como de un
kilómetro cuadrado y como era domingo, todos disfrutaban del día libre, a
orillas del lago, me acerqué
a Musga, que tenía un sillón especial para ella y la
compañía de cuatro aves, dos machos y
dos hembras que eran algo así como sus consejeros, diez hicores que se preocupaban de atenderlas.
Ahora
yo me sentía postergada, me costaba
mucho llegar hasta Musga, pero como era
un día de descanso pude compartir con ella. Entonces le pregunté.
-¿Musga, tú tenías esposo?
-Se
sonrió y respondió. -Sí, pero formábamos
parte de una familia donde éramos entre diez a doce hembras y un solo macho que nos
protegía, vivíamos en una caverna y así vivían la mayor parte de todas las
familias, aún conservamos esas costumbres, pero con la civilización, ya
hay parejas que se están independizando, ¿Ves? Allí hay una familia.
Y
más allá cerca de donde estábamos, vimos dos aves, el macho le tenía
el ala sobre los hombros a la hembra y ésta tenía dos polluelos en una bolsa marsupial. Fuimos
hasta ellos y era una pareja que parecían amarse mucho y ser muy felices.
-Mira
los polluelos, me dijo Musga.
-Sólo
tenían sus cabecitas afuera, estaban en una especie de cartera que las hembras
tenían en el vientre. También tenían las incubadoras, que eran verdaderas
maternidades, y para los hicores también tenían maternidades especiales. Las aves permanecían a su lado dando las
instrucciones de cómo atender mejor a las mamás hicores y a los bebitos.
Pude percatarme que Musga está muy, pero muy preocupada.
Ahora tenemos que construir nuestras naves, me
dijo.
-¿Y
por qué? Le pregunté.
-Porque debemos regresar a nuestro planeta, Abel
Smith, El Científico, me había dado una nave equipada con la que yo recorría el
espacio, pero como ya te conté, una vez me falló y tuve que lanzarme al vacío viniendo
a caer a tu planeta, Pequeña Li, donde tú me encontraste y me salvaste de la
muerte. ¡Sólo haremos dos naves! Dijo
entusiasmada.
Acto
seguido, me invitó a la biblioteca, el
resto de la comitiva nos siguió. Las aves caminaban en forma esbelta y sus
movimientos eran finos y graciosos,
irradiaban elegancia y belleza,
generalmente se cruzaban de alas,
dando la impresión de tener un
manto bordado en encajes de plumas.
Yo
imaginé ver muchos, pero muchos libros en la biblioteca, pero no fue así había
maquinarias, sólo maquinarias, musga dio la orden a los hicores y éstos empezaron a presionar teclas, en una pantalla gigante aparecieron varios
planos de naves espaciales con todas la instrucciones necesarias.
-La
uno, la dos la b y la z. Dijo Musga,
miró a su comitiva y les manifestó.
Mañana trabajaremos en esto, llamen a Magda para que lleve a la Pequeña Li a su
hogar.
Antes
de retirarme dos hicores se acercaron a
mí y ella mostrándome su barriga me dijo que el bebé que esperaba si era niña
se llamaría Li, me sonreí mirando a
Musga,
Como vez pequeña Li, ellos
han progresado mucho desde que fueron
llevados a nuestro planeta, cada día van recobrando su inteligencia además ya empezaran a usar
vestuarios porque algunos cada día
tienen menos pelos, y los más jóvenes están hablando cada día más, a los de
corta edad les aremos ir a las aulas de enseñanza general como te digo están recobrando su inteligencia.
Vino una joven ave y me trajo hasta la Cueva del
Mago. De una u otra forma yo sentía que cada día que pasaba me alejaba más de Musga, tenía que considerar, además que ella ahora era la Reina y estaba con los
suyos. Cuando yo la conocí era una
extrajera y estaba sola, despojada de
todo lo suyo, ahora tenía su propio
Reino.
LA
PLANTACIÓN
Me
fui a casa, miré al perro, al gato, a Mamá Bella, a todo lo
que me rodeaba y pensé con nostalgia,
“Este es mi Reino” y es aquí donde debo estar, con los míos con los que siempre
han estado a mi lado. Me dije en silencio.
Esa
noche llegó papá
cansado de la plantación de
pinos. -Avanzamos muy poco dijo mientras comía. Raquel
también había ido con ellos para prepararles la comida. ¿Y
yo por qué no estaba con papá? ¡El colegio me dije! Pero el sábado siguiente
iría con el.
-Hay
que pagarle a los trabajadores, comprar más plantas, balbuceo papá muy
preocupado, moviendo la cabeza.
-Y
también hay que comprarle zapatos a la pequeña Li. Dijo mamá Bella.
Yo
seguí comiendo en silencio.
Llegó
el sábado que esperaba para ir con papá
a la plantación. Raquel nos acompañó para hacernos la comida, llevamos un solo trabajador, también nos acompañó el fiel Jonás. El cerro
donde estábamos era totalmente empinado,
que se hacía difícil mantenerse erguido, el terreno gredoso
haciéndonos resbalar a cada instante. Ayudé
lo más que pude, fue un día muy
sacrificado y aún así no avanzamos plantando planta por planta. Al caer la noche regresamos a casa, muertos
de cansancio. Cenamos en silencio, observé a papá lo vi pálido y delgado, sus
ropas estaban viejas y sucias, sentí una
profunda pena. ¿Qué está pasando? Me pregunté. Y yo me estaba quedando sin
zapatos.
A
mitad de semana vino Magda. “La Reina Atolonia me envió a verte”manifestó.
Yo
me alegré mucho al verla, pero había algo en mí que me producía una leve
tristeza.
-Fui
con papá a plantar pinos, le dije.
-Y
¿Cómo es eso? Preguntó Magda. Le expliqué en que consistía la plantación de árboles
de pinos.
-Me
gustaría ver en terreno como es ese
trabajo nosotras no lo conocemos creo que ese árbol no está en nuestro planeta.
Yo
la miré sonriente y le contesté. Podemos
ir ahora la noche está clara y no hace frío.
Salimos y le expliqué que no teníamos trabajadores y
las plantas, que con tanto sacrificio
papá había adquirido invirtiendo todos
sus ahorros, se iban a secar si no eran plantadas oportunamente.
Magda
me escuchó y después de dar una vuelta
por la plantación regresamos a casa, bajé de su lomo.
Espérame
mañana, Li me dijo al despedirse. Te traeré una sorpresa, agregó con una
sonrisa.
La
esperé hasta tarde, ya todo estaba en silencio y la luna en lo alto se
veía soberbia.
-¡Li!
-escuché la voz de Magda.
-Salí apresurada, como siempre por la ventana, y
Magda como paloma, una vez más retiradas de casa recobró su forma de ave
atolonia montándome a sus espaldas.
Emprendimos el vuelo.
Habíamos
dado una vuelta buscando una dirección cuando vi una bandada de Atolonias cargando
hicores en sus lomos.
-¿Ves
Pequeña Li? Me dijo Magda.
-Sí,
le respondí. ¿Van a la cordillera en
busca de metal? Le pregunté.
-No,
me respondió, no van a buscar metales a la cordillera.
-Ella
llevaba la delantera conmigo a cuestas y
atrás el escuadrón la seguía por el
camino que tomaron, ¡No puede ser! Me dije luego repetí ¡No puede ser!
Musga
escuchó mis exclamaciones, y respondió con un fuerte Sí. Vamos a plantar los cerros de tu padre con árboles
de pinos,
Yo
sentí una alegría inmensa y me pareció
escuchar el aleteo de las Atolonias como una sinfonía fuerte, que nos
elevaba el espíritu, y ellas volaban muy alto, como al compás de acordes musicales. Descendimos en el cerro y empezaron a dar órdenes a los
hicores, tomaron las plantas que estaban en una ruma, ya marchitas. Los hicores estaban muy contentos y decían. “
hic. . . Hic” plantar, plantar y corrían eufóricos haciendo el trabajo hasta plantar el último
arbolito.
-Ahora me dijo Magda
vamos por agua. Y trajeron en una
especie de bolsas de plástico agua, los hicores las fueron regando desde el
lomo de las aves y éstas volaban a ras del suelo produciendo una especie de
lluvia.
Emprendimos
el regreso, yo estaba feliz, ¡Musga no me había abandonado!
CABALGANDO
EN EL MANCO
Pasó
esa noche, papá tuvo fiebre y no pudo salir a la mañana siguiente para la
plantación, la preocupación lo afiebró
aún más, y así, enfermo me envió donde los Guíñez por un caballo. El papá de Víctor me prestó al Manco, lo
monté y me fui al galope tendido, disfruté mucho cabalgando al Manco. Llegué
a la casa y bajé de un salto,
papá subió a los cerros en el caballo
aún así convaleciente, se veía pálido, demacrado y preocupado, lo vi marcharse
sobre el caballo camino al norte.
En
la tarde sentí que el caballo venía a todo galope, papá se apeó de un salto y caminó hacia la cocina.
-Debo
haber tenido mucha fiebre ayer, manifestó.
-¿Por
qué? Le preguntó Mamá Bella.
-Tenemos
todos los pinos plantados faltó un
pedazo pero prácticamente ya están todos los cerros cubiertos de pinos.
Terminando de decir esto me miró y dijo mirando hacia los cerros. “En veinte años más, mi pequeña Li, todos esos pinos serán madera” Construiremos una
casa grande y compraremos muchas cosas, y siguió soñando con sus pinos, los
famosos pinos. Yo estaba muy contenta
por haberlo ayudado, de alguna
manera había contribuido en sus sueños.
Por
la tarde fui a regresar el caballo a los Guiñez, disfruté cabalgando nuevamente
subiendo cerros, bajando cerros,
cruzando puentes, disfrutando el ir y venir de las aves que con sus canticos
volaban por el perfumado aire de la hermosa tierra, colmada de arboles que
gustosos nos dan su sombra sus frutos su madera el aire que respiramos, esa
sabia que corre por sus ramas, en la que cobijan los nidos de tan bellas aves.
PROYECTANDO
EL REGRESO
Había
pasado un largo tiempo sin saber de las Atolonias, no sé si yo me había alejado o ellas me habían abandonado,
mis tareas no me dejaban tiempo libre. Me fui a la Cueva del Mago y allí
estaba Magda, en la parte alta de la gruta, erguida con todo su esplendor.
-Te
estaba esperando, Pequeña Li, me dijo. He venido varias veces aquí, pero no te
había encontrado, sabes que a mí no me
gusta transformarme en paloma ni en ningún
otro pájaro, eso sólo lo hacemos
en casos muy especiales.
La
reina Atolonia me encargó verte, te tengo que llevar a la isla. Manifestó.
Subí
a sus espaldas y atravesamos el mar, que se veía transparente. A cierta distancia había
cardúmenes de peces haciendo visos plateados en el suave oleaje, era muy hermoso volar mar adentro, ver el cielo azul limpio, diáfano en lo
infinito, y el extenso mar. Descendimos
en ese paraíso caído del cielo, con mucho asombro vi en una planicie de larga
extensión, las cuatro naves brillantes e
imponentes, más bien desafiantes,
esperando para su próximo vuelo. Miré
toda la belleza a mí alrededor, luego acudí a los aposentos de la Reina
Atolonia como le decía Magda. Para mí
seguiría siendo Musga.
-¡Hola,
Li! Me saludó Musga con mucha ternura, mirándome con una sonrisa, uno de los
hicores estaba sentado frente a una de sus computadoras, allí Musga dando
órdenes, el cinco, el siete decía.
Y otro hicore
iba marcando cada uno de los signos que le indicaban, al parecer estaban estudiando la ruta para emprender el
viaje de regreso.
-Si
no hubiera sido por Atolonia nunca
habríamos regresado a nuestro planeta, dijo una de las aves que estaba ahí.
Yo
no estaba nada de feliz con el regreso de las Atolonias, si todo era tan
hermoso. Magda vino con cuatro hicores. ¿Estos son tuyos? Le pregunté.
-Sí,
sólo tenía dos pero estos otros dos son los del ave que perdió la vida, yo los
adopté.
Los
hicores adoptados me miraron con cariño
y empezaron a decir. Hic, hic, y a dar vueltas. En ademán de hacerse los
simpáticos conmigo, uno trató de amarrarme un zapato y vio que mis zapatos eran
viejos, entonces empezó a indicar un árbol y a decir “hic, hic” Entonces Magda
dijo ya sé, este árbol es bien especial,
sus hojas caen hacia bajo con huiros y en la punta se van enrollando o
encrespando, formando una especie de
pelota como floración, sus hilillos son de múltiples colores, pero estas hojas
o huiros nosotros las cortamos y las tejemos, con ellas se hacen una especie de chalas, o mejor
dicho calzados.
Y
ahí, recién me di cuenta de la calidad
del calzado que usaban.
Y la suela, continuó diciendo Magda. La sacamos de la corteza de un árbol sólo se corta a la medida y se le pega el tejido.
Magda
ordenó traer una especie de tijeras a uno de los hicores,
éste cortó varias hojas de diferentes colores, dos hicores empezaron a tejer
como si hubieran estado corriendo una carrera, los otros dos trajeron la
corteza del árbol, midieron mi pie, lo marcaron y lo cortaron a la medida.
Cuando el tejido estuvo listo, Magda los
mandó a buscar goma de pegar, regresaron
corriendo y pegaron el tejido sobre la suela, luego ellos mismos lo soplaron y
mostraron los zapatos terminados, repitiendo siempre hic, hic.en una grata sonrisa, luego uno de
ellos dijo Li, Li.
Con
sus caras sonrientes se los entregaron a
Magda, ésta los sostuvo en el pico y me pasó uno primero y después el otro, me los iba a colocar cuando los
hicores se abalanzaron a colocármelos me sacaron los que llevaba puestos y me
dejaron los nuevos.
Mamá Bella me desconoció los zapatos y me preguntó
de dónde los había sacado.
-Me
los regaló mi amiga Magda, le contesté. Yo no había mentido, felizmente no hizo
más preguntas, pero estuvo muy contenta y admiró el regalo que yo había
recibido.
PESCA
ARTESANAL
Con
sorpresa vi cómo dos aves emprendieron el vuelo a mar abierto, sobre sus hombros llevaban a dos hicores y
unos botes pequeños. Le pedí a Magda ir con ellos, cuando localizaron un cardume de peces
volaron a ras del agua, los hicores se lanzaron al mar en los botes, sosteniendo
una malla, cada uno tomó de un extremo,
conservando la distancia, con un
lazo las aves tiraban los botes muy fuertes y los hicores tomaban la red firme.
Así atrajeron casi todo el cardume que
en la misma red, trasladaron a un improvisado puerto.
MONUMENTO HERMOSO
Mi
sorpresa fue grande cuando, en el lugar donde estaban anteriormente las naves,
no había nada, Magda se sonrió y me dijo.
¡Zarparon
ayer!
¡Pero
como! -Sí se fueron con el primer
cargamento y no regresarán hasta por lo menos unos seis meses más, pero con
seguridad, desde nuestro planeta vendrán más naves.
Yo
me quedé pensando y le dije a Magda.
-O
sea que aún nos quedan seis meses para compartir.
Sí,
me respondió.
Aunque
el tiempo pasaba rápido, de todos modos seis meses ya era algo. Caminamos hacia el lugar de las naves, allí tenían
montada una gran cantidad de maquinarias, las aves y los hicores trabajaban sin cesar. Me llamó
la atención porque estaban armando una
nave pequeñita, diferente a las anteriores. Le pregunté a Magda, ella me
respondió.
Antes
de partir, ésta será la encargada de
hacer desaparecer la isla y se juntará
en el espacio con las naves mayores.
Yo
no supe qué pensar. Luego fuimos a una construcción, algo así como templo o
palacio, en el centro había un hombre muy grande y una mujer abrazada a él, en la mano derecha, el hombre sostenía una
barra de metal y en la izquierda un libro.
-¿Y
qué es esto? Le pregunté.
-esta
es la estatua de la perfección, me respondió con los dos elementos principales que
necesita, la fuerza representada por una barra de metal y la inteligencia
representada por un libro.
Admiré tan hermoso monumento, Magda tenía
razón. Pasamos frente a un enorme espejo, Magda se
contempló sí, se sabían realmente
bellas, su plumaje ondulante al caminar parecía túnica de terciopelo.
Un día
llegué a pensar que si les hubiera sacado las plumas tendrían un cuerpo
como el nuestro, con su bolsa marsupial,
aunque en vez de brazos tenían alas, tampoco tenían labios, pero de todas formas, eran hermosas e
inteligentes.
VIAJE FINAL
No
me di cuenta cómo pasó el tiempo, había
llegado el día de la partida. Regresaron cuatro naves enormes, Las que
fueron cargadas con todas las maquinarias,
que venían en el pedazo de suelo arrancado de su planeta.
Al día siguiente tendrían una gran ceremonia
y por la tarde emprenderían el viaje
final.
Magda
fue muy temprano ese domingo a buscarme, ya nadie estaba trabajando y todos
esperaban el acto que se realizaría
antes de la partida. Magda me dejó con sus cuatro hicores.
-Yo
tengo que hacer, me dijo.
Musga
estaba con sus consejeros en una especie de trono. Cuando sentí un tremendo estruendo, miré asustada, eran
las Atolonias, una gran mayoría empezó a
representar una danza aérea, rompiendo
los cielos, vuelos formando cuadrados, formando
círculos, en picada hacia abajo, en picada hacia arriba .
-¡No
puede ser! Me dije. ¡No puede ser!
Todos
los que estábamos ahí, contemplamos desde abajo extasiados el cielo, el espectáculo debe haber demorado
una hora, cuando regresaron a tierra se
fueron formando frente a Musga haciéndole una reverencia, ésta estaba muy emocionada, agradeció todo el
sacrificio y la fuerza con que habían
trabajado.
-Yo
no debo olvidar, dijo. A una Pequeña de buen corazón que me salvó la vida. Entonces vino por mí, Igor (el ave
macho), y me llevó hasta el trono de Musga, después todas cantaron un himno muy bonito,
luego pasamos a los comedores, disfrutamos de la comida cuando sonaron
unas alarmas y todas salieron corriendo, alguien gritó. ¡Objetos extraños! Hicieron funcionar los remolinos, éstos emitían ruidos y
provocaron unos fuertes vientos, incluso
parece que hasta levantaban el
agua del mar, provocando una tempestad.
Como
tenían una excelente vista una de las
que hacía de vigilante en una de las torres gritó por un aparato algo así como
un pequeño parlante que se comunicaba con una cabina de control. -”Ya se
desviaron” Sólo era un avión que tomó otra
ruta, la isla volvió a la calma.
Esa
tarde todos bailaban, cantaban, había
una gran felicidad, y no era para menos. ¡Volvían a su planeta, a su
mundo que tanto amaban nuevamente se encontrarían con sus seres queridos!
Llegada
la noche, zarparon las dos primeras naves que ya se encontraban cargadas,
mientras en las dos últimas iban subiendo las Atolonias con sus hicores. Las
naves eran completísimas, tenían de todo a bordo. Pensaron hasta en los últimos
detalles.
Yo no quise subir, no sé por qué razón sentí
pánico y me quedé con Magda y dos hicores en una nave pequeña, los otros dos
hicores adoptivos de Magda estaban en la tumba
del ave fallecida, en un
ademán de despedida, ellos no querían
regresar porque no iban a tener la dicha de ocupar la tumba de su compañero, pero al fin se fueron muy
pensativos.
Musga
vino hasta mí a despedirse, se veía radiante lógicamente, era la Reina.
-No
sabes pequeña Li, cuánto te debemos. A veces pequeñas obras consiguen
grandes cosas.
Estaba
emocionada, pero al mismo tiempo se
veía muy feliz, era una dicha que no
podía ocultar, yo me abracé a su cuello.
Musga,
exclamé. Es que nunca más te volveré a ver. Ella se sonrió y respondió.
-Eso realmente no lo sé, nada te puedo
prometer. Entonces uno de sus hicores, que estaba a su lado, me
miró. Musga le habló y éste me entregó
un libro.
Es
un recuerdo para ti Pequeña Li, me dijo.
Lo recibí
y lo apreté contra mi pecho.
Dieron la media vuelta dirigiéndose a la nave, solamente las estaban esperando
a ellas. Después de algunos segundos, sentimos el gran impacto de partida, la isla
se estremeció y las dos naves rompieron
los cielos zarpando a una velocidad increíble en dirección fija hacia las
estrellas. Me pareció que el corazón se me iba a caer.
ULTIMA NAVE
-¡Tranquila!
Me dijo Magda mientras caminábamos en dirección a la última pequeña nave
que quedaba, luego dio la orden a los
hicores para que la hicieran partir. Nos elevamos suavemente sobre la isla,
luego tomaron posiciones distanciadas, desde allí, suspendidos en el aire, empezó a dar órdenes nuevamente a los
hicores, yo miraba pero no hice preguntas, los hicores presionaron
botones, artefactos intangibles para mí, y Magda diligente, daba una orden
tras otra.
-¡Ahora!
Gritó Magda y los animales o mejor dicho seres humanos en forma de monos aún
presionaron un último botón, entonces vi que la isla empezaba a sumergirse
produciendo un ruido ensordecedor, como si toda
en sí se hubiera ido quebrando poco a poco, como si el mismo
universo se hubiera partido en mil pedazos, ocasionándole un fuerte dolor. Nos
quedamos hasta que se perdió en el oleaje, no quedando nada. Todos
observábamos en silencio la desaparición
de la isla, hasta que sólo quedó un suave oleaje.
-¿Por
qué? Le pregunté a Magda.
-¿Por
qué? Es muy simple, me respondió, si es
descubierta por los tuyos tratarían de aprender todo lo nuestro y aparte de
eso, nos localizarían, eso nos expondría
en grave peligro, tu planeta Pequeña Li, no es como el nuestro, lamentablemente
no todos son amante de la paz, nosotros no tenemos guerras, ni odios, ni
envidia, ni venganza, no nos matamos entre nosotros, cuidamos nuestro planeta,
porque somos el fruto de la tierra que nos vio nacer, es nuestra madre tierra.
Volamos
en la pequeña nave hasta la Cueva del Mago desde allí Magda me sostuvo en sus alas, saliendo del
artefacto volador que se sostenía en el aire
sin avanzar, ella se deslizó como si estuviera planeando
dejándome al frente de la cueva, en una
planicie cubierta de pequeñas flores con césped como si una mano misteriosa lo
cultivara.
En
el espacio debo reunirme con las otras naves, balbuceo Magda. Antes de
descender nos despedimos y los hicores
me hacían Hic. . . Hic, Pequeña Li pero
en realidad no eran tan idiotas. Parece que Magda sospechó lo que yo estaba pensando y me dijo.
-Sea
como sea, han evolucionado bastante,
puede que después de muchos años, miles de años, lleguen a ser perfectos y
también nosotras, agregó con una sonrisa. Se despidió de mí, en ella no había un dejo de tristeza, su alegría era contagiosa, pero yo tenía mucha pena,
mucha angustia. Adiós, le dije. Mirándola por última vez, me acerqué a ella abrazándola
como pude. Sentí la suavidad de sus plumas y en un acto improvisado me rodeo
con sus hermosas alas, que parecían abanicos confeccionados por manos divinas. Regresó en un lento vuelo sin
perderme de vista y luego la pequeña nave se perdió en el espacio, llevándose mis recuerdos tan
hermosos, tan especiales tan llenos de amor.
Mientras yo caminaba cabizbaja a casa miré el libro que me había regalado Musga, estaba todo allí, nuestro
encuentro, nuestras conversaciones, su llegada,
los trabajos de la isla, los hicores,
realmente, no faltaba nada, me sentí tan feliz, porque mi encuentro con
Musga, que era un secreto, yo lo iba a
poder compartir con mis amigos o amigas, con mi familia, con mi maestra.
¡Sentí tanta felicidad, tanta alegría! Por todo lo que había vivido y
compartido con las Atolonias.
Luego
tomé una cambucha de papel que días antes había dejado sobre un mueble y salí
al camino, a ese mismo camino por el que anduve con Musga sobre mi hombro en
forma de paloma, ese camino de tierra que tantas veces sostuvo mi sombra, ese camino que siempre me llevó a tantas partes,
ese camino que de algún modo era parte de mi destino y corrí con la cambucha
tirándola del hilo que la sostenía en el aire, me sentí como un punto en el
universo, mirando el espacio, ese gran espacio que guarda tantos misterios
desconocidos para nosotros.
-¡Vamos,
Jonás! La dije a mi perro. El noble animal me siguió y yo me fui tirando mi
cambucha, corriendo, y le grité nuevamente.
-¡Vamos,
Jonás, Vamos!
Continuará.
CUARTO TOMO
LA
PEQUEÑA LI EN
EL ESPACIO.
LILA
LAYERS.
Este cuarto tomo está basado en los nueve
planetas de nuestro sistema solar
---------------------
LEYENDAS
DE LA ZONA
REGIÓN
DEL BÍO BÍO
LA LAGUNA
DE LAS TRES
PASCUALAS
a) Al final
del siglo XVIII, tres muchachas llamadas Pascualas iban a lavar ropa a
una laguna, como en aquellos tiempos lo hacían casi todas las mujeres pobres de
la ciudad. Era realmente un espectáculo
pintoresco y lleno de vida el que ofrecían esas hileras de mujeres que en la mañana y en la tarde iban a lavar a
la laguna.
Cuando
llegaba la tarde, o mejor dicho la oración,
emprendían el camino de regreso a sus hogares. La mayoría eran lavandera de profesión, como las tres
Pascualas.
Caminaban
con sus grandes atados de ropas que llevaban generalmente sobre la cabeza. A
menudo marcaban cantando o conversando en voz alta.
Era agradable el cuadro multicolor que ofrecía la
laguna con la ropa de distintos colores que flotaban al viento o estaba tendida
sobre las ramas y que se distinguía desde lejos.
Una
tarde, cuando otras compañeras llegaron hasta la laguna, encontraron flotando
los cadáveres de las tres Pascualas.
¿cuál
fue la causa de esta desgracia?
Se
asomaron tanto al agua que cayeron y no pudieron salir, pereciendo de este modo.
B)
Las tres Pascualas amaban a un mismo
hombre, y después de larga meditación en
la noche anterior, resolvieron poner término a sus días, arrojándose a la
laguna que era su propio sustento.
C)
Llegaban a la laguna todos los días a
lavar, mientras realizaban su trabajo,
entonaban hermosas canciones.
Un
día llegó hasta la casa de las tres
muchachas un forastero en demanda de hospedaje, el que fue acogido gustoso por el padre de las
jóvenes.
Todos
los días al morir la tarde, regresaba hasta la casa el solitario
forastero y miraba a las Pascualas que volvían
cantando, al aire sus trenzas rubias y sus atados de ropa sobre la
cabeza.
El
joven se enamoró de las tres hermosas
muchachas y cada una, en secreto, le correspondió su amor.
No
sabiendo a cual de ellas elegir como su esposa, en la noche de San Juan les dio
cita a las tres en la orilla de la laguna.
A
las doce de la noche el forastero
remaba, pero desesperado al ver reflejarse en las plateadas aguas a las
tres Pascualas, comenzó a llamar.
¡Pascuala!. . . ¡Pascuala! Las tres mujeres
al sentir su nombre se creyeron
elegidas y comenzaron a entrar en las traicioneras aguas.
Desde
entonces, en las hermosas y encantadas noche de San Juan a las doce se ve un
bote y entre el croar de las ranas surge
una voz que llama desesperadamente a las mozas.
(Versión
de Oreste Plath.)
D)
En un hermoso palacio vivía una bella
dama, madre de tres lindísimas hijas que correspondían a los nombres de
Sol, Esperanza, y Alegría, pero a causa del nombre de la
madre, se las llamaba las tres
Pascualas.
Murió
la madre y las niñas se entregaron a una
vida disipada. Las faltas que se cometían
en este palacio fueron tan grandes, que un día de gran fiesta se hundió el palacio con las tres niñas y todos sus
acompañantes, que eran más de cincuenta personas, llenándose de agua el
espacio que antes ocupaba este lugar de disipación. Y la extensión de agua que
se formó por esta causa es la que se conoce con el nombre de “Laguna de las
Tres Pascualas”
(Versión
de Ramón A. Laval)
LAGUNA
DE LOS NEGROS
Esta
laguna de Concepción, hoy desecada, tuvo una superficie de cerca de
dos cuadras y bastante profundidad.
En
remotos tiempos esta laguna recibía a
los cadáveres de ciertos ajusticiados,
que era costumbre no sepultar. “En sagrado” Sino arrojar a las aguas detenidas con una piedra
al pescuezo, algunos eran quemados y luego lanzados a esta agua.
Los
infortunados que dieron nombre a esta laguna fueron ocho negros africanos,
actores de un drama sangriento y terrible que dejó a la población de Concepción imperecederos
recuerdos.
El
20 de Enero de 1804 fueron embarcados a
bordo del buque negrero “Prueba” al
mando del capitán Carreño, en Valparaíso, para conducirlos al
norte, una partida de 72 esclavos africanos, que había arreado de Mendoza un traficante profesional
llamado Alejandro de Aranda.
En medio
de la navegación y con la complicidad de otros negros, tramaron los cabecillas Babo y Mure un complot. Y así fue como liberados de las amarras los
más fornidos, se precipitaron sobre la
tripulación dormida y hartos de odio y sed de venganza dieron muerte a 18
marineros, apuñalándolos y los arrojaron al mar amarrados, entre los que cayó
el tratante de esclavos Aranda.
Dueños
de la situación, los negros pretendieron volver a Senegal, exigiendo al capitán
Carreño que habían dejado vivo, para que
los guiara y navegara al sur.
A
los pocos días el “Prueba” era apresado
frente a la isla Santa María. La fortuna les fue adversa. El capitán Amasa Délano,
al mando del buque ballenero.“Perseverance” de bandera Norte Americana,
los atacó en un combate que duró dos horas y llevando los negros la peor
parte. Sólo ocho sobrevivieron, los que
fueron, llevados a Talcahuano y
entregados a las autoridades.
Inmediatamente fueron sometidos a
prisión por el Asesor letrado y Delegado
de la Intendencia de Concepción, Don Juan Martínes de Rozas.
En
el breve término de seis días se pronunció la sentencia condenando a los reos a
la última pena. El fallo fue confirmado
por la Real audiencia de Santiago. En
los últimos días de marzo de 1805
eran ahorcados en la Plaza Independencia de Concepción, los ocho negros que
habían sobrevivido a cuya cabeza murió
el bravo Mure con una serenidad asombrosa.
Existe
la tradición de que Mure habló en español cuando se encontraba junto a la
horca, reconociendo justa la sentencia que le condenaba al último suplicio.
Pero alegando que lo que había acontecido no era sino el resultado
inevitable de la crueldad inhumana de sus captores y de su falta absoluta de
derecho, para ir a robar hombres libres
y comerciarlos arrancándolos de sus
hogares, mujeres e hijos.
Los
cadáveres de los desgraciados negros fueron arrojados a esta laguna que
llamaron “Laguna de los Negros”
(Versión
de Carlos Oliver Schneider y Francisco Zapata Silva)
LLACOLÉN O
LAGUNA CHICA
En
la laguna Chica de San Pedro de la Paz , agua y tierra Mapudunga, vivía el Toqui Galvarino con su hija Llacolén,
joven princesa mapuche de belleza Araucana. Era de largos cabellos castaños que se los
batía el viento cuando corría en medio de la selva o el agua se los
distendía al nadar en la laguna.
Era
hija predilecta del gran Toqui y la
estirpe estaba latente en su gracia, era
arrogante su andar y su espíritu pronto a estallar.
El
gran Toqui un día pensó que la hija debía casarse y entró en conversaciones con
el cacique Lonco, que tenía soltero a su
hijo Millantú, Mozo como de bronce y ancho pecho que se había distinguido por su
valor en varias batallas.
Ascendencia
y linaje comprometieron Llacolén con Millantú.
El
orgullo y valentía de Llacolén se
sintieron heridos por la elección de su padre, ella mandaba su odio y su amor.
Le habría gustado ser elegida y no
convenida. Pero ella acató la voluntad de su padre.
Mientras,
el invasor era resistido en lo espeso de
las selvas y el choque se hacía violento
entre espadas y mazas. La tierra se teñía de sangre de españoles y araucanos.
La
conquista se hacía recia y el
mapuche indomable.
Llacolén
veía partir a la guerra a los mocetones por lo espeso de la selva. Y en
medio del bosque como siempre iba a
nadar largas horas a la laguna. Allí esperaba y soñaba.
Un
día fue vista por un apuesto y gallardo
capitán español que a las órdenes de don García Hurtado de Mendoza se encontraba
en las nuevas tierras.
Vinieron
las entrevistas y nació el romance. El amor los empezó a abrazar. Fue un amor que en ambos creció.
En
Llacolén había surgido el amor anhelado, distinto de aquel
impuesto por la voluntad de su padre y
la tradición.
Un
día en alas del viento llega la noticia de que Galvarino en singular combate ha
caído prisionero y que el Gobernador García Hurtado de Mendoza había ordenado cortarle las manos para atemorizar a
los indómitos hijos de Arauco.
Dicen
que Galvarino soportó serenamente el atroz suplicio y aún más, alargó la cabeza al verdugo para que también le
fuese cortada.
Una
vez terminado el castigo y puesto en
libertad, amenazó a sus victimarios y
corrió a juntarse con sus compañeros
para excitarlos a la venganza. Estos
lejos de escarmentar, al poco tiempo les presentaban batalla a los
Españoles, Bajo el manto de Caupolicán y
entre los combatientes se cuenta
Galvarino, quien durante la lucha se batió
valientemente a pesar de faltarle ambas manos, siendo después ahorcado junto con otros aguerridos
en los árboles más altos de un bosque vecino al campo de batalla.
La
hermosa Llacolén no supo entonces si amar u odiar a todos los invasores. La
desazón y la duda la invadieron. Con su
alma atormentada y en la mayor desesperanza, fue a buscar la tranquilidad que
le faltaba, en medio de la selva, junto a la laguna.
La
noche descendía con su oscuridad lentamente, como envolviéndola, como
escondiéndola, hurtándola de su tragedia.
Y
apareció la luna.
La
noche y la luna fueron rotas en su silencio de paz, de armonía espiritual. Al galope de su
caballo llegó el capitán Español, que
con palabras de amor y consuelo quería ahuyentar todo pensamiento
perturbador de la mente de la joven.
Mientras,
Millantú, desesperado, buscaba a su prometida. Guiado por el instinto y la
selva, penetró en la espesura del bosque y dio con ella.
Los
celos y la traición de Llacolén hicieron
presa en Millantú y obligó al capitán a
entrar en violenta lucha.
La
espada y la maza se cruzaron innumerables veces hasta que heridos de muerte,
rodaron sobre la hierba los dos cuerpos sin vida.
La
luna se abre paso a través de la maraña
espesa y platea con sus rayos las aguas de la laguna. Trastornada Llacolén busca refugio eterno en las profundas y
serenas aguas de la laguna Chica, de San
Pedro de la Paz.
(Versión
de Oreste Plath)
LAGUNA
REDONDA O PETRONILA NEIRA
En una barriada de Concepción existe una
pequeña laguna, cuya forma es redonda. En sus alrededores aconteció un hecho
brutal, se asaltó y se dio muerte a una
niña llamada Petronila Neira. La victima de tan bestial proceder fue lanzada a
la laguna.
Se
sabe que Petronila Neira era una niña
muy agraciada pero un día su
pretendiente, por celos, se unió con una
amigo para matarla y la invitaron a un bosquecillo
cercano a la laguna y después de
asesinarla la lanzaron a sus aguas, cuyo cuerpo
apareció flotando, por lo que se
dio el nombre de laguna “Petronila Neira”
La
imaginación y la devoción rodearon, en un tiempo, a la laguna de casetitas y
dentro de ellas ardían velas en homenaje a la “Animita” de Petronila Neira.
En
ciertos días aparece Petronila Neira en
la laguna, en la que han perecido muchos
ahogados, como otras víctimas de asaltos
han sido lanzadas también a sus aguas, quedando todo en el más profundo misterio.
Petronila
Neira está sepultada en el Cementerio General
de Concepción, donde se le rinde homenaje de santa popular y hace
milagros ungida por el pueblo que cree en ella.
Esta
laguna se llamaba en otros tiempos laguna Redonda y después del asalto y muerte
de Petronila Neira, tomó su nombre.
(Versión
de Oreste Plath)
LOS
CULBENES DE LAGUNA
CHICA
DE
SAN PEDRO DE
LA PAZ
Hacen
muchos años Nicomedes Pincheira
integrante de la banda de los Pincheira de
Chillán que habitaban en la Cueva
de los Pincheira en la localidad de Recinto en plena cordillera, Se vino a
Concepción con una gran cantidad de dinero, con lo que compró dos fundos uno
llamado Fundo Esperanza que comenzaba casi en la misma Estación de ferrocarriles
y llegaba hasta el kilómetro seis o siete camino a Santa Juana orillando el
río, y el otro Fundo “El Romeral” era a continuación del primero que casi
llegaba a Santa Juana.
Después
de hacer esta tremenda inversión, buscó una dama de alto nivel social, conoció
dos hermosas jóvenes, Eulalia y Auristela
hijas de don Eusebio Matamala,
Nicomedes Pincheira contrajo matrimonio con Auristela Lamentablemente los familiares de este
Pincheira, se vengaron de él quienes viajaron desde Chillán para buscarlo, dándole muerte de un balazo,
cuando sólo tenía veinticinco años, en esta rencilla sus familiares lo
maldijeron. “Que algún día todas las tierras compradas con el dinero de la
banda de los Pincheira, se perderían.”
Nicomedes
defendiéndose casi moribundo, respondió. “ Todo aquel que hoce arrebatar un
grano de tierra a mis herederos será maldito.” Su viuda también joven, falleció al poco
tiempo de pena, Los restos de este funesto
matrimonio fueron sepultados en la tumba
número tres del cementerio general de Concepción.
Los
dos fundos pasaron en calidad de
herencia a la hermana de la viuda
Pincheira, doña Eulalia quién contrajo matrimonio con don Manuel
Solar. Tuvieron muchos hijos, cinco
mujeres y tres hombres.
Lamentablemente como la mayoría eran mujeres no sabían
administrar dos tremendos fundos perdiendo el que llegaba a Santa
Juana por no pagar las contribuciones
quedándose sólo con el fundo Esperanza.
La familia Solar Matamala vivió siempre en este fundo , en una casona en el Km. Dos y medio. Tenían
lechería y la entregaban en el Sanatorio
Alemán, atravesando el río Bío bío en
botes ya que en ese tiempo no existía el puente carretero, sólo el Ferroviario.
Fuera de la lechería tenían hortalizas ovejas
chanchos y caballos. Con trabajadores suficientes para todo el quehacer
campesino. De estos ocho hijos sólo una
de ellas contrajo matrimonio, con Don Eduardo Valdés Geymer. La Sra. Sofía
Solar Matamala trajo al mundo tres
hijos, una niña y dos hombres, uno de ellos, Manuel estudió leyes en la
Universidad de Concepción, y fue Parlamentario de la República, por su
Provincia. Poco a poco fueron vendiendo, partes del fundo, hasta que al
final se parceló lo que daba al camino, quedando los culbenes y unas cuarenta
hectáreas en los cerros, pasado los años todos los hermanos Solar Matamala
fallecieron, quedando sólo el Parlamentario y una hermana. En 1973 con el golpe Militar y la
dictadura, el Parlamentario fue detenido, por haber sido político del partido
Mapu, desde entonces enfermó quedando las tierras del Fundo Esperanza
abandonadas, entre esas un predio llamado los Culbenes al fondo de la laguna
chica. Tierras que fueron tomadas por algunos vecinos que se adueñaron de esos
predios.
Así
las maldiciones se cumplieron. Los herederos perdieron sus tierras y los que de
tan mala manera se adueñaron fueron también malditos,
Sin
olvidar que los registros de bienes raíces de coronel se incendiaron, quedando
sólo cenizas, y recuerdos.
LOS HERMANOS PINCHEIRA
Hacen muchos años en la localidad de Atacalco en la cordillera existía
un cerro por el cual caí un chorro de agua formando una hermosa cascada rodeada
de frondosos árboles, nadie sabía que al cruzar la cascado se internaba una
enorme cueva capaz de cobijar unas cuarenta carretas, esta cueva le sirvió a
los hermanos Pincheira para esconderse cuando eran perseguidos por la milicia
de Chillán por los constantes asaltos
que hacían en esta ciudad, bajaban desde Atacalco pasando por Recinto y Pinto
actualmente Comuna, y en esta Ciudad donde vivían familias muy acaudaladas eran
despojadas de joyas dineros incluso a veces se raptaban a las hijas hermosas y
muy bien educadas, llevándolas a sus escondites, Con los dineros recaudados
ayudaban a muchos campesinos pobres que vivían en los alrededores de Chillan en
la cordillera. En una oportunidad casi fueron alcanzado por la milicia pero
justo al llegar a la cascada que hacía las veces de cortina les perdieron el
rastro, uno de ellos para despistarlos siguió camino adelante, y fue alcanzado por una bala, herido de gravedad se interno entre los
bosques Guayi, avellanos, Maitenes copihues llegando a unas vertientes de la
que salía agua caliente y barro que parecía hervir, allí se abrigó en los
matorrales, luego llegó el invierno, nevando hasta más de un metro de nieve,
sin poder volver hasta la cueva, a reunirse con sus dos hermanos. Estos ya lo
creían muerto. Cuando llegó la primavera y la nieve ya se había derretido,
emprendió el viaje por los senderos que había sido perseguido. Grande fue la
alegría de sus hermanos cuando lo vieron llegar sano y salvo. El les contó del
agua vendita que lo había mejorado y le había dado tanto calor, en pleno
invierno en medio de la nieve, desde entonces muchas personas empezaron a
frecuentar las termas de Chillán.
Como los hermanos Pincheira eran una
amenaza para la ciudad de Chillán, fueron cada vez más perseguidos, hasta que
lograron exterminarlos. Con el tiempo descubrieron el escondite, a la que
llamaron la Cueva de los Pincheira, Por
las noches al venir la mañana se siente una carreta que pasa por el camino
desde Atacalco, hasta llegar a Chillán, los habitantes del sector ni se
inmutan, sólo dicen ahí van los Pincheira
LAGUNA DE TALCAMÁVIDA
Hace mucho tiempo, cuando aún los Españoles no habían
conquistado la totalidad del territorio llamado Chile, Existían tres comarcas
importantes una que hoy día recibe el nombre de Rere, otra Talcamávida, y la
tercera Santa Juana. La del lado sur del río Bío bio Tralcamahuida cuyo cacique
tenía una hija muy hermosa, pretendida y
perdidamente enamorada del hijo del cacique de una tribu cercana llamada La Comarca de
Hauguilemu, Pero el cacique padre
de tan hermosa princesa no veía las cosas igual, conviniendo a entregarla en
matrimonia al cacique de una tribu que quedaba al otro lado del río con el
nombre de Coya, unión que sellaría lazos de amistad entre ambas tribus y dando termino a las continuas
discordias existentes entre esas dos comarcas (ya que sólo se unían para combatir al enemigo
extranjero)
Para
el día de la boda se preparó un festín en la comarca de Tralcamahuida. La
opulencia y los hechos de dicha fiesta
con bailes al son de la trutruca y vacuno, aves, chanchos y cordero a las brazas, fueron suficiente motivo de
humillación y ofensa para el Toqui
guerrero que amando tanto a la joven princesa Mapuche, Se vio obligado a
defender su honor, juntando a sus
huestes para enfrentarse a las dos
tribus enemigas, en un sangriento malón.
Su valentía y coraje dieron muerte al cacique pretencioso que le
había arrebatado a la mujer que él tanto
amaba.
Pero
la venganza no se hizo esperar y una flecha enemiga atravesó el corazón del joven guerrero.
Sangre
y muerte fue el resultado de esta boda sin amor, sino sólo por conveniencia.
En su desesperación la princesa fue a llorar su desdicha a lo alto de un promontorio en cuyo bajo los
jóvenes Mapuches jugaban a la chueca, La chueca era el deporte que ellos
practicaban ( y consistía en correr tras una pelota con unos bastones con lo
que la lanzaban de un lado a otro).
Allí la desolada princesa
lloró y lloró, rodando sus lágrimas una a una hasta la cancha de juegos a la
chueca, Tales serían sus lamentos que hasta los cielos se consternaron,
desencadenándose una tormenta de lluvia, truenos y
relámpagos, tanto llovió que el agua confundiéndose con sus lágrimas de
la desafortunada princesa, formaron
junto al cerro una laguna, que a su vez impidió a los Mapuches seguir practicando su
deporte, dando origen al nombre del
lugar, “Tralcamahuida”lo que significa en lengua mapudungun truenos entre
montaña. Más tarde los conquistadores tradujeron al castellano por Talcamávida.
Pero al otro lado del río al saber que su cacique había sido muerto por una
flecha, la Comarca también lloró y lloró dando origen a una laguna gemela, que
se encuentra frente a frente atravesando el Bíobío, mirándose a la distancia.
Sólo estas lagunas gemelas, saben de ese
dolor de una Comarca que perdió a su Cacique, y del dolor de una Princesa que
perdió a su amado luchando por defender su honor y a la mujer que pretendía.
-

No hay comentarios:
Publicar un comentario