PRIMER TOMO
LA
PEQUEÑA LI Y
SUS CUENTOS
LILA LAYERS
Este primer tomo de La Pequeña Li
Lo dedico a
mi nieta Rocío Abad Valdés
Ediciones
Layers
Colección La Pequeña Li
I.S.B.N. NR. 978-956-353-245-6
La
Pequeña Li y sus cuentos I.S.B.N. Nr.
Inscripción
Derecho de Autor Nr. 147003
Inscripción Derechos
autor corrección y
agregados
De segunda
edición abril 2017
Primera
Edición Diciembre 1990
Correo
Electrónico. lilalayers@gmail.com
Ilustraciones Raúl Contreras
Corrector
de pruebas Eduardo Abad Escobar geólogo Universidad de
Concepción.
Un mensaje
para los niños.
Ustedes los niños,
Son como una flor en primavera
Y un rayo
de luz los besa cada mañana,
El rocío de la noche vela sus sueños y
Vuestras
voces son como el canto de una sirena,
De esos
rostros de niños,
Capullo
de rosa con olor a yerba buena.
Ustedes
son un rosario de perlas
Para rezar el padre nuestro cada mañana,
Son un
manto bordado de sueños,
Que
llevaré junto a mi destino.
LILA LAYERS
Nacida en la década del cuarenta en un
villorrio ubicado a cuarenta kilómetros de la ciudad de Concepción, Octava
región Chile. Sus primeros estudios los
realizó en la escuela Pública de la
misma localidad Talcamávida Cursó sus humanidades en el Internado de Señoritas
Colegio Santa Filomena de la Ciudad de Concepción continuando sus estudios en
el Liceo Fiscal de niñas Gabriela Mistral de la Araucanía novena Región Temuco,
Estudió Administración pública Inició la
carrera de Sociología en la Universidad de Concepción, sin lograr terminar la carrera por cierre de la Facultad
en 1973. Estudió Literatura en
talleres cursos literarios en La
Universidad de Concepción. Feria del libro en Santiago de Chile, Buenos Aires
Argentina. En 2015 participó en la Feria Internacional del libro en Guadalajara
Jalisco México. Ha viajado al Paraguay,
Brasil, Francia, España, Mónaco e Italia. Casada con el Ex Parlamentario de la
República, Manuel Valdés Solar, Tres hijos.
NOTA
PRELIMINAR
En estos relatos quiero entregar a
todos los niños, algo agradable,
entretenido, realista y fantasioso, superando siempre lo bueno y positivo sobre
lo malo y negativo, dando fuerza al mundo infantil para aventajar la problemática
cotidiana que nos acosa día a día.
Bella infancia hermoso
mundo de esas almas tan especiales, como son los niños.
La autora.
LA PEQUEÑA
LI Y SUS
CUENTOS
Generalmente cuando queremos contar
algo, se nos hace difícil y no sabemos por dónde empezar, especialmente si es
mucho lo que tenemos que decir. Mi nombre es Li, pero las personas que me
conocen me llaman “La Pequeña Li”.
Esta mañana hace un sol esplendoroso,
cantan las cigarras y el ambiente huele a jazmín. Yo he tenido que salir a primera hora para llevar
mis vacas a pastar. Paso la mayor parte del tiempo con ellas, podría decir que forman parte de mi vida, son cinco y a cada una le tengo un nombre. La
clávela es de un color pardo con manchas
blancas dando la impresión de una pintura de ramos de claveles en su peluda
piel, papá la trajo de la feria de Los
Ángeles, dice que es una vaca francesa y excelente lechera, no es mi regalona,
siempre se muestra reacia a mis caricias, pero aún así las acepta y cuando le
hablo me escucha atentamente.
El camino es arenoso, ellas avanzan
lentamente mientras yo las sigo a cierta distancia, pero hoy he descubierto
algo muy importante de mi vida que me tiene muy preocupada, por eso no sigo
hablando de mis vacas, ahora sólo
he dicho
el nombre de la Clávela.
Me he dado cuenta que mamá Bella no
es mi mamá y eso me ha producido un vuelco en mi corazón y una tristeza muy
grande que no he podido confiarle a mis animales, ellos siempre sólo me
escuchan, jamás pueden decir algo, quizás sea mejor así...Ahora tendré que
investigar, ¿Quién es mi madre?
El dolor se agudiza mientras camino sola con
mis rumiantes. Ahora hablaré de la vaca
más mañosa, se llama Cabrita, es grande y su pelaje es negro con manchas
blancas, jamás puedo hacerle cariño. También tengo dos vaquillas, ellas no
tienen nombre, papá dice que pronto las venderá, pero la última es mi regalona,
le dicen “La Cachos P abajo” es de color pardo y tiene sus cuernos torcidos
hacia abajo, con ella juego siempre y se deja acariciar, permitiéndome pasarle
mi mano por el lomo y su cabeza.
Son tantas las mañanas, los días y las
tardes en que voy y vengo siempre con ellas, en un sendero o en otro, viendo
pasar una lagartija, un conejo, una culebra, o deteniéndome a observar una
araña o una hormiga, para mí todo lo que me rodea es importante, porque forma
parte de mi vida, pero lo más importante será descubrir ¿dónde está mi madre?
UN ZORRO EN EL CAMINO
En este ir y venir había descubierto
anteriormente las pisadas de un zorro, yo sabía que él volvería
a pasar muchas veces por el mismo camino, entonces armé unos guachis y
los dejé allí, pero esa mañana cuando llegué al lugar habiendo dejado las vacas
pastando fui a observar el rastro...no había nada, lo que significaba que aún
no había pasado. ¿Se atrasaría o
cambiaría de ruta? Me quedé agazapada entre el pasto con la esperanza que el
zorro volviera por el mismo camino. Estaba allí muy quieta, casi quedándome
dormida, cuando un cosquilleo en una de mis piernas me hizo volver la cabeza
observando con asco, una lagartija de color verde y muy abultada, que avanzaba
desde mi tobillo a la rodilla, moví bruscamente mis extremidades saltando el
reptil despavorido, pero justo en ese preciso instante venía el zorro, al que
sólo alcancé a verle su inmensa cola.
Al captar mi presencia, el mamífero apresuró el paso,
sin desviarse del sendero, dando un brinco para alejarse con rapidez del lugar,
levantando la cabeza por sobre el guachi armado pero aún así, quedó cazado de una pata y allí estaba
saltando muy asustado, tironeaba de la cuerda con toda su fuerza mientras yo me
acercaba, ya estaba casi encima de él para atraparlo. Mi corazón empezó a
palpitar más fuerte que de costumbre, yo también sentí pánico, seguramente mis
brazos no podrían sostenerlo, pero igual
me abalancé sobre él resbalándose mis manos sobre su suave y enorme cola. Yo
miré cómo arrancó el alambre llevándoselo consigo y cojeando de una pata, se perdió
en los matorrales, lo observé un buen rato, sentí pena, sólo había conseguido
herirlo, seguramente se ocultaría bajo una mata de litre lamiéndose su herida o
bien podría estar al acecho de un
inocente pollo o rodeando algún gallinero.
Corrí por el cerro observando como
pastaban cada una de mis vacas, ajenas a todos mis movimientos, sonreí de
alegría, el día sería largo, pero la felicidad que me brindaba el campo era tan
grata, que todo momento allí siempre me parecía corto. Las flores silvestres
amarillas en su mayoría ya estaban floridas, abundaban los yuyos, observé
extasiada el juego de las mariposas pensando qué se puede sentir siendo una de
ellas e ir por el aire volando de pétalo en pétalo, de rama en rama; qué
hermoso es todo lo que nos brinda la naturaleza. Pero de pronto nuevamente
recordé el problema que se me había creado respecto a mi madre.
Era para mí muy difícil poder resolver, carecía de medios para
indagar, no me atrevería a preguntar jamás, qué duro sería para papá si de
pronto le hiciera la pregunta, amándome tanto como él me amaba se podría
ofender; yo más bien prefería callar. Miré el cielo, pasaban unas nubes
pequeñas muy alto que apenas se veían, ya el sol estaba en pleno esplendor,
sería el mediodía y como la casa quedaba lejos yo traía mi bolso de paño
bordado en el que mamá Bella me arreglaba mi merienda. Mamá Bella era
también la mamá de papá, por esta razón
yo me había dado cuenta que no podía ser mi madre... Esto me atormentaba,
busqué la sombra de un arbusto, donde me acomodé en el suelo para saborear el
pan amasado con el rico queso que estaba realmente exquisito. Las migas que
iban cayendo en la tierra suelta fueron muy pronto objeto de trabajo para las
hormigas, me entretuve observando por largo rato como desfilaban con los restos
del pan desmigajado. Una de ellas, muy ambiciosa, tomó una miga más grande que
su cuerpo que casi no le permitía caminar. Avanzaron las otras hormigas,
quedándose ella más atrás, pero una muy pequeña que iba sin nada, le ayudó a
llevar la carga que apenas se la podía y así caminaron las dos portando su
alimento. Me habría gustado introducirme en ese mundo de
las hormigas, llegando a casa le preguntaría a papá o cuando empezaran las
clases le preguntaría a mi profesora, será muy interesante saber más de estos
insectos.
LLEGA RAQUEL
La llegada de Raquel a nuestra casa me
alegró mucho, aunque ella era algo mayor que yo, pero creo que mamá Bella hizo
muy bien en traerla con nosotros, ya no estaría tan sola y también podríamos
jugar de vez en cuando, así no viviría de tantas fantasías inventando amigos y
amiguitas que nunca existieron. Sentí deseos
de volver pronto a casa aunque aún no conocía mayormente a Raquel, pero
ya entraríamos en confianza y podríamos ser buenas amigas. Mamá Bella la trajo
con nosotros porque no tenía mamá ni
papá. Ella dice que sufría mucho en el lugar donde estaba, y mamá Bella
contando con su buen corazón le hizo formar parte de nuestra familia. Pero de
pronto me vino una idea horrorosa, pero no... Eso no podría ser, ¿Yo igual que
Raquel? No, eso no... Sería espantoso, porque yo sé que papá es mi papá, y yo
lo adoro tanto, especialmente cuando salimos juntos, debemos compartir el
trabajo, yo con las vacas y él los sembrados, pero a veces le ayudo también en
la siembra, después que él ha preparado la tierra con el arado, hace las
casillas con el azadón, luego va depositando las papas y yo desde atrás las voy
cargando con los pies. Papá dice que eso es un secreto y que mis pies le dan la
buena suerte, y cuando sembramos porotos, él hace las casillas muy por encima
de la tierra y yo voy depositando los granos de maíz, con cuatro granos de
porotos hasta completar así toda la chacra. Generalmente llegamos muy cansados
a casa, mamá Bella siempre nos espera
con algo caliente.
UN CACHORRO
En
todo este quehacer nunca deja de estar con nosotros Jonás, el perro, yo
comparto con él todos mis alimentos, siempre me está pidiendo de todo lo que como, con su mirada humilde y resignada.
Recuerdo que fue un día en pleno verano, veníamos de vuelta del campo y en una
bajada muy pronunciada de uno de los cerros nos encontramos con un hombre que
traía un cachorro en sus brazos, nos detuvo para ofrecernos el perro, miré a papá inquieta, el hombre cobraba cien
pesos, pero papá no llevaba esa cantidad de dinero consigo. Por cierto me entristecí,
de pronto llegaron a un acuerdo,
nosotros teníamos dos gallos y siempre se peleaban entre ellos, el hombre iría
por uno y nosotros nos traeríamos el cachorro. Papá me ayudó a cargarlo un trayecto, yo me cansé
con él en brazos, viniendo desde tan lejos, pero estaba muy feliz, papá y yo le
dimos el nombre de Jonás, creció mucho llegando a ser un perro grande,
obediente e inteligente, él siempre me estaba cuidando.
SE VA EL SOL
Seguí corriendo tomando mariposas y
también langostas, la tarde llegaría pronto y ya estaríamos en casa, me fui a
la sombra de un peral para dejar pasar el tiempo. A veces tanta monotonía me
aburría pero antes debí arrear a la vaca Clávela junto a las otras, ella
siempre estaba saltando cercos dándome más problemas que las otras, como si
quisiera irse lejos, constantemente se apartaba del grupo, sin respetar las
alambradas para ir a potreros vecinos. Cuando las dejé todas juntas, me quedé
allí quieta contemplando el azul del cielo tras la constante danza de las
verdes hojas del peral.
¡Oh! ¡Qué tarde es! Y dónde va el sol
en el horizonte, camino a su escondite, me dije, muy asustada. Corrí hasta mis
animales, pero, qué terrible, Clávela no
estaba, no podría buscarla, se me haría
de noche. Muy afligida regresé sin ella, mientras avanzamos, la vaca Cachos p abajo
me miraba y bramaba como si quisiera consolarme, yo tenía mucho miedo de llegar
con una vaca menos incluyendo a su becerro, eso nunca me había pasado aún,
decidí no contarle a papá, el problema
estaría en la leche, me faltarían unos cuantos litros para entregar en la
mañana siguiente.
Una vez en casa abrí las trancas, aparté
los terneros y guardé las vacas muy rápido, luego me fui a la cocina y muy
contenta saludé a papá y mamá Bella. En la cocina económica la tetera hervía
sin cesar, las cebollas colgaban en un rincón de un alambre y desde una mesa de
esquina se sentía el olor a escabeche de un frasco enorme que duraba todo el
año, yo pensaba maliciosamente, ya sé quien es ella. Compartí las onces con papá
mientras mamá Bella terminaba de hacer un dulce en la cocina revolviéndolo y
revolviéndolo con cuchara de palo en una olleta enorme, yo había terminado mi
pan con queso cuando llegó Raquel, venía del almacén con un paquete de azúcar
para el dulce que le había faltado a mamá Bella. Jonás movía la cola junto a
Raquel mientras ella avanzaba con el paquete dejándolo en la mesa para
compartir el té con nosotros, yo le ofrecí un queque aún caliente, estaban muy
ricos, el gato regalón de papá
ronroneaba en mi falda. Yo tenía prisa por terminar, para jugar con
Raquel y también para buscar alguna pista que me ayudara a encontrar a mi
verdadera madre. Era el secreto más importante de toda mi vida.
Salí con Raquel para ir a jugar,
pero ella hablaba muy poco, se columpio un rato, incómoda arrastrándole los
pies en el suelo por ser más alta que yo. Miré sus trenzas que me parecían tan
raras, yo siempre tuve el pelo largo, y mamá Bella me hacía rizos, pero jamás
trenzas, sus piernas largas me hicieron pensar en una garza. Pronto llamaron a
Raquel y entonces yo me fui al desván a hurgar en los baúles algún indicio de
mamá, no sabía por dónde empezar ni que iba a buscar allí.
EN EL
DESVÁN
En el desván encontré, un sin fin de
cosas entre telarañas y polvo, este
afán me tenía tan absorta que llegué a
olvidar el grave problema de la vaca Clávela. Al abrir el baúl y al presionar
la tapa hacia atrás, hizo un ruido extraño como si le doliera una parte de su
estructura, había en él tantas cosas, paquetes de cartas, una que otra foto,
restos de cosméticos, algunos pedazos de seda, frascos de perfumes vacíos,
peinetas de adorno, una pandereta que no dejó de llamar mi atención, y más al
fondo aún, unas castañuelas que tomé con sumo cuidado dejándolas aparte, pero
más abajo en el baúl un vestido de española, lo extendí y le estuve
contemplando largo rato.
Contemplando ese hermoso vestido
de española pensé tantas cosas a lo mejor mi madre habría llegado de España
trayendo esas prendas tan hermosas, o seguramente no eran de ella, e imaginé a
papá todo vestido de torero en la rueda impresionando a un millar de personas y
en la tribuna mi madre con ese traje aplaudiéndolo o bien papá bailando
flamenco con ella, haciendo sonar las castañuelas; en mis oídos la música española me aturdía en
cierta forma. Cerré el baúl dejando todo adentro y sumergida en mil pensamientos bajé hasta el
columpio, allí estaba papá arreglando el filo de un hacha, nada tenía que ver
él con el vestuario de un español porque siempre usaba su ropa de huaso. Los
días de trabajo diferente, pero para los domingos tenía su traje con faja
tricolor, sombrero alón y manta a telar hecha en seda. Un rato más tarde mamá
Bella también subió al desván, mi corazón palpitó acelerado, porque poco antes
yo había estado allí y decidí seguirla para cerciorarme qué iría a hacer ella
al desván, salté desde el columpio a su encuentro.
¿Voy yo también contigo?
-Sí. Sí, me respondió
cariñosamente.
Vamos, dijo: al mismo tiempo que
me tomaba de una mano y me besaba en la frente. Ascendimos por la escalera de
madera hasta llegar junto a dos baúles viejos y cajas sin ningún valor.
Primero abrió uno que estaba junto a la claraboya, fue
sorprendente porque en ése no había nada, sólo unos restos de ropa apolillada
que servirían para el fuego. Ella movió la cabeza. ¡Exclamando! “Con razón
dicen”. “Que no hay que guardar nada
porque se lo comen las polillas”
Entonces yo le pregunté. ¿Qué busca en
los baúles?
-Busco algo que me sirva para hacerle
un vestido a Raquel, me contestó. Yo pensé en el baúl que antes había abierto
sola buscando algo que me sirviera para indagar la existencia de mamá, pero
preferí no decir nada, temí que mamá Bella se enojara, luego le insinué indicándole el otro, entonces mamá Bella fue
hasta el que le indiqué y empezó a abrirlo.
Ahora yo tendría la oportunidad de
saber de quien era ese vestido de española que seguramente estaría relacionado con mi madre. Ella empezó a sacar
las cosas mirándolas minuciosamente, yo tomé la pandereta haciéndola
sonar. Consideré que eran cosas de mucho
valor para que estuvieran abandonadas ahí, luego hice sonar las castañuelas,
mientras mamá Bella seguía observando todo lo que había encontrado. Ahora tenía
el vestido de española en las manos mirándolo detenidamente, me dio la
impresión que estaba pensando en transformarlo en un bonito vestido para
Raquel. Entonces consideré que ése era el momento preciso para preguntarle por
el origen de esa prenda.
Al hacerle la pregunta ella me miró aún
pensativa y entre dientes me respondió, “De la hermana de Simón” Con esa
respuesta quedé más intrigada que antes. ¿Quién era la hermana de Simón? Y aún
más, ¿Quién era Simón? Ella lo dijo así como si Simón fuera muy conocido o
estuviera muy familiarizado, aunque era la primera vez que escuchaba su nombre.
Ahora mi conflicto sería mayor, porque tendría que investigar quién era Simón.
No quise hacerle más preguntas a mamá
Bella, porque siempre los mayores piensan que los niños quedamos conformes con
las respuestas que ellos nos dan, a veces totalmente improvisadas, pero no se
dan cuenta que algunos niños somos muy discretos. Volvió a guardar todo, incluso la pandereta y las
castañuelas. Bajamos del desván pero mamá Bella seguía con el problema del
vestido de Raquel que pronto
solucionaría de alguna u otra manera. Con todo esto ya había llegado la noche y
la luna estaba en lo alto alumbrando las siluetas de los árboles que adornaban
el patio de la casa, esa casa de campo que yo tanto amaba.
ORDEÑA MILAGROSA
En la mañana siguiente me fui al corral,
saqué primero la vaca cabrita, me había levantado más temprano que nunca con la
intención de ganarle a papá para que no descubriera que me faltaba una vaca.
Primero saqué la leche a la Cabrita, demoré bastante porque yo no tenía mucha
práctica en ordeñar y además siempre era papá el que hacía este trabajo, él
siempre llenaba tres lecheros grandes que después se entregaban al vecindario,
yo no sabía de dónde iba a sacar la leche que me faltaría, pero seguí
presionando las tetas de las vacas con mucha fe. La Cachos p abajo la dejé para
el último. Por su manera de mirarme me dio la impresión que estaba tan
preocupada como yo, pese a que era la que menos leche daba, empecé a ordeñarla
consciente que terminaría pronto y que aún me faltaba más de la mitad del
último lechero, si no lograba llenarlo papá indagaría qué había pasado.
Me faltaba muy poco para que se
llenara el último tiesto, ya no hay más leche con que llenarlo, pensé. Mi
desesperación se acrecentaba, resignada solté el ternero para que se fuera con
la Cachos-PA-bajo, y llevarlas al potrero. Yo estaba muy apesadumbrada, pero la
vaca esquivó al becerro mirándome como si deseara decirme algo. Tomé de nuevo
un balde donde depositaba la leche recién sacada de las vacas, lo dejé en la
parte inferior de sus ubres, me acomodé en un piso de madera y empecé a
presionarle con fuerza las tetas y nuevamente la leche empezó a fluir a borbotones,
mi rostro se tornó alegre y optimista, el tercer lechero quedó hasta el borde,
yo me fui muy feliz arreando mis vacas con sus becerros hasta los potreros.
Papá iría por la leche sin sospechar lo ocurrido, la Cachos-PA-bajo avanzaba
adelante como orgullosa por sacarme de la difícil situación que yo estaba
afrontando, yo pensaba en la vaca Clávela que también exponía al ternero.
Apenas llegamos a los potreros, las
dejé ahí y salí por los cerros de Nahuelbuta en busca de mi vaca perdida,
caminé y caminé hasta muy tarde y no estaba en ninguna parte, nuevamente debí
regresar a casa sólo con cuatro vacas, la cabrita, la cachos p bajo, las dos
vaquillas y los becerros, la suerte me
acompañó pude entrar sin ser vista, cerrar los corrales sin problemas y luego
me fui a comer. Mamá Bella me estaba esperando con alegría y un postre de maicena,
compartí con ella la cena, sin hablar mucho, luego me fui a la cama, totalmente
cansada y abatida.
Debes lavarte los pies, Li- Me dijo
mamá Bella trayéndome un lavatorio con agua y lavándome ella misma. Mientras me
los secaba yo casi me quedé dormida, me
colocó unas zapatillas y me fui a la cama como una sonámbula, no pude pensar en
Simón ni en el vestido de española, ni en mi madre, menos en el vestido de
Raquel; yo diría que me dormí antes de acostarme.
EL
ENCUENTRO
Un día igual que los anteriores,
levantarme más temprano que de costumbre, para que papá no se diera cuenta que
me faltaba la vaca Clávela, igualmente la Cachos p abajo me completó, la porción de leche que me iba a faltar por
la ausencia de la vaca, no sabía cuanto tiempo permanecería con este problema,
pero tenía plena fe en que la vaca perdida volvería de un momento a otro. De todas maneras yo
debía buscarla.
No supe darme cuenta cuanto tiempo
había pasado, pero después de caminar todo el día por los cerros buscándola de
un lado a otro, volví al potrero donde estaban las otras, allí me quedé un rato
descansando de mi agotamiento para luego regresar a casa, cuando de pronto
sentí unos bramidos, corrí hasta la cerca para mirar al valle, sí, justamente
era la vaca Clávela, salté de alegría, di
la vuelta hacia un paso y fui corriendo por ella, la abracé del cogote
tocándole sus cachos, excepcionalmente se dejó acariciar, pero ¿Y el ternero?
¡Tu becerro! Le dije, fuerte e impaciente. Miré nuevamente hacia el valle, la
vaca bajó su cabeza, como si quisiera pedirme perdón, yo ahora sentí mucha
pena, la vaca se volvió en sentido contrario, yo la seguí sin saber a dónde me
llevaba, caminamos un buen trecho acercándonos más y más hasta un barranco,
luego se quedó en el borde bramando, seguramente iríamos por su cría., miré al
fondo del precipicio, sentí un escalofrío, abajo, muy abajo entre peñascos
estaba el becerro inerte, en la altura unos pájaros negros con alas enormes
volaban en círculo. La vaca no quería regresar, debí arrearla hasta el pequeño
ganado, durante la caminata bramaba a intervalos, cuando llegué a casa le di la
mayor ración y la dejé en el mejor establo, juntas lloramos por el becerro.
La Cachos p abajo me miraba desde su
corral, bramando inquieta, dejé a la Clávela y me fui donde ella, pero ésta me
esquivó retrocediendo con fuerza. No me cabía ninguna duda, como siempre fue
ella mi regalona, ahora estaba celosa, yo la había comprendido, me detuve a su
lado para hablarle enérgicamente.
¿”No te da vergüenza”? le dije con aire
autoritario, si tú repusiste su leche que faltó en su ausencia, ella nos hizo
sufrir por haberse ido, pero ¿no te das cuenta que la hemos recuperado? Ella estaba muerta para nosotras y ahora
nuevamente la tenemos aquí, la hemos recuperado le repetí –
¿Acaso no es hermoso su regreso?- ¿No
es bastante que haya perdido a su hijo el becerro? Si tu hijo se fuera, lo
perdieras por un tiempo y de pronto lo recuperaras- ¿-Cómo lo recibirías? La
vaca Cachos p abajo estiró su cabeza hasta el suelo arrimándola hacia mí. Sí, ella había comprendido, ahora debía
decirle a papá lo del ternero, sería algo difícil para mí, pero tendría que
hacerlo.
LA TOMA
DE LAS MANZANAS
La confesión del becerro perdido
fue embarazosa, pero salí de ese mal momento sin dificultades y la vida tornó a
su ritmo cotidiano. A futuro debía tener mucho más cuidado con mis animales. Esa tarde, cuando llegué a casa, mamá Bella
le había hecho el vestido a Raquel de una cortina, pero no estaba en casa en ese momento, había ido a la quinta de la
señora Flandes, quién solía venir todos los veranos desde la capital a pasar
algunos días a su casa de campo y a la vez a cosechar las manzanas, tenía una
enorme quinta y para cosecharla conseguía con los niños vecinos que le ayudaran
a hacerlo, ellos se iban en la mañana muy temprano y la señora Flandes los
esperaba con desayuno que se servían antes de empezar, después se subían a los
árboles por las escalera y llenaban cajones y cajones con fruta, a todos les
pagaba por igual el día de trabajo. Yo estuve muy triste por no haber podido ir
desde la mañana.
Era muy divertido subirse a los
árboles y tomar las manzanas en los canastos, el niño que daba más rendimiento
recibía un premio. El año anterior había cinco premios y yo obtuve el cuarto,
que era una figura de gato, me sentí feliz ese día, otro niño recibió un tambor
y otro una corneta, también un pito,
pero este año yo andaba con los animales en los potreros y no pude venir a la
cosecha de manzanas. Mamá Bella se percató de mi tristeza y me dijo;
-Raquel fue donde la señora Virginia
Flandes, si tú deseas, puedes ir con ella.
Mamá Bella aún no había terminado la
frase cuando yo ya estaba corriendo camino a la quinta, que quedaba a dos
cuadras de nuestra casa. Como el trayecto lo hice corriendo llegue muy cansada,
pero aún los niños estaban trepados en los árboles.
Me acerqué a la señora Flandes que estaba contando los
cajones llenos de fruta, ella llevaba un delantal de cuadrillé azul con un
borde blanco y al medio una cartera bordada, su peinado la hacía resaltar el
verde de sus ojos y calzaba unas zapatillas que le eran muy cómodas.
-Hola Li. Me dijo, te eché de menos
este año.
Yo le sonreí y tomé un canasto, al
mismo tiempo que salí corriendo en dirección a los árboles para recoger las frutas que aún quedaban. Se sentía el
vocerío de los niños que subían y bajaban de los árboles, yo también empecé a
compartir de la fiesta de las manzanas, porque para nosotros era una verdadera
fiesta.
Pronto terminamos y la señora Flandes
nos tenía bajo uno de los parrones una mesa con dulces y chocolates, todos
disfrutamos de los ricos bocados, leche con café chocolate y té y diferentes
dulces; luego después de las onces todos los niños formaron una fila y la
señora Flandes empezó a darles a cada uno lo convenido, yo me quedé en otro
lugar pues había llegado a última hora. Ella me había dicho que me quedara a
compartir las onces con el resto de los niños. Cuando terminó de darle la paga
al último de la fila miró hacia mí y me dijo. -¿Y tú Li? Ven, aquí tienes tu paga.
Yo la miré muy extrañada, me estaba
dando lo mismo que a los demás, entonces otro niño que estaba cerca y había
trabajado todo el día, le dijo.
-No Sra. Flandes, ella llegó recién.
Refiriéndose a mí, pero la Sra. Flandes lo miró y tomándolo de las manos
tiernamente le dijo.
-¿Acaso no te he dado a ti lo justo y
lo convenido?
-Sí, respondió el chico;
-Entonces, ¿Por qué protestas si yo
le pago lo mismo a la pequeña Li? -¿Acaso estás envidioso de Ella? ¿No sabes
que yo puedo dar mi dinero a quien yo quiera, si tú ya tienes lo tuyo?
-El niño no respondió y bajando la
vista asintió con la cabeza dando la
razón a la Sra. Flandes, su cara estaba tan roja como los corales que cubrían
el cerro y entonces yo recibí la paga. Estuve muy agradecida de la Sra. Flandes
y después de tomar once con todos los niños me fui con Raquel a casa muy
contenta.
EN BUSCA
DEL FANTASMA
Una vez en casa tuve la oportunidad
de compartir más con Raquel, nos columpiamos largo rato y después jugamos a la
Caperucita Roja y el lobo, yo hice de Caperucita y ella interpretó al lobo. Me
vestí con un chamanto rojo de mamá Bella, que no usaba desde hacía mucho
tiempo, decía que no era un color adecuado a su edad. Corté unas rosas que
arreglé en una canasta, en el patio había un enorme árbol de boldo para la
sombra, allí dimos vueltas a su alrededor e hicimos el diálogo, yo creo que lo
estaba haciendo muy bien hasta cuando Raquel trató de tomarme con sus inmensas
manos, traté de arrancarme pero no pude desprenderme de ella. Estuvimos jugando
hasta muy tarde bajo el boldo, sin sentir el paso de la noche porque había luna
llena lo que me dio una gran idea; como la noche era similar al día con la luna
llena, yo me levantaría para saber cómo transcurría todo ese tiempo que
nosotros pasábamos durmiendo.
Nos fuimos a la cama, pero yo me
quedé pensando en los fantasmas y cosas que siempre nos contaba mamá Bella en
las interminables noches de invierno.
Trataría de ser lo suficientemente
valiente para llevar a cabo esa hazaña. Raquel se daba vueltas en la cama que
mamá Bella le había arreglado provisoriamente con una payasa, mientras compraba una lana de oveja para
hacerle buenos colchones con la esquila del año y un buen cotí de damasco. La
paja sonaba cada vez que se movía; miré
por la ventana y aún la claridad era sorprendente, salté en silencio y
salí sigilosamente quedándome en medio del patio, sintiendo la brisa en mi
cara. Allí sola, en una enorme paz, pensé nuevamente en mi madre, y de mis ojos
rodaron lágrimas que no pude contener, pero me quedé ahí, si veía algún
fantasma de esos que tanto hablaban, yo no le tendría miedo, los perros
ladraban constantemente, también se sentían croar las ranas y el cantar de los
grillos.
Contaba la gente que a la salida del
poblado, en una quebrada solía salir un fantasma con una cabellera muy larga y
se la peinaba con un peine de oro Caminé hacia la calle por entre los arbustos,
iría a la quebrada para ver si realmente salía ese fantasma.
Estuve en el lugar por mucho rato,
pero no pasó nada, aun así no me daría por vencida y haría lo mismo la noche siguiente hasta descubrirlo
si es que realmente ese fantasma existía.
Ya me venía cuando observé una figura que avanzaba en dirección a mí rápidamente
me oculté entre las ramas, era un hombre con una pala al hombro, de pronto emergió otra figura en la misma
dirección, también traía una pala al hombro, los dos hombres se encontraron ahí
y el que había llegado primero le dijo al otro.
-No me creerá, compadre, pero acabo de
ver el fantasma, se hizo chico ahora.
-¿No le dio miedo? Le manifestó el
otro.
-Qué, ya estoy acostumbrado a estas
cosas.- Respondió el primero.
-Yo me quedé gélida de pavor, pero muy
segura que el fantasma había sido yo, y como andaba en camisa de dormir al
visitante no le cabía ninguna duda de haber visto un fantasma. Seguí oculta muy
tentada de la risa que tuve que contener; para mi sorpresa, los hombres no se
movían del lugar, y muy pronto empezaron a cavar un hoyo.
-Pero, ¿Cree Ud., que aquí está el
entierro?
-Preguntó uno de ellos.
-Aquí tiene que estar, por algo sale su
fantasma. -Yo seguía allí muy preocupada, pues los hombres continuaban en su
trabajo y no podía moverme; decidí arrastrarme por el suelo y así alejarme del
lugar pasando desapercibida de los busca entierro.
Cuando ya me había distanciado un buen
trecho, me levanté y corrí hasta casa. Raquel dormía profundamente, debí
sacar otro camisón pues el mío había
quedado totalmente sucio donde me arrastré por el suelo; los hombres quedaron
allí y nunca supe si realmente habían encontrado un entierro.
Al día siguiente tuve la precaución de
observar el lugar donde habían cavado la tierra y estaba totalmente removida,
solamente yo había sido testigo mudo de lo ocurrido en ese lugar esa noche.
Regresaba de los potreros más
temprano que nunca, papá estaba haciendo una hornilla de barro para hacer el
pan en casa, yo le ayudé a pasar los ladrillos hasta terminarla. Desde su
escondite Jonás nuestro perro observaba participando así de nuestro trabajo. En
la parte baja de la hornilla, papá le dejó una cavidad para guardar la leña.
Raquel y yo nos encargamos de llenar el depósito con palos que papá ya tenía
picados bajo el boldo.
Mamá Bella estaba muy contenta con la
nueva hornilla, guardé el hacha y nuevamente esa noche invité a Raquel a jugar
conmigo al columpio, pero se negó, era evidente, no le gustaban mis juegos,
tenía más edad que yo, decidí correr por entre los árboles como lo hacía
generalmente o acurrucar a mi muñeca Marisol con quien pasaba horas y horas
conversando, ella era la única que nunca se aburría de escucharme todas las
cosas que yo le contaba ni de los cuentos que le inventaba, la envolví en un
chalón y me senté en el columpio, arrullándola le empecé a contar un cuento, se
llama la Máscara.
La Máscara (cuento) (Ana Valdés)
Tomó la peineta pasándola suavemente
por los hermosos cabellos de Anita, la niña miró a su madre a través del espejo
y le sonrió.
Después del baño y muy peinada se veía
como siempre, cuando salía acompañando a su madre en las compras diarias, tan
bonita que toda la gente admiraba su belleza. Sólo su hermano Andrés, un año mayor, se sentía muy triste porque nadie se fijaba en
él.
Un día Andrés fue a una tienda y compró
una máscara muy fea y esa noche, cuando la madre fascinada por la belleza de su
hija dio la oración de buenas noches dejándola dormida, Andrés entró en
silencio a la alcoba de Anita y le colocó la horrible máscara a su hermanita,
saliendo nuevamente, en puntillas del
dormitorio para que la niña no despertara. Cuando él se acostó se sintió muy
feliz ya que esa noche él era el más hermoso de la casa.
Así pasó una semana quizás más tiempo.
Cada noche le colocaba la máscara a su hermana y cada mañana antes que su madre
entrara al dormitorio de la niña se la
quitaba.
Cierto día llegaron al pueblo unos
hombres muy malos y oyeron decir que Anita era la niña más linda que se haya
conocido, entonces decidieron raptarla. Así fue como una noche entraron a la
casa donde vivía Anita con sus padres y su hermano Andrés. Buscaron por todas
las piezas y no encontraron ninguna niña bonita.
-Que extraño... Se dijeron, los
malvados, sólo había un niño y otra niña muy fea con cara de bruja que nos
asustó.... Y se fueron sin deseos de volver nunca más por la casa de Anita así,
gracias a su hermano, se salvó de los malhechores.
__________
Consideré que con este cuento mi muñeca
Marisol ya se había dormido, dejé el columpio y la acomodé al lado de mi cama
en una caja que le servía de cuna, como papá ya se había dormido por el gran
cansancio que le produjo la confección de la hornilla, fui hasta su pieza y le
di un beso en la frente, lo quedé contemplando algunos minutos como dormía
profundamente, Mamá Bella me dejó en mi cama acuñándome la ropa después de
darme también un beso.
______________
Corrí por el camino y seguí
corriendo, pero mientras corría parecía no avanzar entonces me di más impulso
para correr más fuerte sintiendo como si el viento me llevara, quería ir a la
Quebrada del Diablo. Con el viento el pelo se me venía a la frente y no me
permitía ver claramente, los árboles se agitaban en el camino y el viento se
hizo más fuerte produciendo un silbido extraño. Ya estaba llegando a la
quebrada del diablo cuando me embargó el pánico y en ese instante una figura se
deslizó por el sendero con una enorme
cabellera, no pude ver la peineta de oro con la que me decían solía peinarse,
porque mi impresión fue tan grande que sentí me faltaba el aire para respirar.
Sin poder darme cuenta de cosa alguna, mi cuerpo se reducía a la nada, mis ojos
no podían ver, el mundo se me iba, entonces sentí la mano de mamá Bella que me
estrechaba contra su cuerpo. Li, Li, me decía, despierta... ¿Qué te ha pasado? Me miró muy asustada y yo estaba llorando en
forma desconsolada. Cuando me calmé, mamá Bella me arregló la cama, apagó la
vela y me dejó allí nuevamente tratando de continuar con mi sueño. En mis
pensamientos sentí más pánico todavía por haber salido la noche anterior en
busca del fantasma. Si ella lo hubiera sabido yo no sé qué me habría dicho,
pero eso no lo volvería a repetir.
__________
Había encerrado los terneros y las
vacas en sus respectivos corrales, cuando un hombre iba por la calle gritando
con una corneta muy fuerte, el hombre decía:
-¡A las marionetas! -¡A las marionetas
para niños!- ¡A las marionetas para niños y niñas!...Hoy en la plaza... Adultos
veinte y diez los pequeños...
Siguió
repitiendo y su voz se fue apagando poco a poco en las calles adyacentes.
Yo me había detenido a escuchar lo que el hombre decía y corrí a mirarlo pasar
antes que se perdiera de vista, estaba vestido de payaso con unos pantalones
rojos muy anchos y unos enormes zapatos, una chaqueta rayada de azul, un
corbatín negro y su cara totalmente pintada. Me alegré mucho que ese hombre
vestido de payaso pasara por nuestra casa y corrí entre salto y salto hasta
donde estaba mamá Bella que en ese momento hacía unos catutos en piedra, tenía
ya varios terminados.
Trae la miel que está en el mueble de
la cocina- me dijo.
Yo fui por la miel manteniendo el ritmo
de alegría demostrándolo con mis saltos y sonrisa, le entregué el tarro con el
dulce y ella dejó de moler el trigo cocido para colocar dos catutos de los que
ya tenía hechos en un plato, con una cuchara les agregó la miel dejándolos en
la mesa para que me los sirviera. Mientras saboreaba uno, le pregunté por papá.
-Fue a la casa de la Sra. Flandes me
respondió. Había ido desde la mañana para cosechar la miel de las colmenas. Me
serví los catutos y la leche que mamá Bella me tenía en una taza, me limpié con
una servilleta y le pedí permiso para ir donde papá.
Ya
llegará, manifestó; entonces mi alegría se opacó al instante, quedándome en una
silla sin decir nada.
Bueno, bueno exclamó ella anda, anda chiquilla
por tu padre, no quiero que te impacientes.
Yo abandoné la silla en que estaba
sentada y salí corriendo en dirección a la casa de la señora Flandes. Pero al
salir de la cocina justo tropecé con el gato pisándole la cola, éste maulló muy
fuerte, entonces mamá Bella me gritó muy fuerte desde adentro llamándome la
atención.
¡Fíjate más por donde pisas!... Mi
prisa era tan grande que dejé el gato allí sin hacerle caso.
La señora Flandes, o la señora
Virginia, que cortaba unas rosas en ese momento, al verme llegar vino a mi
encuentro, traía en una mano la tijera de podar y en la otra las rosas, me besó
en la cara y con una sonrisa me dijo: hola Pequeña Li. ¿Vienes por tu papá?
Como yo tenía mucha confianza con ella
correspondí su sonrisa, contestándole al instante.
Sí, sí, señora Virginia. En cambio con
otras personas me era muy difícil
entablar un diálogo y cuando estaba frente a ellas no sabía qué hacer,
me molestaban las manos que no sabía donde ponerlas, o el pelo, o de nervios me
daba romadizo, o la boca se me llenaba de saliva, pero entre la Sra. Flandes y
yo existía una gran simpatía.
Bueno, si vienes por tu papá, ve a
buscarlo, que ya está terminando de cosechar la miel,- me dijo: Entrando a la
cocina de su casa.
Entonces fui hasta
el colmenar. Efectivamente papá ya había terminado de cosechar una gran parte
de los cajones, tapó el último cajón de abejas, movió una rama para espantar las abejas
alborotadas, que estaban muy bravas, yo lo miré desde lejos, él dejó todo en
orden y vino a mi encuentro, aún falta más de la mitad del colmenar para cosechar, me dijo; pero eso
lo dejaré para otro día, terminó manifestando.
Jonás
mi perro que nunca se separaba de mí, movía la cola y saltaba a nuestro
alrededor, y como la Sra. Flandes no tenía ningún perro no protestaba porque yo
llevaba el mío. Papá fue hasta ella para que le cancelara
el trabajo.
-Yo regreso mañana a Santiago de
Chile, dijo ella, pero estoy nuevamente acá en quince días más, entonces ahí me
puede Ud. cosechar los cajones de abejas que faltan, terminó diciendo la señora
Virginia
- En la sala de cosecha quedaron los
tambores llenos y los vacíos están listos para la próxima centrifugación. Le
respondió papá. Caminaron juntos hasta el jardín donde yo esperaba a papá.
-¿Sabes
Li? me dijo, volveré con mi nieta
Carolina. Yo me sonreí, no le contesté nada, no se me ocurrió algo en ese
momento; una “nieta” pensé, “debe ser muy pesada como todas esas niñas
engreídas de la ciudad” Nos despedimos con mucho cariño de la simpática señora
Flandes, encaminándonos a casa
En el regreso a nuestro hogar papá me
manifestó, -Me faltaron las colmenas de la quinta de los Naranjos pero lo haré cuando la Sra. Flandes regrese y vendrá con su nieta, terminó diciendo,
luego se sonrió.
LAS MARIONETAS
En ese momento no supe que pensar,
la presencia del payaso con su corneta en la calle me distrajo, una veintena de
niños lo seguía saltando a su alrededor, yo que iba tomada de la mano de papá
inconscientemente empecé también a saltar contagiándome con la alegría de los
demás, papá me miró muerto de la risa, pero yo seguía saltando, llegamos a casa
y mi alegre inquietud hizo suponer a papá mi deseo de ir a ver las marionetas.
Las Marionetas se habían instalado
en la plaza con una pequeña carpa y una cortina verde separaba al público del
proscenio, un hombre gordo vestido de negro con camisa blanca, corbatín
negro y unos zapatos también negros con
la punta blanca, tocaba un enorme tambor, y otro hombre tenía unos platillos
que los hacía sonar dando uno contra el otro. Un tercer hombre vestido de la
misma manera que el hombre del tambor, soplaba una corneta, él de los platillos
estaba vestido de rojo, y a la entrada de la carpa había unas niñas con unos trajes de bailarinas y en una
bandeja ofrecían toda clase de confites, papá me compró un chocolate con forma
de un pez, otro niño que venía al lado
de nosotros compró un chocolate con forma de elefante. Yo no quería
comerme el pez porque deseaba guardarlo, pero le comí la cola y estaba tan rico
que no me di cuenta cuando sólo le quedaba la cabeza, lo miré y sentí que el
pez también me miraba, lo envolví de nuevo, pero muy pronto lo desenvolví y no
pude contener el deseo de comérmelo.
Los niños iban de un lado a otro
ubicándose en sus asientos, nosotros nos habíamos instalado en la tercera fila.
Los músicos seguían tocando sus instrumentos,
cuyos sonidos se confundían con el gran vocerío de la multitud que entraba y
salía.
.
La banda dejó de tocar y se abrió la
cortina pequeña, todos aplaudimos,
algunos gritaron de alegría y otros hasta zapatearon, empezó el espectáculo apareciendo
la primera marioneta, hubo un silencio total, para escuchar el diálogo.
Caperucita Roja hizo su reverencia, escuchando a la primera marioneta que hacía
de mamá, luego salió el lobo y todos los niños volvieron a gritar protestando
contra el lobo.
Transcurrida la presentación, todos
muy fascinados por el espectáculo, salió una cuarta marioneta que era la
abuelita, cuando el lobo se comió a Caperucita Roja con la abuelita, estábamos
muy tristes, pero al final apareció otra marioneta que era el cazador y mató al
muñeco con cara de lobo.
-Huf...huy gritaron los niños- y
todos aplaudimos. Algunos nos levantamos de nuestros asientos, apareció
Caperucita y la abuelita, seguíamos aplaudiendo, que se repita, dijeron los
niños, ¡Que se repita! Gritaban eufóricos. Cuando ya habían cerrado la cortinita,
nuevamente se abrió y aparecieron todos
los muñecos haciendo reverencias y el lobo abría su enorme hocico, Cansados de
aplaudir empezamos a salir comentando la representación, papá no se entretuvo mucho con la función,
para mí fue algo realmente hermoso, regresé a casa pensando en ese cuento tan
extraordinario, Caperucita Roja y el lobo feroz.
Caperucita
Roja cuyo autor el escritor Francés
nacido en París 1628/1703 Charles
Perrault, es además autor de los
cuentos infantiles el Gato con
botas, Piel de asno, Barba Azul, La cenicienta, Pulgarcito, La bella y la
bestia. Estas son fábulas famosas conocidas en
todo el mundo que los niños han sabido disfrutar.
A
LOS BOLDOS
La claridad del día me daba
fuertemente en la cara, despertándome asustada me coloqué mis zapatos y el
vestido apresuradamente. El sol había salido hacía mucho rato, mamá Bella tenía
pan caliente en la cocina y tomaba su mate a orillas de un brasero, me lavé la
cara y temerosa por haberme quedado dormida corrí al establo, papá había
llenado los tres lecheros y los terneros estaban sueltos junto a las vacas.
Para mí fue sorprendente que no
me llamaran la atención, por mi retraso, papá colocó la tapa a uno de los
lecheros y nos fuimos a tomar desayuno, parece que el pan amasado estaba más
rico que nunca, Jonás compartió también con nosotros y papá mantuvo a su gato
en las rodillas, Raquel había ido a entregar la leche. De pronto el papá dijo.
-Hay que llevar una vaquilla con
su cría a Los Boldos. -Los Boldos, repetí. Tuve la intención de protestar, y
rebelarme, no, no puede ser, ir yo tan lejos, si es una legua. Pero guardé
silencio, y pensé “Si papá me pide que camine una legua, caminaré dos”.
Salimos juntos con los animales,
papá se quedó en los potreros donde yo los cuidaba todos los días, y sola seguí
con la vaquilla hacia Los Boldos. Papá me dijo que tomara el camino del valle,
porque existían dos caminos, uno del valle era más largo, y el otro de la
rivera, era mucho más corto pero muy inseguro porque estaba cortado en algunas
partes e iba al borde de un precipicio.
-Bueno, me dije. Siempre dicen que
el camino más largo es el más seguro. Arrié la vaca con su becerro, y me fui
camino adentro seguida por mi perro, debí pasar por los mismos lugares que
anduve cuando buscaba a Clávela, y nuevamente vi una cabaña, que antes no le di
importancia por lo afligida que me encontraba por la pérdida de la vaca, pero
ahora me llamó la atención al verla por segunda vez. No sabía si viviría
alguien allí. Aunque pasé muy cerca no pude ver nada, a mi regreso, después de
entregar la vaquilla, investigaría más sobre esa cabaña que estaba casi oculta
entre los árboles que impedían verla desde el camino, había que mirar muy
detenidamente ubicándose en un determinado y reducido ángulo para poder
descubrirla, a mí me pareció novedosa, más bien dicho, misteriosa, yo pensé
¿Viviría alguna Bruja allí? No, eso no, porque yendo por el otro camino en una
casa también solitaria vivía una anciana y toda la gente decía que era una
Bruja, mamá Bella siempre me recomendaba que no me acercara a ese lugar yo
sentía mucho miedo al hablar de ella.
Para llegar a Los Boldos había que
pasar tres puentes de madera y recién había llegado al primero.
Sintiéndome enormemente cansada me
senté bajo un sauce a orillas del estero que pasaba bajo el puente, la vaquilla
y el becerro bebieron del agua que corría limpia y fresca, Jonás con su lengua
afuera empezó a escarbar con sus patas traseras y también bebió el agua del
fresco manantial. Busqué un lugar cómodo en el que me recosté un rato para
descansar, pero de pronto no me di cuenta cómo me embargó el sueño y empecé a
soñar.
LA MÁSCARA
DE LOBO (cuento)
Estaba frente a dos caminos, uno era
angosto y muy largo, el otro ancho y corto, yo tomé el más corto y de pronto,
mientras avanzaba, a mi encuentro salía un niño con una máscara de lobo, pero
en ese instante yo era una marioneta, y el niño con cara de lobo tomó mis hilos
y empezó a correr arrastrándome por la tierra del camino. Entonces yo gritaba y
gritaba y el malvado seguía corriendo hasta llegar a un puente. Allí justo al
centro de ése puente se detuvo, me colocó en el entablado, levantó mis hilos
y empezó a hacerme bailar, tirando un
hilo y el otro y otro y yo obligada a mover mis pies, una mano, la cabeza, el
otro pie, la otra mano. Mi respiración
era cansada, pero el niño con su máscara de lobo reflejando una sonrisa
burlesca seguía jugando y divirtiéndose con mi danza forzada, ya no me podía ni
mis brazos ni mis piernas y mi cabeza también se tumbaba, pero los hilos me
tiraban provocándome nuevos movimientos.
Ya no podía respirar ni sentía mi
cuerpo, más el travieso niño dejó de
presionar los hilos dejándome exánime en el entablado. Pero nuevamente tiró mis
hilos ahora para sumergirme en el estero que pasaba bajo el puente, yo en el
agua conteniendo la respiración, me sacó para sumergirme de nuevo con más
fuerza. Desesperada convertida en una marioneta de trapo, zambulléndome una y
otra vez en el riachuelo conteniendo la respiración y el malvado niño con cara
de lobo jactándose de su osadía, impávido frente a mi desesperación. Luego, me
acerqué a él en un momento de valentía, no sé de donde saqué coraje, al
acercarme sentí su cuerpo peludo en mi cara. Abrí los ojos dando un grito
sintiendo aún ese cuerpo peludo junto a mí, Jonás. Jonás ¡Era Jonás! Que ya
estaba impaciente por haberme quedado dormida tanto tiempo. ¡Solo fue un sueño!
Tomé mi varilla, arrié la vaca con la
cría que estaba ramoneando unos arbustos, y seguimos el viaje. Pensando en las
marionetas del día anterior que tan impresionada me habían dejado, no debía de
haber tenido ese sueño tan horrible, no me supe dar cuenta porqué el pánico se
estaba apoderando de mí, me miré en el riachuelo, que corría a nuestro lado
derecho en sentido contrario dejando un susurro del correr del agua, vi allí mi
rostro y el reflejo de una rana, que se movía con el peso de un pequeño
insecto. Un matapiojos pasó en ese instante rozando mi cabellera.
EL NIÑO
MENTIROSO (cuento)
Recordé el cuento del niño
mentiroso.
Era tan mentiroso que una vez quiso
esconderse de sus propias mentiras y fue a un río para ocultar su rostro bajo
el agua, porque sabía que pronto lo descubrirían en todas sus falsedades.
Cuando estaba con la cabeza bajo el agua, pasó un sapo y le preguntó.
¿Quién eres? ¿Que nunca te había visto? Entonces el niño,
jactándose de sus travesuras, le respondió al sapo haciendo su voz muy ronca.
Yo soy la rana más grande que tú
hayas visto. Sí, sí, te creo, dijo el sapo atemorizado, y escapó
precipitadamente de aquel lugar.
El niño aún con la cabeza en el agua
se rió del engaño que había hecho, pero cuando sacó su cabeza a la superficie y
vio el rostro reflejado en el río, gritó de espanto al ver que su cara se había
transformado en una enorme rana.
Salió corriendo despavorido hacia el
bosque, croando desesperado, ya no podría decir más mentiras, y un día cansado
de comer insectos y andar de charco en charco, internándose cada vez más en el
bosque se sentó junto a un riachuelo a llorar de pena por haber sido tan
mentiroso. Entonces pasó nuevamente un sapo quien consternado por el llanto del
niño con cara de rana le preguntó.
¿Quién eres y por qué lloras?
Entre sollozos le contestó. -Yo soy un
niño muy mentiroso y lloro, porque por haber mentido tanto, mi rostro se ha
transformado en rana pero estoy muy arrepentido y no volveré a mentir, dijo el
niño y siguió llorando.
Entonces el sapo lo felicitó por
haberse arrepentido.
-Yo me alegro que seas un niño bueno
exclamó el sapo siguiendo su camino.
El pobre niño cansado de llorar abrió
sus ojos para seguir vagando por el bosque pero inconscientemente vio su rostro
reflejado en el agua, sintiendo una gran alegría, se tocó la cara aún incrédula
de lo que había visto. Era su rostro de antes, de un niño bueno. Entonces
corrió a su casa lleno de felicitad, abrazó a sus padres que tanto habían
sufrido por su ausencia, y les prometió que nunca más iba a mentir.
CAMINO A
LOS BOLDOS
Sentí mucha pena y alegría a la vez por
el cuento del niño mentiroso, pero seguí mi camino con la vaca, el perro y el
ternero, nuevamente pensé en mi madre y también tenía que saber quien era
Simón: se lo preguntaría a papá a mi regreso. Sumida en mis pensamientos llegué
al segundo puente, no quise detenerme para no retrasarme, pero me gustaban
mucho los puentes, y ver correr el agua arrastrando a veces una hoja o una
astilla, y los árboles inclinados como si desearan zambullirse en las
cristalinas aguas.
Cuando llegué por fin al tercer puente
que correspondía a Los Boldos o sea la casa de los Guíñez, di un suspiro de
alivio. Un ganso me persiguió como si quisiera morderme, el pánico se apoderó
de mí pero activé la varilla y se
escabulló entre las otras aves.
El ternero empezó a bramar y la vaca
lo lamió como un gesto de madre, luego la vaca también bramó. Al bramido los
perros de la casa empezaron a ladrar amenazadora recibiendo la respuesta de mi
perro, yo me quedé, en el puente esperando que alguien nos recibiera. La Sra.
Mercedes dueña de casa, salió a mi encuentro, espantando a los perros y gansos
que por no conocerme querían atacarme, no solo a mí sino también a Jonás a la
vaca y al ternero. Entregué la vaquilla con el ternero y me senté en un piso
que me ofreció la señora para que
descansara, Jonás seguía respirando
fuerte echado a mi lado, sin haber dejado de tomar agua junto a los vacunos,
del estero que atravesaba el patio de los Guiñes.
El dueño de casa, Don Victoriano, llegó
en ese momento y mandó a su hijo Víctor llevar la vaca y el becerro al corral,
su esposa me invitó a la cocina para saborear un queso hecho en su casa y una
rica tortilla al rescoldo, yo acepté con la intención de descansar, ya que la
larga caminata me había cansado mucho, después salí al patio y observé a los
patos y los gansos que nadaban en el chorrillo que pasaba por el frente de la
casa, pensé en mi regreso que sería nuevamente una larga caminata, pero se me
haría más fácil porque ahora tendría que bajar los cerros y no subir como lo
acababa de hacer.
LA CABAÑA
EN EL CAMINO
Quería regresar pronto, entonces me
despedí de la señora Mercedes y Don Victoriano. Su hijo Víctor, que tenía más o
menos mi edad, aún no había regresado del corral donde tuvo que ir a dejar la
vaca con la cría, miré al pequeño Marco que reí en brazos de su madre porque
todavía no aprendía a andar, dije adiós nuevamente mientras me alejaba.
Seguida de Jonás, atravesé el mismo puente
por donde habíamos venido saltando y corriendo, no me di cuenta cuando estuve
casi encima de la cabaña que antes había descubierto, me senté bajo un pino
para descansar un poco, luego caminé en dirección a ella. Cuando estuve frente
a la puerta, ésta se abrió de improviso y de ella salió un anciano, cuya
reacción fue familiar como si me hubiera
estado esperando, yo me sorprendí pero él con mucha dulzura me saludó
diciéndome:
Hola Li,
Buenos días, Señor. -Le respondí-
¿Que buscas? -Me preguntó. Le conté
haber ido a dejar una vaquilla con su becerro, que papá había vendido a la
familia Guíñez, de Los Boldos, a una legua de distancia desde mi casa.
Está bien eso. Contestó el hombre, su
rostro era blanco y resplandeciente.
¿Quieres pasar? -Me dijo: No, le
respondí. Recordé que mamá Bella me prohibía pasar a otra parte sin su permiso,
pero Jonás se introdujo en la cabaña olfateando todo lo que estaba a su
alcance.
Jonás. Jonás, lo llamé. El anciano me
miró extrañado, preguntándome:
-¿Jonás se llama tu perro?
-Sí, le respondí, mi perro se llama
Jonás y me sentí muy satisfecha. El can se echó
mirando al anciano y luego me miró a .mí,
Moviendo la cola
como si entendiera que era de él que estábamos hablando.
-Yo le elegí ese nombre, terminé
diciéndole.
-¿Y de donde lo sacaste? - ¿Al perro?
-No, el nombre. - Yo lo escuché en alguna parte, pero no recuerdo. Le respondí.
-Sí. Sí. Dijo el hombre pensativo,
tomándose su canosa barbilla con la mano derecha y el codo de la misma mano con
la otra.
¿Sabes quien era Jonás? Me preguntó.
-No. No sé quien era Jonás, le
contesté.
-Es una historia larga.- Continuó
diciendo el viejo.
-Yo. Sólo podría resumírtela para que
sepas quien fue Jonás.
-Cuénteme. Cuénteme. - Le insistí. El
anciano trajo un piso para él y otro para mí, nos sentamos fuera de la cabaña
bajo un pino, Jonás continuó echado a mi lado como si deseara escuchar la
historia, el hombre empezó a lijar un pequeño trozo de madera acomodándose en
su asiento, en un tono pensativo continuó diciendo. Yo esperaba impaciente que
él contara la historia de Jonás y me acomodaba también en el piso.
-Jonás, empezó diciendo. Fue enviado a la ciudad de Nínive por Jehová
porque en esa ciudad había mucha maldad, pero Jonás huyó a la ciudad de Tarsis
y desde allí fue a Jope y halló una
nave. Pagando su pasaje entró en ella para irse con la tripulación lejos de la
presencia de Jehová, pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar y hubo
en el mare una tempestad tan grande que pensaron que la nave se partiría en
dos, los marineros tuvieron mucho miedo. Llamando a su Dios, echando a la mar
todos los enseres que tenían en la nave para descargarla de ellos, pero Jonás
se había ido a la parte baja de la nave echándose a dormir, el capitán de la
nave se acercó y le dijo:
-¿Qué tienes, dormilón? Levántate
y llama a tu Dios, quizás él tendrá compasión de nosotros y nos salvará de un
naufragio, Y los tripulantes echaron suerte para saber por causa de quién les
había venido ese mal, y la suerte cayó sobre Jonás, entonces ellos le dijeron.
-Dinos ahora por qué ha venido este mal. Entonces él respondió.
-Soy hebreo y temo a Jehová, Dios de los cielos que hizo el mar y la
tierra.
-¿Y, Qué haremos contigo para que el mar se aquiete? Porque el mar se
iba embraveciendo cada vez más y más. - Entonces Jonás les respondió.
Tomadme y echadme a la mar y el mar se os aquietará, porque yo sé que
por mi causa, - dijo Jonás, ha venido esta gran tempestad sobre todos ustedes.
Los hombres trabajaron por hacer volver la nave a tierra, mas no pudieron,
porque el mar se iba embraveciendo más y más contra ellos, luego clamaron al
Señor no perecer por la vida de un hombre y tomando a Jonás lo echaron a la
mar, y el mar se aquietó de su furor.
El anciano guardó silencio después
de contarme toda esta historia, pero yo
me quedé pensando muy triste y tímidamente le pregunté.
-¿Murió el hombre que fue lanzado a
las aguas del mar? El anciano respiró profundo con la vista fija en la figura
de madera que estaba lijando, y sabiamente me dijo.
-Espera buena niña, espera, y
continuó.
El
Señor tenía preparado para Jonás un gran pez que se lo tragó y éste pasó tres
días y tres noches dentro del vientre del pez, entonces Jonás desesperado clamó
al Señor por su vida y clamó tanto que el Señor ordenó al pez lo vomitara en
tierra y Jonás fue a Nínive a salvar la ciudad.
-Es una historia muy linda. Le dije
al anciano.
-¿Y tú que sabes? -Me preguntó, Yo
sé algunos cuentos, le respondí. Entonces nárrame uno de tus cuentos, me dijo:
muy entusiasmado, dejando la figurilla de madera a un lado para sobarse las
manos, se tomó la barbilla, mirándome con una sonrisa, yo también sonreí y
empecé a contarle el cuento de la Rata imprudente.
LA RATA
IMPRUDENTE. (Cuento)
En una mansión había una rata
imprudente que hacía muchos destrozos en la despensa. La señora dueña de dicha
mansión estaba muy desesperada por todos los daños que la rata le estaba
provocando. Entonces fue a una ferretería a comprar una trampa, esa misma noche
la armó prolijamente con un pedazo de
queso y la dejó en un lugar estratégico,
se fue a dormir con la esperanza que esa noche terminaría con la golosa rata. Entre tanto, la
hábil roedora salió de su escondite y viendo el pedazo de queso
muy tentador a su olfato quiso cogerlo,
pero sorpresivamente una inteligente intuición
la detuvo, entonces buscó un palito el que dejó caer bruscamente en la trampa, al instante
ésta se cerró de golpe dejando el palo
aprisionado y el queso a disposición del astuto roedor, que rápidamente lo
saboreó con sus dientes.
La señora al percatarse que había sido
burlada por la rata, entró en cólera y desesperada se empezó a pasear por toda la casa de un lado a otro,
sin saber qué medidas tomar para terminar con esa rata imprudente, pero de pronto
alguien llamó a la puerta y un gato de muy feo aspecto apareció ante sus ojos.
-¿Qué deseas, buen gato? - Le preguntó
la señora, y el animal suplicante le dijo.
-Buena señora, apiádate de mí y dame
trabajo por un techo donde vivir y un pan que comer. La buena mujer lo
miró preguntándole.
-¿Cómo has tenido la inteligencia para
llamar a mi puerta?
-Bueno
señora, contestó el gato. He llamado a tu puerta porque: “El que busca
encuentra, el que pide recibe y el que llama le abren”.
Entonces la señora exclamó horrorizada
-¡Pero si estás tiñoso!
-La mugre por fuera se puede lavar, mas
la que llevamos dentro no, respondió el gato con arrogancia. Mira mi corazón.
-Siguió diciendo. Buena señora, y verás que está limpio.
La mujer con el diálogo había olvidado
su problema, pero de pronto volvió a su mente esa Rata imprudente, a la que no
había podido combatir y que tantos destrozos le había ocasionado en la
despensa.
-Bueno, le respondió la señora al gato.
Te dejaré en mi casa, siempre que me caces una rata malvada que no puedo
eliminar, caso contrario tendrás que irte.
-Mi buena señora. Exclamó el gato. Haré
lo que tú me ordenes. El felino entró en la mansión y la servidumbre le ofreció
los mejores manjares y una excelente cama y comió hasta hartarse, quedándose
profundamente dormido. Esa noche la rata salió de su escondite como de
costumbre e hizo los mismos destrozos de siempre. El pobre gato cansado de su
larga caminata que había hecho, hambriento y débil dormía y dormía.
Al día siguiente, la señora lo fue a
ver y lo encontró durmiendo profundamente. ¡Gato flojo y dormilón! Exclamó irritada: el pobre animal abrió sus
ojos muy asustado, levantándose de un salto.
-¡Señora! -Exclamó el animal, -¿Acaso
no sabe que la ira es mala?-
-Qué hablas tú, gato mentiroso, le
dijo la señora Indignada, siguiéndolo
con una escoba por toda la casa.
- ¡Perdóneme buena señora! Suplicaba el
gato. Esta noche yo le cazaré esa rata.
La señora contuvo su ira y nuevamente
le dio una excelente comida confiando que esa noche el gato cazaría la rata:
Nuevamente el felino comió hasta hartarse, siendo presa fácil del señor sueño.
El roedor nuevamente salió de su escondite sin hacer caso del gato dormilón,
haciendo tantos destrozos como la noche anterior.
Al otro día la indignación de la
señora fue aún mayor, y el susto del pobre felino también fue más grande, con
más humildad le pidió perdón nuevamente, prometiéndole que esa noche sí que
cazaría a la rata.
Pero ya te perdoné ayer. Le dijo la
señora.
El gato respondió.-¿Acaso no sabe que
hay que perdonar setenta veces siete?- La buena mujer le dio una última
oportunidad al hambriento animal, éste muy desesperado por no haber podido
cumplir con su trabajo decidió no comer nada durante ese día, y se fue al
entretecho a dormir para hacerle la guardia en la noche a la imprudente rata,
la que, muy confiada, sin hacer caso del felino dormilón, salió de su escondite
apenas llegó la noche para hacer los mismos
destrozos que de costumbre.
Ahora el felino estaba al acecho, y
la rata no había dado ni dos pasos cuando el gato ¡pum!, ¡pum! de un salto se
lanzó sobre el roedor dándole muerte al instante, la agarró por el cuello y
arrastrándola con su inmensa cola fue donde su ama, para presentarle su
trabajo.
La buena mujer estuvo muy contenta
por la caza de la rata imprudente. Felicitó al gato y éste vivió allí para siempre
muy feliz y nunca más hubo destrozos en la mansión.
EL ANCIANO
SE DESPIDE
Una vez que terminé de contar el
cuento, el anciano se sonrió, diciéndome que era un cuento muy bonito.
Yo me levanté de mi asiento haciendo él lo
mismo, caminamos hasta el sendero y Jonás nos siguió acompañándome hasta una
curva del camino. El anciano se despidió regresando a paso lento hasta su
cabaña, yo seguí corriendo por un camino
polvoriento seguida por mi perro. El
encuentro con ese anciano me dejó pensativa y feliz, no sabía yo explicarme por
qué en él encontraba algo tan especial, llegué a casa pero no quise contarle a
mamá Bella lo de la cabaña, por ese momento sería un secreto, mi secreto, que más
adelante compartiría con mamá Bella.
Cuando pasé por la pieza grande que
hacía las veces de comedor y que nunca se usaba, sobre el armario colgaba un
cuadro de tamaño regular, resguardando una foto de un señor con bigotes y el
pelo peinado hacia atrás, siempre lo había visto pero nunca me había detenido a
observarlo, lo miré y luego le pregunté a mamá bella que en ese momento pasaba
con una porcelana para guardar en el mueble.
-¿Quién es ese señor que está en la
foto?- Ella me miró sin deseos de responder, entonces yo repetí la pregunta, me
miró diciéndome.
-Simón, ese es Simón... Repitió
- O sea ¿El es el hermano de la dueña
del vestido español? --Pregunté.
-Sí, hermano de Sara repitió mamá Bella, saliendo de la pieza.
Ya había descubierto algo, pero, qué
tenía que ver con nosotros don Simón, por qué su foto estaba ahí, di un par de
vueltas y me fui a la cama: como la mayor parte de las veces estaba tan cansada
que no pude jugar con mi muñeca Marisol, tampoco pensé en esas historias de
fantasmas, ni en cuentos de animales o niños traviesos, no supe donde había
dejado mi muñeca Marisol, pero ya no podía pensar más, el sueño me atrapó en el inconsciente.
EL POZO OBSCURO
Papá había ordeñado las vacas y habíamos
tomado el desayuno, yo estaba lista para partir a los potreros cuando vi en un
montón de paja las piernas de mi muñeca Marisol, corrí a buscarla y al
levantarla sentí un fuerte dolor en mi pecho, la tomé en mis brazos y no pude
contener el llanto, su cabeza estaba sin pelo, algún perro malvado jugó toda la
noche y le arrancó su cabellera, Jonás no podía haber sido, lloré, largo rato y
me fui por el camino muy triste, arriando mis vacas.
En uno de los sembrados de trigo había
un espantapájaros que me pareció tan triste como yo, lo miré y sentí mucha
lástima por él, tan pobre allí atado a un palo moviéndose todo el día entre sus
harapos para ahuyentar a los pájaros que querían comerse el trigo, me
habría gustado hablar con él pero debía
llegar luego al potrero: sentí mucha pena dejarlo allí y pensé en volver otro
día.
Mientras las vacas pastaban dejé pasar el
día jugando como de costumbre y fui a mirar a un pozo que estaba sin agua, pero
apenas me asomé salieron volando de adentro del pozo unos murciélagos que se
asustaron de mi presencia, dándome a mí un enorme pavor. Después de un lapso
miré al fondo que se veía totalmente
oscuro, saliendo de él un último murciélago que pasó rozando mí pelo dándome
otro sobresalto. Esto me hizo recordar un cuento “El niño y los murciélagos”
EL NIÑO Y LOS
MURCIÉLAGOS (cuento)
Un niño no quería ir a acostarse cuando la mamá le
ordenó. El siguió jugando hasta llegada la noche y vinieron muchos murciélagos,
que lo tomaron de los pies y llevándoselo a volar por los cielos, el niño
estaba muy asustado entre esos horribles pájaros negros.
Cuando volaron muy alto el pobre niño pensó que lo soltarían y caería. Y
su cuerpo se podría dañar seriamente con el golpe, pero no fue así los
Murciélagos dieron muchas vueltas por el cielo columpiando de un lado a otro al
asustado niño.
Este estaba casi muerto de miedo
deseoso de acostarse a dormir, pero después que los pájaros dieron muchas
vueltas con el pequeño lo dejaron en un gran salón, lleno de luces de colores,
las paredes eran piedras preciosas, al centro había una mujer muy hermosa y una
luz resplandecía de todo su cuerpo, envuelta en finas sedas que también daban
visos de todos colores. El niño allí
tirado en el piso lloraba desconsolado, Entonces la mujer se acercó a él
acariciando su cabeza, con una voz dulce y
amable le preguntó.
¿Por qué
lloras pequeño niño? El en sollozos apenas pudo decir solamente ¡los
murciélagos! ¡Ah! respondió ella, los murciélagos te han traído porque pensaron
que estabas perdido, ya que cuando ellos salen a jugar no hay niños por ninguna parte, a esa hora
todos duermen.
El niño lloraba y lloraba. No,
respondió, yo no estaba perdido, sólo fui desobediente porque mamá me ordenó ir a la cama y yo no
hice caso.
Bueno yo soy la reina de las aves
nocturnas, y vivimos en cavernas, hay muchas aves nocturnas que son muy útiles
pero los murciélagos no son aves ellos son animales que vuelan y son mamíferos,
tienen muy buen corazón, por eso te han traído aquí. Estos animalitos son muy
especiales no le hacen daño a nadie, te protegen de los insectos. Cuando la
Dama estaba hablando entró un pájaro mucho más grande con unos tremendos ojos,
al ver que el niño estaba asustado, le dijo no te asuste esta es una lechuza,
tendió su mano y el pájaro se posó en
ella, Cuando el niño ya estaba tranquilo, ordenó a los murciélagos que lo
devolvieran a su casa.
Nuevamente lo tomaron y emprendieron el
vuelo después de despedirse de la hermosa mujer, pasaron por un túnel
totalmente oscuro, hasta salir a la superficie. Una vez que lo dejaron en
tierra firme, el niño deseoso de acostarse a dormir, corrió a la cama y nunca
más se quedó hasta tarde jugando, También le perdió el miedo a los Murciélagos
sabiendo que no eran malvados y que jamás le harían algo, pero todos los niños
deben ser obedientes, eso le quedó muy claro.
EL PUERCO
AMARRADO
Cansada de mirar el pozo y pensar en
los murciélagos jugué en la tierra haciendo figuras con un palito, mis manos me
quedaron totalmente sucias pero yo tenía que entretenerme en algo.
De pronto un ruido me llamó la atención
y miré hacia una mata de quilas, un pequeño chancho estaba pastando, me acerqué
y no atinó a arrancar porque estaba atado a un arbusto; lo toqué en el lomo y le hablé, el pequeño
animal sólo decía. “oh, oh” como al medio día
debía llevar las vacas a beber agua a un riachuelo que pasaba
cerca, pensé en llevar también al chanchito,
sintiendo un gran cariño hacia ese animal. Toda la mañana me entretuve con él,
como pastaba lo cambié de lugar, y apenas fue hora para ir al riachuelo, arrié
las vacas, desaté al puerco y lo llevé atado al cordel, me daba la impresión de
que este nuevo amigo que acababa de encontrar me entendía y le gustaba estar
conmigo.
Después que todos tomaron agua
volvimos al potrero y jugamos toda la tarde hasta que regresé a casa, sentí
mucha pena tener que dejarlo allí solo pero no era mío debía dejarlo amarrado
en la mata de quila donde lo había encontrado.
Como de costumbre pasé por la quinta
de la señora Flandes, estaba todo
cerrado, ni siquiera se veía el cuidador, Don Dionisio, un viejo que vivía ahí
desde hacía mucho tiempo y ocupaba una pieza al fondo de la propiedad. Sentí nostalgia
que no estuviera la señora Flandes, ya
regresaría de Santiago, y ahora vendría con su nieta.
¿Cómo sería la nieta? Eso era un misterio
para mí. Deseaba conocerla pero también sentía una inquietud indescriptible sabiendo que sería una niña muy diferente.
Seguía caminando y al dar la vuelta
en la esquina para llegar a mi casa, en la puerta habían dos policías conversando con mamá
Bella, no les di importancia al principio pero cuando llegué hasta ellos me
miraron muy enojados y la mirada de mamá
Bella fue aún peor, en ese instante no
supe qué pensar. ¡Te robaste un chancho!
Me dijo mamá Bella. En ese momento me di cuenta de que se trataba y
preferí no darme por aludida.
-¿Qué chancho?- Pregunté. Los policías me
miraron y dijeron. Un chancho que estaba amarrado en el potrero donde tú cuidas
tus vacas, la dueña lo fue a buscar al medio día y no estaba, le dijeron que tú
andabas con él por eso creemos que tú debes saber.
- Yo moví los hombros y me fui con las vacas al corral.
Debo reconocer que para mí fue muy difícil permanecer indiferente, porque mi
corazón palpitaba muy fuerte y cuando llegué al corral no pude contener el
llanto, sentí mucha rabia porque yo no me había robado el chancho, no sé que
más conversarían los policías con mamá Bella. Preferí mostrarme indiferente al
problema, no demostré pena o preocupación ni siquiera rabia frente a mamá
Bella, lo había pasado muy bien jugando con el pequeño chanchito, no volvería a
verlo pero el incidente me había dejado tan molesta que no deseaba volver a
verlo. Al otro día, cuando ya regresaba se introdujo al potrero otro chancho,
éste era muy grande y andaba suelto o sea sin cordel, no quise ni acercarme a
él, pero de verlo tan grande sentí deseos de subirme en él como si fuera un
caballo, siempre había deseado tener un caballo y nunca lo había logrado.
Corrí hasta el enorme puerco, lo tomé
del cogote y me subí sobre él como si fuera un caballo, éste empezó a saltar y
corriendo despavorido pasó por la parte baja de un cerco de alambres de púas,
yo quedé allí atajada en la cerca de alambres, con varios rasguñotes y mi
vestido roto a un lado. Me asusté mucho porque el rajón de mi traje era grande,
con toda seguridad mamá Bella me iba a castigar, traté de ocultarme a la
llegada, pero en un momento de descuido, mientras comíamos ella me vio el
vestido y me reprendió severamente.
El tiempo pasaba y cada día era para
mí una nueva experiencia, ya estaba cansada de ir y venir por el mismo camino,
y mirar el tren nocturno todas las tardes. Siempre pensaba que ese tren traería
algún día a mi madre o me llevaría hasta ella, no podía imaginar cuán hermoso
sería viajar en él, consideraba casi un
deber de mi parte esperar todas las tardes la pasada del nocturno, algunas veces,
me acercaba bien a la calle frente a la línea, cerraba los ojos y escuchaba el
ruido que hacía al pasar sintiendo estremecerse la tierra, entonces yo soñaba
con subir algún día a ese tren.
CAMBIAR DE
RUTA
Para salir de la rutina cotidiana
decidí cambiar de ruta y una tarde regresé por el camino del cementerio con mis
vacas. Pero justo cuando pasaba por el frente del camposanto, cuya entrada era
un portón muy grande con unos cipreses a
los lados, las vacas se asustaron y salieron corriendo despavoridas, yo sentí
un ruido desconocido para mí y pude ver una cosa intangible que corría de un
lado a otro por el suelo, pero pronto pude observar que era
una calavera. Por un instante sentí que me desmayaba del susto, no podía
respirar de la impresión y mi corazón palpitaba fuertemente, el pánico que me
embargaba era enorme, mientras la calavera seguía dando vueltas de un lado a
otro no podía moverme, sentí como si mis piernas se hubieran paralizado, solo
miraba fijo, atónita, lo que estaba ocurriendo, Las vacas no se veían, habían
tomado el camino por su cuenta y yo ahí paralizada sin poderlas alcanzar. De
pronto la calavera corrió más fuerte como si tratara de arrancar de mí, acción
que me sacó de mi desconcierto, entonces repuesta del pánico traté de
perseguirla y cuando la tenía casi bajo mis pies de adentro de la calavera salió un enorme
ratón que se desapareció entre los matorrales, haciéndome gritar
sorpresivamente provocándome tanto susto como el que me dio al principio cuando
vi correr la calavera.
Después de este incidente traté de
alcanzar mis vacas que me llevaban ventaja, y cuando llegué a casa le conté a
mamá Bella lo sucedido, ella se rió mucho y me dijo:
-¿Por qué inventas tantas cosas, Li?
-yo insistí.
-Sí, si es verdad, le dije. Pero
ella no me creyó, por eso nunca le contaba de todas las cosas que veía y hacía
en el campo, tampoco le contaría lo del anciano de la cabaña hasta
presentárselo en persona para que me creyera. Hacía días que no lo veía, el
siempre me contaba historias hermosas, como la de Jonás el profeta.
LA HORNILLA.
Mamá Bella me enseñó a encandilar la
hornilla de barro que había hecho papá, me gustó mucho el nuevo trabajo, busqué
bastante chamiza, la amontoné en el centro del horno, prendí un fósforo a un
pedazo de papel que introduje al centro de la hornilla, la que empezó a arder.
Luego agregué la leña más gruesa y cuando todo ardía lo dispersé con un garfio
de fiero que teníamos para eso, pronto los ladrillos del horno cambiaron de
color, entonces con la ayuda de Raquel sacamos los restos de leña quemada y las
brasas, Raquel se encargó de cocer el pan, a ella le habían enseñado a hacer la
masa y el pan, desde ese día fue mi trabajo de todos las mañanas calentar la
hornilla.
Papá ya había terminado de ordeñar
las vacas, y las había traído hasta el portón para que yo me fuera al potrero. Me
llevé un pan caliente en una bolsa bordada que me había prestado Raquel, no
quería pasármela pero insistí y mamá Bella le dijo que no había que ser egoísta
yo me fui muy contenta con la bolsa adornada con bordados y unos vuelos.
Al pasar por la casa de la señora Flandes,
sentí voces y las cortinas estaban corridas, eso significaba que había regresado de Santiago,
sentí mucha alegría por el regreso de la Sra. Flandes y pasé a contarle al espantapájaros; seguramente él
también iba a estar muy contento.
EL ESPANTA PÁJAROS
¡Pobrecito mi amigo espantapájaros!
Qué triste debe ser su vida, pasar los días así amarrado a un palo, soportando
el viento, las lluvias y los fríos de invierno, yo lo miré con tristeza desde
lejos. Sus harapos iban de un lado a
otro con la brisa de la mañana y el sol empezaba a darle fuertemente, ¿en toda
su forma? y él allí en pleno monte sin poder moverse. Entonces sentí una enorme
alegría de ser una niña, correr, reír, cantar, pensar y poder hablar con cada
una de las cosas que me rodeaban.
Cuando llegué al potrero Subí a un manzano que había en una esquina y llené
la bolsa con la fruta, pero al tratar de bajar se me hizo tan difícil, que la
bolsa se me resbaló cayendo al suelo. La vaca Clávela corrió hasta el manzano y
olfateando tomó la bolsa con su hocico mordiéndola fuertemente, despedazándola
y sacando las jugosas manzanas, salté desde arriba del árbol y corrí para quitarle mi prenda, sólo quedó la
parte de arriba y la vaca se quedó rumiando mis manzanas y el pan que
había guardado en la bolsa. Me senté en
un tronco y miré los restos de género que me había dejado la golosa vaca, ¡Que
iba a decir Raquel!
A mi regreso pasé a ver al
espantapájaros, le conté mi tristeza por lo que me había hecho la vaca, pero
también le conté del regreso de la señora Flandes y eso me hacía feliz, pero
más feliz me sentía de ser una niña y correr y sentir y ver todas las cosas
maravillosas que me rodeaban, entonces Gaspar como yo solía llamar el espantapájaros
se sonrió y me dijo:
-Yo no siempre estoy triste. ¿Qué
mayor belleza que tú estés conmigo?- me dijo; yo quedé tan asombrada, luego él continuó.
- La brisa que pasa cada mañana es
una caricia que hace bailar el trigo. Es la música del viento, de un mundo que
tú por ver demasiado, por saber demasiado no puedes apreciar, yo estoy aquí con
las aves, los insectos, las plantas, yo estoy aquí noche a noche, con cada
estrella, con cada luz del firmamento, formando un mundo dentro de otro mundo.
Entonces le dije: ¿Y en invierno
cuando llueve y hace frío?
-¡Ah! Me respondió. La lluvia es
como el perfume que cae y viene cantando, nos hace revivir y da fuerza a mis
sembrados para que crezcan y el hielo de invierno refresca mi alma.
Que equivocada estaba yo con
Gaspar, si al verlo allí parecía tan miserable y qué belleza y cuánto amor
había en su corazón.
UN SUEÑO NOSTALGICO
Volví al camino y continúe mi regreso
pendiente de la casa de la señora Flandes, para verla, pero aún distante vi
entrar en su casa a su empleada de la mano con una niña un poco mayor que yo.
Vestía un traje realmente hermoso, lleno de vuelos y adornos, sus zapatos eran
de charol con correa y unas medias blancas con bordados también blancos, tenía
el pelo negro, su peinado era corto con chasquilla y de sus orejas resaltaban unos aros de oro con una piedra
rosada. Ellas no me vieron, yo logré pasar desapercibida, pero algo
inexplicable me hizo sentir muy nerviosa, posiblemente a la niña no le iba a
gustar que yo fuera a su casa y no
podría ver a la señora Flandes ni acompañar a papá si iba a hacer algún
trabajo.
En casa me lavé los pies entierrados
y pensé en los zapatos de charol que le había visto a la niña en la casa de la
señora Flandes, pensé tantas cosas hermosas, hasta que me fui a la cama, y esa
noche soñé que iba corriendo hacia el puente que pasaba sobre el riachuelo y
una joven señora estaba al otro extremo esperándome. Era una señora alta, rubia
muy hermosa, con un vestido parecido al de la niña que había visto esa tarde. Yo corría y corría para llegar hasta ella,
pero cuando estaba casi en la entrada del puente, éste se cortó, y el río se
llevó sus destrozos, yo no pude pasar y
cuando miré al otro extremo la señora ya no estaba. Lloré mucho, desperté
llorando, Raquel me movió en la cama y se enojó por despertarla a medianoche.
Yo me quedé pensando largo rato. ¿Cómo
sería mi madre? Y lo hermoso que sería tener una madre amorosa que nos cuide,
nos proteja y nos guíe. Luego me sentí ingrata con mama Bella que me amaba tanto, pero yo quería conocer a mi
madre biológica, mamá Bella también era mi madre en todo sentido una gran
madre.
Una lloica empezó a cantar muy temprano
y el primer rayito de sol irrumpió por la ventana, con mucha pereza me levanté,
después de Raquel, para encender el horno e irme a los potreros.
ENCUENTRO CON
CAROLINA
Cuando regresaba de los potreros con
mis vacas y pasaba por la casa de la señora Flandes, la vi en la ventana
sacudiendo los vidrios con un plumero. Yo pasé
agachada, no quería mirar, algo inconsciente me inhibía, pero la señora
Flandes me llamó. Dejé avanzar mis vacas solas, y fui hasta ella con mi varilla
en la mano y Jonás que me siguió hasta la puerta.
-Ven, Pequeña Li - indicó ella. Yo entré más tímida que nunca,
pensaba en la niñita que había visto el día antes.
-Pasa Li manifestó. Pasa, repitió.
Para presentarte a mi nieta Carolina. Yo sentí como si una corriente fría
corriera por todo mi cuerpo.
-¡Carolina! Llamó mirando hacia la galería y al instante
apareció la niña que yo había visto la tarde anterior, ahora con un vestido
diferente pero tan hermoso como el del día anterior, la miré allí, parada
frente a mí destacándose en su desplante y su vestimenta, yo sentí un frío
enorme en mis pies descalzos y luego un hielo que se me escurrió por todo mi
cuerpo y pronto gran calor en mi cara, que me hizo suponer que
tendría mis mejillas sonrosadas.
¡Hola! -Me dijo ella, observándome
detenidamente. Yo hice lo mismo, todo lo suyo era para mí extraño y novedoso,
incluyendo sus movimientos livianos y finos y su caminar en la punta de los
pies que le hacía cimbrar su pelo negro
cortado en forma recta.
Después de mirarme detenidamente,
se sonrió y dando una vuelta en sus tacones salió de la sala, yo me quedé ahí sin saber qué hacer, la señora Flandes seguía
sacudiendo el polvo de los vidrios de
sus ventanas, pero la niña volvió a aparecer y traía en sus brazos una muñeca.
Es mi muñeca me dijo, se llama
Carolina, igual que yo. Yo me llamo Carolina, ratificó. En ese momento recordé
que había dejado mis vacas avanzar solas y debía llegar junto con ellas. ¡Es
linda tu muñeca! Le manifesté. Después vuelvo, le dijo al mismo tiempo que di
la vuelta para seguir mis animales, cuando llegué a la calle estaba transpirando, sentía calor
por todo mi cuerpo, estaba nerviosa, fue para mí impresionante conocer a
Carolina, su muñeca era también hermosa, yo pensé en la mía Marisol, y sentí
tanta pena tenerla sin pelo, no la podría llevar para que conociera a la muñeca
de Carolina, era como no tener nada, o como un niño enfermo que no se le puede
llevar a ninguna parte. Eso me tenía muy apenada, después de rogarle un largo
rato a mamá Bella, logré que me diera permiso para volver a casa de Carolina,
cuando asintió corrí donde la nieta de la señora Flandes pero
antes me lavé los pies, la cara las manos,
calcé mis zapatos y me coloqué otro vestido.
EN CASA DE CAROLINA
Cuando llegué a casa de Carolina ella
estaba junto a un órgano tocando una
melodía realmente hermosa, yo me quedé en una esquina de la sala escuchando en
silencio, cuando terminó de tocar se dio vuelta hacia mí, para saludarme con
una sonrisa que correspondí al instante
de la misma forma.
-¡Hola Li! -¡Hola Carolina! Le respondí.
-Luego caminó a mi encuentro, me tomó
de la mano y salimos hasta la galería, su muñeca estaba en uno de los sillones.
Nuevamente lamenté no haber podido llevar conmigo a Marisol mi muñeca, luego
ella me preguntó.
-¿Tú siempre has vivido aquí? - Asentí
con la cabeza.
-¡Ah! -Exclamó, mientras se sentaba en
el sofá. Se quedó pensando un segundo y continuó; yo también me senté en el
sofá escuchándola.
-¿Sabes? A mí no me gusta esto. Mi
papá es diplomático y siempre hemos vivido en ciudades grandes con rascacielos,
vehículos y muchas cosas hermosas.
Yo me quedé pensando cuál sería el
trabajo de un Diplomático, pero seguí escuchándola en silencio.
-Esta es la primera vez que estoy en
un lugar como éste, vale decir primera vez que vengo al campo, terminó diciendo
Carolina.
Yo sentí mucho que Carolina dijera eso,
pero pensé que a mí me pasaría lo mismo si algún día fuera a la casa de ella o
bien decía eso porque no conocía nada de todo lo que nos rodeaba, o todo lo que
yo podría mostrarle.
-¿Te gustan las abejas?- Le pregunté.
Movió la cabeza y desganada dijo: -Sí, a veces las veo en las frutas.
Guardó silencio moviendo los hombros.
-¿Sabes que tienen una Reina?
Sí. -Respondió. Lo aprendí hace
tiempo, y tienen zánganos. Terminó diciendo. Yo no sabía cómo agradarla, lógicamente sabía mucho más
que yo, quedé pensando por un instante y le dije. Pero nunca has visto una
colmena. Me miró y respondió,
-Sí, ayer me las mostró mi nana, la
Carmen, son las que están ahí en la quinta de los manzanos, también hay otras
en los naranjos, esas no las fui a ver.
-Pero, ¿Las has visto de cerca?
-Insistí. Su respuesta fue.
-No.- ¿Y quieres verlas? -Yo te las puedo mostrar.-
Fuimos a las colmenas y observamos en la entrada, de una colmena, como venían
entrando algunas abejas con sus patitas cargadas de polen, muchas nos rodearon
volando por nuestras cabezas, seguramente vienen de muy lejos le manifesté.
Ella miraba interesada el colmenar.
Luego le expliqué, siempre traen polen de un mismo árbol, es por la
polinización.
¡Ah! Sí. Me respondió. Entiendo,
sacan el polen de un castaño, por ejemplo. No van a otro árbol, sino solamente los
castañoss, hasta terminar de extraer todo el polen y luego regresan al colmenar.
-Sí, así es, ¿Conoces a la Reina?
-No, nunca he visto una Reina de las abejas.
-Papá viene mañana a cosechar unos
cajones que faltan por cosechar. ¿Quieres que papá te muestre una Reina? Carolina me miró asombrada y respondió con
énfasis.
¡Sí, me gustaría mucho!
-Demostrando un gran entusiasmo. Salimos de la quinta despacio, temerosas que
un movimiento brusco provocara la ira en las abejas, y nos picaran, yo me sentí
muy feliz porque había logrado mostrarle algo interesante como es un colmenar.
En la casa tomamos el té que nos sirvió Carmen la empleada de la señora
Flandes. Luego Carolina me contó que le gustaba leer y tenía muchos libros de
cuentos, entonces fue por algo, y volvió con un libro pequeño, me lo pasó y me
dijo; Ese es un cuento se llama.
“El pajarito
desobediente”
Yo lo tomé y empecé a mirarlo,
tenía en la portada un árbol sin hojas y un pajarillo en él, a su alrededor
había mucha nieve.
Es muy bonito, puedes llevarlo a tu
casa, después lo traes manifestó.
Yo te puedo contar un cuento, se
algunos. Le dije.
-¿Sí? ¿Cuál? -El trompo, le respondí.
¡El trompo! Repitió. ¿Cómo es?
Cuéntamelo.
Terminé de comerme una galleta, luego
me pasé la servilleta por los labios, igual como hizo ella, aclaré mi voz
carraspeando, me sonreía y empecé a contarle el cuento, ella escuchaba muy
atenta.
El TROMPO
(cuento)
Había una vez un niño que le gustaba
mucho jugar, él quería pasar todo el día jugando. Una vez su madre le dijo: ¿No
sabes que también debes ayudar en los quehaceres de casa y estudiar? El niño no
contestó pero apenas su madre se dio
vuelta corrió a la calle a jugar, con tan mala suerte que mientras corría
tropezó con una piedra y cayó quedando
inconsciente.
En ese mismo momento el niño sintió
que se había transformado en trompo, otros pequeños que a cierta distancia
jugaban al trompo lo vieron y corrieron a recogerlo.
¡Que trompo más lindo! Exclamaron. El
niño más grande lo alcanzó primero y dijo. “Es mío, es mío”. Contempló
detenidamente su tamaño y los diferentes colores que tenía, era realmente
hermoso, todos lo admiraban fascinados, orgulloso de su nueva propiedad le
enrolló la lienza y lo hizo bailar. El niño transformado en trompo se sintió
muy feliz bailando y los otros que jugaban estaban extasiados con el baile del
nuevo juguete, haciéndolo bailar muchas veces, tomándolo en sus manos,
lanzándolo al suelo, no se cansaban de hacerlo bailar y bailar, pero el niño
que era el trompo, se empezó a marear y cada vez más mareado y más cansado,
sentía que todo el mundo le daba vueltas y vueltas sin poderse ya sus piernas y
sus brazos los sentía aprisionados por la lienza, sus pies parecían estar heridos,
desesperado quería gritar, pero nadie lo oía, porque no era más que un trompo.
Llegada ya la noche, los niños
cansados también de jugar, dijeron:
¡Este trompo está cucarro!, está cucarro,
está cucarro repitieron y lo tiraron por última vez pero no bailó se fue de un
lado a otro. Entonces lo dejaron ahí tirado como una cosa inservible y se
fueron corriendo a sus casas y el niño convertido en trompo se sintió muy
enfermo botado en el suelo, cansado y mareado, abrió los ojos y aún le pareció
sentir que el mundo le daba vueltas y vueltas, aún con vahído, se levantó y
corrió donde su madre arrepentido y dispuesto a ayudar en los quehaceres de
casa y estudiar sus lecciones, en adelante, él sólo jugaría a sus horas, o sea después de hacer todas sus tareas y
saber muy bien las lecciones, como también ayudar en casa.
Fin.
Lindo tu cuento. Exclamó
Carolina. Yo me sonreí y corrí la silla
para irme a casa. Carmen vino a levantar las tazas del té. Carolina también se
levantó y caminamos juntas hasta la puerta. Yo me llevé el libro para leerlo.
Era de noche pero a la luz de la
vela empecé a leer el cuento, al principio me costó mucho aunque la letra era grande, lo
encontré tan entretenido que no me di
cuenta cuando lo terminé
EL PAJARITO
DESOBEDIENTE (Cuento)
Los árboles estaban
vestidos de gala y la tierra bordada de tréboles en flor. El huerto lucía
esplendoroso, en cada rama un pajarillo cantaba a la fresca mañana. En una de
ellas había un nido con cuatro polluelos piando mientras llegaba su madre con
alimentos. De pronto, dos alas ondulantes revolotearon alrededor del árbol
posándose junto al nido, los débiles hijos piaban de alegría, la mamá muy feliz
alimentó a sus pequeños con pajitas y gusanos. Cuánta ternura había en esta
familia de pajaritos que alegraban el huerto.
Una mañana, cuando ya los pequeños
zorzalitos estaban más grandes, su madre debió ir más lejos en busca del
alimento. Antes de salir los recomendó, diciéndoles: -Hijos míos, iré por
vuestra comida, no intenten salir del nido, aún son muy pequeños para volar,
eso es peligroso, pueden caer y tener algún accidente. Yo los quiero mucho y
deseo que sean obedientes por su propio bien.
-Sí, sí, mamá- Gritaron todos en un
solo cántico.
Ella, confiada se alejó del árbol
que los cobijaba.
No había pasado mucho tiempo cuando uno de
ellos empezó a mover sus alas, cada vez lo hacía con más fuerza. Por su pequeño cuerpo sentía
una energía enorme, un deseo propio del ave, de volar y volar. Levantó su
cabeza pico al cielo, cantó de alegría.
Puedo volar...Puedo volar, se
dijo; aleteando y pisoteando los frágiles cuerpos de sus hermanos que llorando
desesperadamente, como anunciando una desgracia, piaban atolondrados.
¡No, no lo hagas! Nuestra madre no
nos ha enseñado a volar, no debes desobedecer.
Pero aún así, se colocó al borde
del nido, trémulo de júbilo se sintió libre, vio una rama corta y dijo;
“Volaré... Volaré” Extendió sus
pequeñas alas, alargó su cabeza y se
lanzó. Allí se posó justo en la rama. Su corazón desbordaba de alegría. -Que grande es el mundo, pensó. Vio el
sol, sintió sus rayos quemantes sobre sí. El paisaje con su extensa e infinita
gama de colores, verdes, amarillos y rojos, azules, como un beso de cielo en el
suelo feraz.
Respiró profundo recibiendo un
baño en sus pulmones de los más exquisitos perfumes.
“¡El Paraíso”! -Se dijo; Empezó a
sacar de su garganta una hermosa melodía que jamás se había escuchado. La
chicharra, que estaba muy cerca, decidió guardar silencio para admirar tal
consonancia. Luego el osado pajarito dejó de cantar, miró una rama que estaba más lejos saltó a ella,
con tan mala suerte que no alcanzó a cubrir la distancia y al suelo cayó: allí
quedó tendido sin poder piar.
Salían los niños de la escuela,
José venía a su casa con los libros en los brazos, de pronto, entre algunas
hojas del suelo vio algo que se movía, se precipitó y grande fue su sorpresa al
ver un pajarito. Lo tomó, acurrucándolo en sus brazos, hablándole con ternura,
lo llevó a su casa. Al examinarlo se percató que tenía una patita fracturada.
Pobrecito, se dijo. Yo lo curaré.
Una vez allí buscó una venda,
alcohol y lo entablilló confeccionó una jaula, dejándolo reposar por largo
tiempo.
Ya estaba grande, pero nunca se le
oía cantar. ¿Qué sentía en su corazón? El triste pajarito se decía. Por qué habré desobedecido a mi madre, cuánto
dolor le he causado... Este buen niño me ha ayudado, no sé cómo pagarle.
Había pasado tanto tiempo y José
pudo darse cuenta que su protegido no era feliz en la jaula, hasta que un buen día, ya en otoño, decidió sacarlo y
darle su libertad.
Cuando
se vio libre y comprendió que el niño deseaba su felicidad, cantó una serenata
a su amigo José que tanto se había esmerado por cuidarlo, nunca antes había
cantado así. Los hermanos del niño y su madre quedaron extasiados ante tan
hermosa melodía que él había dedicado con todo su amor para la familia que lo
había cuidado. Era la forma de pagar dejarles este recuerdo, luego, bajó su
cabeza un poco triste y emprendió el vuelo.
-Mis hermanos... Se decía. Llegó a una
parte, pero no era la misma, reconoció el árbol, pero éste casi no tenía hojas
y las que aún quedaban ya no eran
verdes, sino amarillas y el viento, cómo se las arrancaba una a una, jugando
con ellas como un niño juega con sus carritos. Vio un nido entre las ramas
caídas nido deshecho. Llorando se dijo; ¡Fue nuestro nido! Pero ya no hay nada.
¿Dónde estarán? Grande fue su dolor al
darse cuenta que se había quedado solo por haber sido desobediente.
Caía la tarde, fría y silenciosa. Ni
la cigarra, ni la avispa, ni un rayito de sol estaban allí. Cuando él cantó por
primera vez su serenata, haciendo callar al bosque con el eco de su joven
melodía. Tan fugaz fue todo, si sólo se asomó a la vida. Trató de cobijarse en
una rama, caminó por los suelos mojados. El tiempo trajo la nieve, él seguía
solo, el frío lo abrazaba, cada día más y más nieve, que estremecía sus
entrañas, cortándole el aliento.-
-¿Por qué?.... ¿Por qué?... Se decía. Ya no podía remediar
lo que una mañana había hecho, desobedecer a su madre.
Quedó en el camino, helado en un envoltorio de
nieve. Cuántas veces pasó José sin saber que su pajarito yacía sepultado en la
misma nieve que él pisara, bajo el mismo árbol que lo encontrara.
La vida seguía. Los niños seguían su
paso. El tiempo también seguía. Luego vendría otra primavera, otros cánticos,
otros frutos, otras flores. Rueda del tiempo infinita en sus misterios
FIN
-----------
EN LA QUINTA DE LAS COLMENAS
Al día siguiente pedí a papá llevar
las vacas más tarde para mostrarle la reina de las abejas a Carolina, nos
levantamos muy temprano y papá ordeñó las vacas mientras yo prendía fuego al
horno.
Apenas terminamos nos fuimos donde
la señora Flandes, Carolina ya estaba desayunando en la galería la mesa redonda con un mantel blanco bordado y
servilletas chiquitas haciendo juego con el mantel, y las sillas eran de felpa
roja. Ella se veía esplendorosa con sus vestidos tan hermosos, me invitó a
tomar una leche, pero yo no me atreví a aceptarle, vino la señora Flandes e
insistió.
-¿Una leche Li? Me dijo, pero una
fuerza irresistible pareció que me aprisionaba todo el cuerpo y mi lengua se me
trabó en el paladar, lo que no me permitía contestar palabra, parecía que mis
propias manos me molestaban, que no sabía donde colocarlas. Entonces no me di
cuenta cómo me empecé a morder un dedo de la mano derecha y con la otra mano
empecé a jugar con la falda de mi vestido que lo tenía más arriba de la
rodilla, llegándome a sentir casi mareada con el rico perfume de Carolina y el olor de las cremas y polvos
de la Sra. Flandes, incluso Carmen la empleada se veía muy pintada y aromática.
Carolina se levantó de la mesa, y me dijo:
¡Vamos, vamos! Tomándome de la mano
salimos corriendo hacia la quinta. Papá ya había empezado a trabajar en las
colmenas, tenía un cajón de abejas abierto, le había sacado la parte de arriba
y echaba humo para ahuyentar a las abejas.
Como era de mañana no estaban bravas, de pronto papá dijo sacando un
marco completo de celdas cerradas (operculadas) y llenas de miel. “Aquí en esta
cavidad debe estar la reina, echó más humo y,
desde un montón de abejas extrajo una abeja hermosísima, mucho más
grande que las demás, él la tomó con mucho cuidado de las alas colocándola en
un vaso de vidrio que había traído, y
ahí pudimos observarla detenidamente. Carolina estaba fascinada por haber visto
la reina de las abejas, pero también muy nerviosa por miedo que nos picaran ya
que eran muchas las que volaban a nuestro alrededor y hacían un enorme ruido,
lo que provocaba más pánico. Ya nos veníamos y papá había vuelto la reina a la
colmena cuando Carolina hizo un movimiento brusco pues estaba deseosa de salir
de allí pero no debíamos correr pues estimulaba a estos insectos, de improviso
una abeja imprudente se paró en el brazo de Carolina y ella sorpresivamente
trató de sacarla bruscamente haciendo que le clavara la lanceta, dejándosela a
la vista. Ella se quejó y en su rostro se reflejó el dolor. Inmediatamente papá
corrió junto a nosotros y le extrajo la lanceta con mucho cuidado, pero ella
fue muy valiente, yo habría llorado, no
me gustaba que me picaran las abejas, pero este incidente me tenía tan afligida
que no me atreví a hablarle.
-¿Crees tú que fui valiente? -Me preguntó ella.
-¡Oh, Sí! y muy valiente. Exclamé.
-Yo me he asustado mucho porque esa abeja te picó. Le manifesté, pero, no te
preocupes, cada abeja que pica a alguien muere y tú no te morirás.
-No. Me contestó. Claro que no, pero
se me va a hinchar, mostrándome el brazo con la marca de la picadura que le había
dejado el aguijón. La señora Flandes se asustó cuando la vio y yo me sentí aún
más culpable. Llamó a Carmen para que le preparara una salmuera y curarle el
brazo que pronto le iba a provocar calor en la picadura.
EL CANDELABRO
Yo debí regresar a casa por
mis vacas, había encontrado tan corta la tarde anterior y esa mañana aún más
corta, tendría que esperar todo el día para volver a ver a Carolina quería contarle y mostrarle todas las cosas hermosas que tenía el campo. En el
trayecto pasé donde el espantapájaros Gaspar a contarle de Carolina, era mi
amigo y siempre le hablaba, lo único malo era que él raras veces me respondía,
pero a mí me gustaba hablar con él. Una vez que dejé las vacas en el potrero
fui donde el anciano de la cabaña, hacía muchos días que no lo veía, desde que
había ido a dejar la vaquilla y el becerro a los boldos del campo de los Guíñez.
El anciano sentado en un piso de madera afuera de la
cabaña bajo un pino que daba sombra, lijaba un trozo de palo con el que hacía
hermosos objetos de madera yo avanzaba con mi varilla en la mano que nunca
dejaba pues me había acostumbrado a andar con ella, Jonás me seguía a cierta
distancia, como iba descalza él no se percató de mi presencia hasta que yo le
hablé. Sorprendido levantó la cabeza, me miró y con una sonrisa me dijo:
-Hola Li
, ¿Cómo estás? Yo
le contesté el saludo, y luego le conté que tenía un amigo, el espantapájaros,
y que le había puesto Gaspar.
¡Gaspar! -Exclamó el Anciano, sin
dejarme tiempo para contarle también de Carolina, me hizo pensar en algún
profeta, inmediatamente me preguntó.
-¿Sabes quien fue Gaspar?
-No, no, le respondí muy interesada en
saber quien fue Gaspar.
-Bueno, dijo él. -Yo te voy a contar. Y
alcanzando otra banca, me la pasó para que yo me sentara, Jonás estaba echado
en un faldeo del terreno, y mientras seguía dando forma al trozo de madera
empezó a decir.
-Cuando Jesús nació en Belén de Judea
vinieron del oriente tres Reyes Magos, quienes fueron guiados hasta el Mesías
por una estrella que apareció en el firmamento, y uno de ellos se llamaba
Gaspar, que venía del Reino Meroé, el otro Melchor, que venía del Principado de
Palmira y el otro Baltasar que venía del Reino de Nippur. Una vez que llegaron
al lugar del nacimiento del Mesías se acercaron al pesebre donde estaba el
Salvador. Los Reyes Magos vieron al niño junto a su madre María y su padre José
que era un carpintero. Los visitantes se postraron ante él, lo adoraron y
abrieron los cofres que traían, le ofrecieron tesoros, presentes con incienso y
mirra.
El anciano terminó de contarme la historia,
yo me quedé pensando, él se levantó de
su asiento y entró a la cabaña, luego regresó trayendo consigo una figura de
madera.
Este es un candelabro. Me dijo.
Llévatelo para ti. Para que te alumbres de noche, debes ponerlo en alto,
siempre la luz debe estar en lo alto para que alumbre mejor, porque no lo
pondrás dentro de un almud.
Me dijo el Anciano sonriendo, yo
también sonreí tomando el candelabro.
Eso para mi fue algo maravilloso, me
pareció que la luz que me iba a dar significaría mucho más en mi vida. Lo
acomodé en un brazo y regresé corriendo al potrero, una vez allí empecé a
pensar en Gaspar, el espantapájaros, ahora lo imaginé como un pequeño rey que
venía hacia mí, me tomaba de la mano y salíamos a correr entre el trigo y
corríamos, nos dábamos vueltas tomados de las dos manos, y nuevamente corríamos
y reíamos, y el viento pasaba por nuestras mejillas y nosotros seguíamos corriendo, pero luego Gaspar tenía que volver
a cuidar el trigo y yo debía volver a cuidar mis vacas, pensé toda la tarde en
los tres Reyes Magos, hasta que llegó la hora de mi retorno.
GAVILLAS DE
TRIGO
Cuando pasaba por la casa de Carolina me llamó desde la puerta, yo
subí a la vereda y fui hasta ella, se sorprendió al ver mi candelabro,
¡Que hermoso es esto! Manifestó. Lo
tomó en sus manos mirándolo minuciosamente. Era realmente hermoso, yo le conté
que me lo había dado un anciano que vivía en una cabaña. Me devolvió el
candelabro y me pasó un sobre pequeño. Lo guardé y continué mi camino, pero no
pude esperar llegar a casa para abrirlo y mientras caminaba lo despegué con cuidado, en su interior venía
una tarjetita con un dibujo y se leía “Te invito a mi cumpleaños”, la fecha y
la hora.
Una vez en casa, busqué en el
calendario la fecha correspondiente que sería el sábado subsiguiente. “El
cumpleaños de Carolina” pensé, cerré los ojos y me tiré en la cama de un salto
yo nunca había ido a un cumpleaños, irían más niños, esa sería mi primera
fiesta Esa noche soñé que yo también tenía mi cumpleaños y Gaspar venía y nos
comíamos una torta que en vez de velitas tenía gavillas de trigo, corríamos alrededor de la torta, de pronto las
gavillas se abrían y caía el trigo de ellas a montones como una lluvia de
pepitas de oro que luego se convertían en agua y seguíamos corriendo, ahora
bajo la lluvia, pero poco a poco Gaspar se empezó a desvanecer con el agua
hasta quedar convertido en nada, yo lloraba llamándolo desesperada, felizmente
desperté pero nuevamente Raquel se enojó porque con mi llanto ahogado del sueño
ella dejó de dormir.
Fui contando los días uno por uno, me
parecían más largos que nunca, me entretenía haciendo una y otra cosa, al reverso de la tarjeta escribí
el nombre de Gaspar agregándole, Uno de los Reyes Magos del Reino de Meroé. Me gustaba verlo allí en
medio del trigo todas las mañanas y todas las tardes.
Fui a la pieza del papá, dejé la
tarjeta encima del velador y busqué en el primer cajón. Quería seguir
investigando el misterio de mamá, encontré varios papeles a los que yo no di
importancia pero uno tenía el nombre de Simón San Martín y estaba el nombre de
mamá Bella Cruz, más abajo el nombre de papa
sí, era un certificado de nacimiento del papá y el hombre del retrato
era mi abuelo y mamá Bella mi abuela, lo doblé y lo dejé ahí mismo, seguí
buscando y encontré al fondo, muy al fondo, una foto de una mujer, no decía
nada, sólo era la foto, la dejé en el mismo lugar. Abrí la parte de abajo del
velador y algo pesado cayó casi encima de mis pies, grité desesperada, era el revólver
que papá guardaba ahí; a mis gritos mamá Bella corrió a socorrerme, me tomó de
la mano y me sacó de la pieza, no hizo nada por guardar el revólver, lo dejó
ahí mismo.
-No debes abrir cajones ajenos Li -me dijo.
Yo dejé de llorar y me fui al
columpio con mi muñeca Marisol.
EL DÍA DEL
CUMPLEAÑOS
Al fin llegó el día sábado tan
esperado, para mí, mejor no hubiera llegado nunca ese día, no tenía qué
llevarle a Carolina de regalo. En ese momento mamá Bella me llamó, estaba en la
pieza del papá haciendo la cama y había sacudido el velador. El revolver
guardado en su lugar, me reprendió severamente. Las niñas y niños no deben
hurgar en las cosas de los grandes y menos donde puede haber armas, eso es muy
peligroso. Manifestó gritando, luego trató de darme alcance, entonces yo di media vuelta y salí corriendo, mamá Bella
estaba realmente ofuscada, pero al salir precipitadamente, sin darme cuenta pasé a llevar un jarrón de adorno, rodó por el suelo quedando hecho pedazos, el
enojo de mamá Bella aumentó mucho más, cuando ocurrió esto, yo me quedé yerta
no atiné a moverme hasta cuando siento unos azotes en el trasero, ¡el jarrón! exclamó
ella, después bajó la cabeza pensativa y balbuceó.
-¡Es el último regalo que me trajo Sara
desde España la hermana de Simón!, La última vez que estuvo con nosotros y nos
bailó flamenco y nos contaba lo hermoso que era España “La Madre Patria”. Luego
dio un suspiro y barrió los restos del jarrón.
Yo me fui a mi pieza y lloré mucho,
aún así seguí pensando en el cumpleaños,
también capté que mamá estaba tan o más nerviosa que yo, alguna razón
tendría. Igual seguí pensando en el cumpleaños de Carolina, debía llevarle un regalo y no sabía qué,
seguramente los otros niños le llevarían muchos presente, me desesperé, lo
único que tenía era mi muñeca, pero estaba sin pelo, no contaba con otra
alternativa, debía llevarle a Marisol, sentía pena y a la vez alegría porque
iba a entregarle a Carolina lo que más quería mi muñeca Marisol.
Ese sábado no fui al potrero, papá
llevó las vacas y él iría a buscarlas en la tarde, Carolina pasó a buscarme con
Carmen antes de las doce para ir a la estafeta del correo, había cartas y
muchos paquetes, me habría gustado recibir alguna carta o encomienda, Carmen
recibió la correspondencia para la señora Flandes, regresando al instante, yo
me quedé en mi casa y ellas siguieron hacia la suya.
Con casi dos horas de anticipación me
coloqué el vestido que mamá Bella me había lavado y planchado, fui al espejo y
me di cuenta que mi aspecto no era de lo mejor, entonces sentí una enorme
desesperación que me hizo perder los deseos de ir al cumpleaños de Carolina. Me
recosté en la cama y pensé en Cenicienta, ella tenía una hada madrina y yo no,
además ése era sólo un cuento, yo estaba viviendo mi realidad, mis zapatos
estaban lustrados y mis calcetines limpios, pero aún así se mostraba el uso que
habían tenido, ya no tenían esa belleza innata que se refleja en lo nuevo. No
pude contener el llanto, la hora avanzaba y mi tristeza me sumió en el sueño.
La preocupación por el cumpleaños no me permitió darle importancia al incidente
anterior, ni la caída del jarrón ni los azotes que me dio mamá Bella, ni ese
revólver, que tanto susto me causó. Con todo lo que me estaba pasando me
sumergí en un profundo sueño. Dejando atrás los incidentes, o mejor dicho malos
entendidos.
Mamá bella me estaba acariciando el
pelo, ¿Te dormite Pequeña Li? me manifestó,
con una sonrisa disimulé mi tristeza. Ella se sentó a mi lado acariciándome,
empezó a decirme. -¿Sabes tú que a veces suceden milagros?
Sí. Le respondí cuando hay un hada madrina,
pero yo no tengo un hada Madrina. Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi rostro
se contrajo.
Te apuesto dijo ella que tú serás la más
bonita del cumpleaños.
-Yo reí entre
sollozos, sentía mi corazón apretado, entendí a mamá Bella que se esmeraba por
consolarme. Ahora no estaba irascible más bien parecía muy contenta, algo
estaba pasando.
No supe darme cuenta cuánto tiempo había
transcurrido, cuando un golpe en la puerta me sobresaltó, Mamá Bella acudió a
abrir. Era papá, que venía con un paquete, el mismo paquete que horas antes yo
había visto en el Correo, no podía ser otro el papel rosado con rayas
amarillas, y las amarras las letras todo era igual. Sorprendida miré a papá,
preguntándole, ¿Y las vacas?- -¡En el
potrero! Esto era más importante para mí. Respondió. Sólo en ese momento
comprendí la actitud de mamá Bella.
Entonces Ella, tomó el paquete cortó
las amarras con unas tijeras. Sus rostros estaban sonrientes y yo muy
sorprendida abrí el paquete y lo primero
que vi fue una tela celeste, y unos botones dorados, un zapato rodó al suelo, y
yo lo tomé, fascinada, era de color azul con correa, no pregunté nada, me saqué
mis zapatos viejos, subí a la cama y me probé el pie derecho que quedaba justo.
Toma me dijo mamá Bella, pasándome unos
zoquetes blancos, volví a sacarme el zapato azul, me coloqué los calcetines y
luego los zapatos era un sueño, un vestido celeste con bordados blancos hacía
juego con el abrigo, papá había salido de la pieza y mamá Bella me ayudó a
vestirme, mi felicidad era inmensa, después pregunté.
-¿De donde salió esto? -Un hada Madrina, un
milagro, lo que sea, como vez nunca hay que perder las esperanzas, “La fe mueve
montañas”.
-Terminó diciéndome en una sonrisa.
Saqué el papel cortando unas letras que
dejé a un lado y en el resto envolví a Marisol para llevársela a Carolina de
regalo. Entonces le dije a mamá Bella. Parece que mi hada madrina se olvidó del
regalo para mi amiga Carolina, Me sonreí. Y no pensé en nada más, corrí a la
fiesta de cumpleaños, lógicamente con todos mis problemas llegué atrasada.
Carolina se alegró mucho cuando me vio
entrar, me tenía un puesto reservado a su lado y todos los niños se veían
felices, la señora Virginia Flandes también estaba muy alegre sentada en un
sillón grande que hacía juego con las sillas del comedor, habían muchas cosas
exquisitas, a mí me llamó la atención un muñeco enorme de chocolate que estaba
al lado de la torta.
Cuando terminamos de tomar la leche,
Carolina apagó las velitas y su abuelita vino a repartir la torta, todos
aplaudimos este acto, los platos de vidrio empezaron a correr por la mesa y todos disfrutamos del exquisito
manjar: fuimos a jugar y cuando íbamos saliendo una niña dijo; ¡El muñeco de
chocolates!... ¡El muñeco! -Exclamó otro y todos se dieron vuelta mirando el
chocolate que estaba erguido al lado del plato vacío de la torta.
-¡Después!- Dijo Carolina. Y todos salimos quedándose el
muñeco en su estática posición. Cuando estábamos en el jardín, la señora
Flandes dijo que teníamos que hacer un número y demostrar nuestros talentos, un
niño recitó y otro cantó, todos hicieron
algo, una niña bailó y dos cantaron a dúo, sólo faltaba yo, estaba angustiada
porque no sabía cantar ni recitar, tampoco tenía mucha gracia con el baile, Qué
impresión se iba a tomar Carolina de mí, si todos habían demostrado sus
talentos y no faltó una de las niñas que dijo;
Ahora Li- empezaron todos a palmotear las manos y exclamaron a
coro: falta Li...Li...Li...
Yo sentía mi cara de todos colores,
entonces traté de hablar pero nadie me escuchó porque la voz no me salió en ese
momento, Carolina levantó los brazos y dijo muy fuerte. ¡Silencio! porque Li va a decir su número.
Yo me sonreí, la miré e incliné la
cabeza asintiendo lo que ella decía y todos los niños guardaron silencio,
entonces yo les dije, no cantaré porque no sé cantar, no tengo voz, no
recitaré porque tampoco sé. Al decir
esto todos a coro hicieron una exclamación de protesta. Guardé silencio por un segundo aún insegura de lo
que iba a hacer y todos me miraban en ademán de espera. ¡Que baile! Gritó un niño, pero yo continué y dije: yo
les voy a contar un cuento.
Todos estaban muy atentos esperando,
aún no sabía qué contarles, pero, rápidamente pensé en el muñeco de chocolate
que tan solito se había quedado en la mesa y como pude empecé diciendo:
EL MUÑECO DE
CHOCOLATE
(Cuento de Ana Valdés)
Una niña celebraba su
cumpleaños y su madre quiso festejarla haciéndole los mejores manjares, quería
impresionarla con algo especial, decidió hacerle, además de la torta con sus
velitas, otros dulces y un muñeco de chocolate. Estuvo toda la tarde trabajando
en ello hasta llegar a hacer un muñeco perfecto.
Cuando llegaron los niños invitados,
disfrutaron de todos los dulces y bailaron alrededor de la mesa donde estaba el
muñeco de chocolate que los tenía realmente fascinados.
Tenemos que colocarle nombre, dijo una
de las invitadas, él es el muñeco de chocolate, exclamó la festejada y todos
rieron y bailaron muy alegres cantando al muñeco. Como ya habían tomado la
leche con la torta y todos los dulces, ahora queremos al muñeco dijeron los
niños. Primero vamos a jugar, contestó la anfitriona, después nos comeremos el
muñeco de chocolate. Y todos salieron corriendo al jardín.
Entonces el muñeco de chocolate te
quedó muy triste al oír que se lo iban a comer, trató de mover una pierna,
luego la otra, y con mucha dificultad pudo caminar hasta la orilla de la mesa
para bajar por una silla, empezó a caminar sin rumbo hasta llegar a la orilla
del río, quedándose allí muy pensativo.
Las aguas del río que corrían y corrían
le preguntaron:
-¿Por qué estás tan triste? El contestó, -Porque unos
niños me van a comer.
¡Pero, si eres de chocolate-! Le
respondió el agua debes alegrar a los niños con tu sabor yo soy el agua, quito
la sed, riego las plantas, siempre estoy en todas partes, sin mí el hombre no
podría existir, yo soy muy feliz contribuyendo al mundo; terminó diciendo el
agua.
El muñeco de chocolate se quedó pensando un rato y luego exclamó: ¡Entonces
yo soy un egoísta! -Sí, le respondió el
agua. Ahora escucha como canto cuando corro entre cerros y quebradas o en
planicies formando cuencas, lagunas, charcos, lagos o ríos. Ves como danzo en el
aire en nubes por el infinito y bailo sobre las casas cuando me convierto en
lluvia y tú que eres tan pequeño no quieres hacer feliz a los niños. Yo también
estoy en tu cuerpo, si te privara de mí existencia serías sólo polvo.
¡No! no, por favor, no me conviertas en
polvo... Manifestó el muñeco muy asustado, volveré, yo volveré donde los niños,
y emprendió el regreso corriendo. Cuando los niños, cansados de jugar
regresaron a la mesa, todos disfrutaron felices del rico muñeco de chocolate.
Fin
Al terminar este cuento improvisado,
todos aplaudieron y yo sentí aún más vergüenza que al empezar. Carolina fue a
abrir los regalos que había recibido. Yo había dejado el mío debajo de los demás y me habría gustado poder
sacarlo, pero ahora ya no era posible, había sido mejor no llevar regalo pero
ya nada se podía hacer, sentí un fuerte dolor en el estómago, pienso que era de
nervios. Ya había abierto todos los regalos, sólo faltaba el mío, tenía dulces,
juguetes, campanas, cajitas de música, con una melodía hermosa, una linterna
pequeña, y varias cosas más. Empezó a abrir el paquete que yo le había traído,
en ese momento sentí mi rostro pálido y
le dije, temerosa; ¡ese es el mío!
Ella lo abrió lentamente sonriendo
hasta que sacó a Marisol, la quedó mirando sorprendida, ¡Li! exclamó. ¡Te has
quedado sin tu muñeca!
Yo sólo sonreí y ladeé la cabeza.
Bueno, dijo: todos los regalos son
realmente lindos, yo diría hermosos les estoy inmensamente agradecida, pero quiero destacar que el
regalo de más valor es el de Li porque me ha traído la única muñeca que ella
tenía, yo estoy muy contenta y agradecida; terminó diciendo Carolina
-¡Bravo! ¡Bravo!... Gritó un niño y
todos los demás respondieron igual palmoteando las manos. Una niña que estaba
en el grupo, levantó la mano y avanzó adelante. Se detuvo frente al grupo y
empezó a decir. El acto de la Pequeña Li, me recuerda una parábola bien
importante La parábola de la Viuda.
“Había que dar ofrendas. Y cuando los
ricos supieron la nueva buscaron en sus desvanes baúles llenos de oro y prendas
preciosas que no usaban porque en realidad tenían demasiado, la canasta de las ofrendas estaba llena cuando
llegaron a casa de la viuda, la pobre mujer se desesperó, no tenía que dar, lo
único que le quedaba era el sustento que consistía en un quintal de harina.
Entonces lo trajo y de todo corazón y feliz porque ella también había podido
contribuir con las ofrendas.”
Cuando la niña terminó de expresar esta
parábola todos nos quedamos muy pensativos, si yo había hecho también un
regalo. Seguidamente corrimos al lado de Carolina que fue por el muñeco de
chocolate, gozamos mucho en la repartición porque a algunos les tocó un pedazo
de pie, oreja, nariz, boca, brazo, creo que eso fue lo más hermoso de toda la
fiesta; también cuando le cantamos el
cumpleaños feliz.
Cuando regresé a casa sentí nostalgia por
haber regalado a Marisol, pero había sido a mi única amiga y eso me hacía
feliz, luego el pánico me invadió y pensé que había sido un acto de una mala
madre. ¿Podría una madre dar a su hija? el anciano de la cabaña me ayudaría a
ordenar mis pensamientos, pero yo estaba sufriendo mucho en ese momento.
En la tarde del día siguiente fui a casa
de Carolina, aún guardaba dulces del día anterior los que compartió conmigo, jugamos con Marisol
y su muñeca Carolina, pero después trajo un pequeño cofre donde guardaba
algunas de sus pertenencias, sacó un libro de cuentos y me lo mostró yo le
había devuelto el del pajarito desobediente. Leí un título y decía “La Señora
Maldad”
LA SEÑORA
MALDAD (Cuento)
Iba por la calle la señora maldad
cargada de juguetes y golosinas. Unos niños que estaban jugando
correctamente se acercaron a ella para
pedirle golosinas y también juguetes.
¡Sí! - Les dijo la señora Maldad: Les puedo dar todos los juguetes que
quieran y también golosinas, pero tienen
que seguirme.
-Te seguiremos, dijo uno de los
niños. –Sí, manifestó ella. -Pero para
seguirme deben tener un salvoconducto.
-¿Y cómo podremos obtener ese
salvoconducto? -Preguntaron los niños.
-Para obtenerlo sólo deben hacer una
maldad, dijo la mujer. A los niños les pareció muy divertido y corrieron a
hacer una maldad y apenas la hicieron
les empezó a crecer una cola, fascinados por la aventura no le dieron
importancia y siguieron a la señora Maldad compartiendo los juguetes y las
golosinas, pero entre más avanzaban en la maldad, más se alejaron de sus casas
y todos sus seres queridos, como también de sus juguetes que los habían tenido
por tanto tiempo, y a medida que pasaban los días se iban sintiendo más tristes
y la cola les crecía cada día más, la señora Maldad los hacía trabajar
intensamente y hacer cosas muy malas.
Pero una vez descendió de lo alto una nave que
decía “Viajes al Paraíso”
¡Al Paraíso!... -Exclamó un niño. Esa
es nuestra tierra. Todos se alegraron mucho y corrieron muy contentos hasta la
nave, pero el señor de la nave les dijo, que para subir a ella debían tener un
pasaje.
-¿Y cómo podremos obtener ese pasaje?
-Preguntó un niño.
El señor de la nave les contestó.
-Todos los que quieran subir a mi nave, antes deberán cortarse la cola. Ellos
se miraron atónitos su cola gruesa y totalmente arraigada a su cuerpo, todos
deseaban no tenerla pero cortársela así les era imposible. Uno de los pequeños
muy apenado porque echaba de menos a sus padres, su casa y sus juguetes, estaba
tan desesperado que tomó un machete los otros niños lo miraban asombrados, pero
él fue muy valiente cerró los ojos, y con mucha fuerza pegó contra el rabo.
Éste se cortó bruscamente saltando
lejos, retorciéndose como una serpiente. El niño alcanzó a ver un chorro de
sangre y cayó desmayado por la impresión, así permaneció tendido en el suelo
sin conocimiento por un largo rato, mientras sus compañeros lloraban a su lado
muy preocupados. Pero de pronto, el niño abrió los ojos y todo su ser lucía
esplendoroso, sus compañeros no se atrevieron a tocarlo, abriéndole paso hasta
la nave lo observaron admirados al ver en él tanto esplendor y que había podido
ascender sin problema a la nave que lo llevaría al Paraíso. Ellos también
fueron valientes, tomaron el machete y se cortaron su cola dejándolas allí
retorciéndose en su propia maldad, subieron a la nave y se fueron muy felices a
sus hogares, dispuestos a no volver a cometer nunca más ninguna maldad.
Fin
Cuando terminé de leer el cuento, sentí
pena que los niños siendo tan buenos hubieran sido tentados por la maldad y esa
enorme cola que era como la acumulación de todo lo malo que hacían, yo pensé
que una persona se podría sentir igual si no actuara bien. Carolina me
preguntó, mientras yo cerraba el libro.
-¿Te gustó el cuento? Sí y mucho
- le respondí.
Le entregué el libro y lo guardó en
el mismo lugar de donde lo había sacado. Yo debía regresar pronto a casa, pero
estábamos tan entretenidas que no deseaba hacerlo y le dije: Ahora te cuento un
cuento yo. -¡¡¡Ya!!! -exclamó
ella. ¡Cuéntamelo!
EL POLLO ENANO
(Cuento)
Este cuento había que contarlo con
un poco de gracia para que se entendiera mejor, entonces me levanté de mi
asiento para hacer todas las figuras que necesitaba a objeto de darle más énfasis.
“Era un pollito muy pequeño como del
porte de una nuez y él estaba muy triste por ser tan chico, entonces un día fue
donde el señor Gallo y le gritó.
¡Eh! señor Gallo. El gallo miró a
todos lados y no vio a nadie, nuevamente le gritó: ¡Eh! señor Gallo. Estoy aquí
insistió el pollito. El gallo enormemente grande lo vio y le preguntó.
-¿Qué deseas pequeño pollo?
-Yo, señor Gallo, le dijo deseo saber qué hizo usted Para ser tan
grande. Entonces el gallo abrió sus enormes alas, y le dijo:
-¿Vez mis alas? Luego extendió una
hacia abajo y dio una vuelta completa bailando en una pata, después sacó una
enorme pechuga y cantó tres veces.
El pollito estaba fascinado
contemplando al señor Gallo, luego éste le dijo:
Yo desde muy pequeño me levantaba
muy temprano, hacía mis ejercicios, y nuevamente abrió las alas lanzando al
pollito lejos, pero él se repuso y siguió escuchándolo y en seguida continuó el
gallo. Cantaba y me comía todo mi alimento, el trigo, el maíz y alimento de aves,
yo comía de todo enfatizó y así fui creciendo hasta obtener este porte,
¿Vez? - Le dijo al pollo enano. Y
nuevamente volvió a bailar en una pata y dando una vuelta completa con el ala
abajo. Entonces el pollito empezó a hacer sus ejercicios y a comerse todo su
alimento y así empezó a crecer hasta llegar a tener el mismo porte del gallo,
siendo muy feliz.
Fin
Carolina disfrutó mucho con mi cuento, pero
yo debí regresar a casa.
________________
PÁNICO EN EL CAMINO
Venía ya de vuelta, cuando las vacas
por alguna razón se fueron hacia otro lado, sin poder descubrir lo que estaba
pasando observe detenidamente, y vi como una enorme culebra se arrastraba en el
camino, me detuve y el reptil quedó casi frente a mí entonces en seguida se
levantó hasta la mitad de su largo cuerpo, y mirándome, sacó dos hilillos de
lengua y los movió, de arriba hacia abajo, como si se estuviera burlando de mí,
yo seguí allí sin moverme, entonces el pánico que sentí en ese momento me hizo
mover inconscientemente la varilla y así la culebra salió arrancando, seguí aún
con mi corazón palpitante hasta llegar a mi casa. Al día siguiente me
alejé del potrero para ir a ver a Gaspar, el espantapájaros, nuevamente lo miré
y pensé en él como si fuera alguien como yo. Ahora lo imaginé en un baile muy
feliz con otros niños y niñas, sentí mucha pena por Gaspar, me hubiera gustado
que tuviera una mamá, un papá y una casa hermosa, sin tener que pasar todas las
noches a la intemperie soportando el frío. Gaspar parecía entender mis
pensamientos más de una vez llegué a pensar que me sonreía.
EN EL POZO DE LOS MURCILAGOS
Regresé a buscar las vacas al potrero
pues ya era la hora de ir a la casa, venía saliendo cuando justo se atravesó
una liebre que pasó por mi lado corriendo. Jonás saltó velozmente sobre ella
tratando de darle alcance, yo también instintivamente empecé a correr sin
fijarme por donde pasaba y de pronto me sentí en el vacío, traté de aferrarme a
algo buscando en forma desesperada a qué sujetarme, con los ojos muy cerrados
de espanto, logré tocar algo que no supe en ese momento qué era, un ruido ensordecedor
retumbó en mis oídos y la brisa parecía agitarse cuan abanicos en movimiento.
Suspendida en el aire forcejeando con mis brazos, abrí los ojos con miedo y me
sentí aterrada al darme cuenta que había caído al pozo, encontrándome sujeta
sólo de una raíz. Grité muy fuerte y nuevamente el ruido ensordecedor, eran los
murciélagos que habían salido despavoridos
de la profundidad del pozo cuando caí.
Y luego al gritar salieron los restantes que se ocultaban, miré al fondo
y vi una gran oscuridad y un escalofrío
recorrió todo mi cuerpo, pensé que con toda seguridad en el fondo habría un yepo
de culebras, porque agua ese pozo no tenía; habría sido catastrófico si me
hubiera soltado.
Con la punta del pie traté de hacer un
hoyo en la pared de éste y así poder sujetarme mejor, busqué con los pies algo
en qué afirmarme, toqué algo duro con el
pie derecho, acomodándome cuidadosamente descansando un poco de mi propio peso,
volví a gritar.
Desde la superficie Jonás empezó a
ladrar. -Vete a casa, Jonás le grité, pero se quedó allí gimiendo por largo
rato, escarbando con sus garras en ademán de alcanzarme, cansado de su
fracasado intento por salvarme, desapareció, yo me quedé pensando aterrada sin
saber si alguien me encontraría y si podría resistir más tiempo sin caer al
fondo del pozo donde, seguramente estarían las culebras. Ya era de noche y no
había luna sólo podía ver las estrellas
temblorosas en un fondo negro, grité una vez más, -¡Sáquenme de aquí! Me había puesto ronca, y
empecé a llorar amargamente tenía mucho miedo.
Las vacas habían llegado solas y a mamá Bella
le extrañó mucho, tampoco estaba Jonás, y papá no había regresado aún del campo. Ella las encerró junto con sus
terneros, quedándose muy preocupada y pronto vio entrar al perro que gemía con
la cola entre las piernas. Mamá Bella no sabía qué hacer, pero en ese mismo
instante llegó papá quién al enterarse de mi ausencia buscó una linterna,
además una lámpara a parafina y fue en
mi búsqueda adelantándosele Jonás al trote, mamá Bella se quedó orando en su dormitorio. Jonás corrió al pozo y empezó
a ladrar, yo casi no podía gritar, el llanto me tenía ahogada, pero hice un
último esfuerzo. ¡Papáaa! Grité, una luz iluminó en lo profundo del inmenso
hoyo en que me encontraba suspendida.
-¡Li, Li!... - Sentí la voz de papá.
-¡Papá! ¡Estoy aquí papá!... Y mi llanto aumentó, pero papá no había
llevado nada con qué sacarme. Rápidamente
desabrochó su cinturón y me hizo alcanzarlo, pero era muy corto, luego
desesperado gritó. ¡Espera! Iré a la casa más próxima a pedir un cordel. Papá
no demoró mucho, pronto regresó y yo me tomé de la cuerda muy firme, papá con
otro señor amigo me subieron, al llegar y en el extremo opuesto de donde yo
estaba subían unas culebras en busca de un nuevo refugio. Yo me quedé helada
pero la alegría de estar a salvo con papá
de tan terrible desgracia no me permitió detenerme a pensar en nada, me
tomé de la mano de papá, con la otra traía la lámpara y Jonás nos siguió
corriendo, demostrando también su alegría, el señor que ayudó a mi rescate nos
acompañó un trecho, llevó su cordel despidiéndose de nosotros. Diciéndome supongo
que no volverás a caer a ese pozo, acariciándome el pelo regresó a su hogar.
En el camino le conté a papá que por
alcanzar la liebre me había caído. El estaba un poco disgustado por mi
imprudencia. Siempre hay que fijarse más musitó.
Mamá Bella nos estaba esperando intranquila,
-¿Qué había pasado? exclamó. Papá le contó en breves palabras lo ocurrido.
Raquel sirvió la comida, después que mamá Bella me lavó minuciosamente como era
tan tarde no pude ir donde Carolina, lo que me entristeció y me fui a la cama
apenas terminé la cena.
Pasé el día siguiente con mucha nostalgia, la caída al pozo me había afectado.
Además no había podido ir a casa de Carolina y en la noche siguiente ella
regresaría a la capital, cuando volví esa tarde fui a despedirme de mi amiga.
La señora Flandes estaba muy ocupada preparando sus maletas para el viaje,
conversamos mucho con Carolina, nuevamente trajo esa cajita donde solía guardar
sus tesoros, sacó otro libro y me lo leyó era otro cuento.
EL POLLO Y EL GATO
(Cuento)
Aburrido de vivir en el gallinero, un
pequeño pollo se salió de éste y se fue a vivir a la casa del amo. Había pasado
algunos días muy contento, cuando el gato cansado de soportarlo exclamó
-¿Qué haces tú aquí? Pollo intruso,
si de nada le sirves al amo. El pollo
muy herido en su dignidad, contestó al gato:
-¿Acaso no sabes que nosotros
proveemos de huevos y carne a nuestro amo? -Y tú gato envidioso ¿Qué das al
amo?
-Yo soy más importante que tú.
Respondió el gato. Porque cazo todas las ratas que hacen perjuicios y así cuido
de la casa de mi amo.
-Pero yo soy más importante. Insistió
el pollo. Porque lo proveo de alimentos, sin
nosotros él se moriría de hambre.
-Sin nosotros los gatos, nuestro amo se
moriría de hambre porque las ratas acabarían con sus alimentos. Así fueron cada
uno defendiendo sus derechos, tanto el gato como el pollo y elevando cada vez
más sus voces hasta que entraron en cólera y decidieron batirse a duelo, fueron
a elegir el lugar, pero la discusión del gato y el pollo fue oída por el perro,
y éste dijo:
-Yo soy más importante para mi amo,
porque cuido de él y sus pertenencias. La voz del perro fue oída por el caballo
que vino y dijo:
-Yo soy más importante, porque
traslado a mi amo de un lugar a otro y trabajo también con el arado y el
carretón. La voz del caballo fue oída por el buey y éste los alcanzó y les
dijo:
-Yo soy mucho más importante porque doy
la carne, el cuero, el trabajo y la vaca la leche, el queso, la mantequilla, el
yogurt. Pero, el chancho escuchó el alegato que llevaban los animales y
saliendo de su chiquero corrió hasta ellos. Alegando que él era más importante,
porque daba la manteca, la carne las longanizas, salchichas, queso de chancho,
jamón y mortadela.
El alegato era ensordecedor, cada uno
alegaba por sí mismo reconociendo sólo sus propios valores.
Entonces la pulga pensó: “Ninguno
busque su propio bien sino el del otro”. Sintiéndose aún mas pequeña porque
nada había hecho por su amo, sino sólo molestarlo, hasta en su sueño, se sintió
avergonzada y corrió donde él, para decirle que sus animales se habían
declarado en duelo, alegando que cada uno era más importante que el otro en
beneficio del amo. Este tomó la insignificante pulga, que había demostrado su
noble y buen corazón, fue hasta donde estaban los animales, se montó al caballo
y les dijo, cuando todos se habían sentado a escucharlo:
-Nada haría yo sin ustedes. -Exclamó
el buen hombre, cada uno me es imprescindible, porque yo necesito todo de cada
uno de ustedes, porque el trabajo de uno no lo puede hacer el otro, si yo le
pido al gato que me lleve a casa, él no podría cargarme, pero el caballo sí, y
si le pido al caballo que me cace las ratas, el tampoco podría hacerlo, pero el
gato sí.
Los animales escuchaban muy atentos y
avergonzados, siguieron a su amo, entonces él les dijo:
-Yo los amo a todos por igual, y estoy
muy contento de estar con ustedes. Y los animales caminaron felices junto a su
amo dispuestos a trabajar y dar cada uno lo suyo. El pollo regresó a su
gallinero avergonzado por haber sido el causante de todo el conflicto.
Fin
Terminé de leer este cuento, y
realmente lo encontré hermoso, y entretenido. Carolina fue a guardar el libro y
me dijo que, como su papá era diplomático, tendría que viajar al extranjero y
desde otros países me escribiría contándome de todas las cosas maravillosas que
viera y que a su regreso para las otras vacaciones tendríamos muchas cosas de
qué hablar. Sabíamos que esa sería la última tarde que estaríamos juntas.
-Yo quiero contarte un último cuento,
le dije:
-Sí, debes contármelo, es el último,
te escucho balbuceó.
Entonces yo empecé a contarle el
cuento del Sapito porfiado.
EL SAPITO PORFIADO
(Cuento)
Un sapo cansado de vivir en el fango,
decidió salir en busca de algo mejor, el resto de los sapos le pidieron que no
se fuera, ése era su hogar por lo tanto debían permanecer allí todos juntos,
pero el sapito muy porfiado no hizo caso tampoco a los ruegos de su madre que
llorando le suplicaba no se fuera, y el sapito igual se fue.
Anduvo tanto que se le hizo tarde,
pero al llegar la noche que era tan clara como el día, encontró un jardín muy
hermoso y en él una piscina, se acercó a la orilla y pensó. “esto es lo que yo buscaba”
Se lanzó al agua y nadó de todas
formas, de espalda, de pecho, de lado, se zambulló y saltaba del trampolín.
Este sapito se sentía muy feliz por haber encontrado ese lugar tan maravilloso,
pero a la mañana siguiente, de la enorme casa habitación salieron los niños y
se fueron a jugar a la piscina. Él, que estaba en un rincón, saltó lejos cuando
los jovencitos empezaron a jugar en el
agua provocando un fuerte oleaje y de pronto, uno de ellos gritó.
-¡Un sapo!- Saltó tres veces el sapo, otro niño trató de darle
alcance con un palo, así corrían de un lado a otro y el pobre sapito desesperado
arrancaba, tratando de ocultarse sin poder salir del agua de la piscina, pero
él como pudo se dio impulso saltando al césped, donde se pudo ocultar. Cansado
y muy asustado emprendió su regreso hacia el fango, allí sus amigos lo recibieron
con muestras de mucha alegría y el sapito porfiado nunca más intentó buscar
otro lugar que no fuera su propio hogar.
Fin
CAROLINA REGRESA
A LA CAPITAL
Santiago de Chile.
Carolina disfrutó mucho con
las aventuras del sapito porfiado, luego me dijo:
Antes que se me olvide, debo decirte
que yo no podré llevar a Marisol conmigo, porque llevamos muchas cosas, yo
quiero que te quedes con ella, igual te agradezco mucho que me hayas regalado
tu muñeca en mi cumpleaños, pero yo tengo muchas muñecas en mi casa, incluso
trataré enviarte una de las mías
¿Quieres?
Yo la miré sorprendida y a la vez
radiante de felicidad, le contesté: ¡Magnífico, yo la cuido!
-Sí, no sólo quiero que te quedes con Marisol sino
también con mi muñeca Carolina, porque al enviarte una desde Santiago el correo
tarda un poco por eso prefiero dejarte a Carolina.
Yo no podía salir de mi asombro. Es lo
mejor que me puede pasar, le dije e instintivamente abracé a mi amiga porque la
emoción que me embargaba era realmente enorme, luego tomé las muñecas que me
pasó y las abracé tiernamente.
-Yo sé que tú las cuidarás. Balbuceo
ella. Me fui corriendo a casa y pedí permiso a mamá Bella para ir a dejar a
Carolina con su abuela y la empleada al tren nocturno que pasaba más o menos a
las nueve de la noche.
Esperamos en la estación la llegada
del convoy, cuando el Jefe Estación anunció la llegada del tren estábamos muy nerviosas seguramente Carolina no tanto, ella
estaba acostumbrada a viajar, pero para
mí era algo nuevo, aunque yo me quedaba ahí sólo con los buenos recuerdos de esta
nueva amiga de vacaciones, en la curva apareció la enorme máquina y una
bocanada de aire arrasó en la atmósfera sintiendo el chirrido de los fierros al
detenerse, Yo subí al tren a la carrera y vi el departamento que las llevaría
de regreso a la Capital, me quedé extasiada contemplando el carro con sus
cortinas de felpa, alfombra en los pasillos, y las señoras con abrigos de
pieles y joyas que resaltaban. El mozo don Dionisio les acomodó las maletas,
junto con el asistente del carro del tren que le indicó a Carmen su cama, en el
coche de los camarotes. Mis amigas se acomodaron en el departamento con baño y
dos camas. Cuando se sintió el silbato de partida yo debí bajar
precipitadamente, seguida de don Dionisio, Carolina me hizo señas por la
ventana mientras el tren se perdía por la vía férrea lentamente. Papá me estaba
esperando para regresar a casa, yo volví sumida en una gran tristeza.
La caja de música
Había pasado una semana desde que se
fuera Carolina, cuando papá llegó desde el correo con una encomienda y una
carta, mi alegría fue inmensa, venía a mi nombre y era de Carolina. La abrí
precipitadamente, era una caja de música, en la carta decía te envío esta caja
de música para que te acuerdes de tu amiga, tiene dos hermosas melodías la
novena sinfonía de Beethoven y copihues rojos de Rayen Quitral
Desde ese día llevé la caja al
corral, entonces todos los días cuando llegaba por las tardes escuchaba la
melodía mientras les daba el forraje a los animales, me daba la impresión que
rumiaban al compás de la melodía, con la música el trabajo se me hacía más
liviano.
Me gustaba tanto escuchar la novena
sinfonía en la caja de música que un día la llevé al potrero, ahora estaba llevando las vacas a otro potrero que
se llamaba el llano, era una enorme planicie a orillas del ancho Biobío, su vegetación nativa como el litre,
quillay, copihues, arrayanes, Pichis, maitenes no me permitían observar, las
vacas se me perdían entre el follaje y cuando debía regresar perdía mucho tiempo
reuniéndolas una a una, Cuándo lograba juntarlas ya estaba agotada, luego la
caminata hasta la casa y todos los días lo mismo, estaba molesta con esta rutina
pero papá siempre decía “La vida es sacrificada” Cuando llevé la caja de música
al potrero aún siendo temprano, me tendí bajo un maitén y escuché primero la
novena sinfonía y luego la Rayen Quitral no harían tres minutos que había
empezado la música y sentí una de bramidos y desde distintos puntos venían las
vacas corriendo, me levanté del suelo a mirar que pasaba pensé lo peor, hasta
creí que habría un incendio, no sabía que pensar, hasta que llegaron todas
junto al árbol donde estaba yo escuchando las melodías, yo de píe con la caja
en la mano y las vacas con sus terneros
bramando desesperadas, mirándome, ¡Que pasa! Yo ahí atónita. De pronto salté de alegría, ¡La música!
Grité, ¡La música! Grité, y salté, y corrí alrededor del árbol riéndome, gritando.
Sí, como los fardos de pasto en el corral se los daba, junto con colocar la
música, seguramente al escuchar la misma melodía en el llano pensaron que
también les daría su ración de forraje, lo mejor de todo esto es que ya no
tendría que salir a juntarlas una a una para llevarlas a casa, desde ese día no
me separé más de mi caja de música y en el momento de regresar, la novena
sinfonía y las canciones de Rayen Quitral se encargaba de llamarlas y ellas
venían corriendo y bramando desesperadas, pero el forraje no lo tenían hasta
llegar a casa.
Mamá Bella se
Enferma
Algunos días después mamá Bella enfermó gravemente a medianoche. Raquel le
preparó algunos remedios caseros, pero
ella seguía con un fuerte dolor a un lado derecho. Todos nos preocupamos por lo grave que se veía, recurriendo al hospital de la
ciudad más próximo. Raquel debió
viajar con ella, papá y yo la
acompañamos hasta la estación, se veía muy pálida y no cesaba de quejarse, yo
también estaba muy alarmada, sintiéndome en cierta forma ingrata, ya que
siempre pensaba más en mi madre y de alguna manera me alejaba de ella, pensé
que era como pensar en las nubes del cielo, sin disfrutar las flores de nuestro
propio jardín.
Pasaron los primeros carros del tren
frente a nosotros, dejando un aire de perfume y vestidos de seda, a medida que
fue aminorando la marcha, los carros me parecieron deteriorados y su aire
agrio, bajaron algunas personas con canastos, y Raquel subió
a mamá Bella con la ayuda de
papá.
Cuando el tren partió y se perdió en la
lejanía llevándose a la enferma y a su
acompañante, yo sentí como si alguien me hubiera apretado mi corazón muy
fuerte, causándome un gran dolor, no pude contener las lágrimas, papá me tomó
de la mano para retornar a casa, El no me dijo nada seguramente estaba
sufriendo igual que yo. En los días siguientes se nos terminó la comida que nos
habían dejado preparada, papá no era aficionado a la cocina y yo tampoco,
porque generalmente me quemaba los dedos.
Una tarde volvía del llano y
encontré a papá en casa esperándome, me
miró y dijo: -En diez días más llega mamá.
¡Qué bueno! Le respondí, me alegré
mucho, luego le pregunté.
-¿Qué tenía? -Una peritonitis, debieron operarla de urgencia, me respondió.
-¿Y ahora está en reposo? Sí,
una vez repuesta volverá con Raquel. Yo terminé la tarde jugando, hasta
irme a la cama.
Nos levantamos temprano y después de
ordeñar las vacas fuimos los dos a llevarlas al potrero, seguidos por Jonás.
Papá abrió las trancas, arreándolas hacia adentro y luego volvió a cerrar
quedándonos nosotros afuera, yo lo miré esperando una respuesta sin preguntar.
-Vanos a ir donde los Guíñez. Me dijo:
Emprendimos el viaje disfrutando del sol
y del paisaje, Jonás corría y yo trataba de seguirlo saltando en un pie o en el
otro, mientras papá caminaba pensativo, pero muy seguro de sí mismo. Corté
flores que en el primer puente lancé al agua una a una para verlas flotar e
irse en la corriente zigzagueando, titubeando en su paso.
Don victoriano Guíñez no estaba en
casa, tampoco su hijo menor Marcos, pero su esposa, Doña Mercedes y su hijo de
mi edad Víctor, si se encontraban, después de saludarme nos mandaron a jugar al
patio. Víctor me miró y llevando su mano a uno de los bolsillos sacó una
lagartija muerta que me lanzó a los pies y salió arrancando. Yo salté al ver al
repelente reptil, sin sentir lo más mínimo de pánico, ya que también yo tenía
la mala costumbre de jugar con lagartijas. Como no logró su propósito que era provocarme
un gran susto, volvió muy cabizbajo. Me entretuve mirando unos patos como nadaban en un charco de agua, cuando él
volvió riéndose.
-Pon tu mano, me dijo: Yo le obedecí.
Luego me hizo cerrar los ojos, se seguía riendo con sus manos empuñadas sobre
las mías, riéndose aun más fuerte, los ojos cerrados, repitió -¡Sí! Le contesté haciendo un esfuerzo por no
abrirlos. Luego abrió las manos, dio un grito y salió corriendo nuevamente, yo
sentí una cosa blanda, miré y vi con asombro un sapo que saltó precipitadamente
en dirección al charco de agua, yo también grité y luego me reí. Empecé a
correr para alcanzarlo y darle su merecido, pero él era mucho más veloz que yo,
dio varias vueltas alrededor de un peral, saltó una cuneta volviendo al mismo
lugar en que estábamos.
En ese momento salió de la casa papá
con la señora Mercedes, ella asentía con la cabeza de lo que venían
conversando, dando la impresión de haber llegado a un mutuo acuerdo, papá me
llamó en ese instante lo que me hizo
pensar que ya regresábamos, pero su tono de voz me hizo pensar que tenía algo
importante que decirme. El niño había quedado agazapado detrás del peral.
Cuando llegué donde papá, la señora
Mercedes se acercó a mí colocando una mano sobre mi hombro en ademán de afecto, me dijo: ¿Por qué no te quedas
aquí? - Yo la miré extrañada y papá intervino.
-Sí, te vas a quedar aquí hasta que
llegue mamá,
-Yo lo miré de tal forma que no le
permití continuar palabra. Me voy contigo, exclamé enfáticamente. Iracunda
repetí. -¡Me voy contigo!...
-Pero Li, mamá no está, no podemos
cocinar.
-No importa, insistí a punto de
llorar.
-Necesitas un hogar. Me dijo: -Mi
hogar está donde tú estés, le manifesté sollozando y corrí hasta el camino, no
pude despedirme de la señora Mercedes ni de su hijo Víctor, Jonás me siguió y
seguimos corriendo por largo rato hasta llegar a uno de los puentes, allí
tomamos agua de una vertiente y descansamos. Después de un lapso llegó papá, él
también tomó agua de la vertiente, luego me tendió una mano y me dijo, con una
sonrisa. -Vamos Li, y descendimos el cerro de senderos empinados y arenosos,
rodeado de agreste hierba y pinos erizados, Jonás corría a nuestro alcance,
entonces yo me solté de su mano y seguí el camino en ángulos cortados,
trepando, bajando, golpeteando la bella y polvorienta tierra que me sostenía.
Respirando ese aire perfumado, olor a menta, a pinos, olor a campo. ¡A mi campo
Chileno!
-Vamos, papá le dije. Y el viento llevó mi
voz a otras laderas, jugueteó con la floresta, y papá, corrió a mi alcance, y
yo riendo alborozada le gritaba:
¡Vamos papá! - ¡Vamos!
Continuará.
LA PEQUEÑA LI
EN EL MUNDO
DE LA HORMIGAS.
SEGUNDO TOMO.

